La gran prueba para la compañía que es celebrada como la más valiosa en el planeta, Apple, comenzó hace poco más de un año con el fallecimiento de su fundador, Steve Jobs, un ícono cultural y de la historia industrial moderna. Su biografía, publicada poco después de su muerte, se convirtió en un best-seller. Ashton Kutcher, una estrella hollywoodense, estuvo recientemente en India filmando una película sobre su vida.

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Jobs fue responsable de dejar a su compañía compitiendo con Exxon como la más apreciada, según su precio en bolsa. Su historia, efectivamente ideal para una película, es la del hombre emblemático que solo y con sus ideas, logra hacerse de un lugar bajo el sol mientras transforma buena parte del mundo que lo rodea. También es la del héroe trágico que muere demasiado temprano, a los 56 años.

Fundó Apple en 1976 y fue expulsado nueve años después cuando la compañía ya se encontraba en un lento declive que la llevaría al borde de la irrelevancia, hasta su regreso en 1996, cuando inició un rescate que llevó a la empresa a la cumbre de la innovación en tecnología.

A través de una habilidad prodigiosa para deducir lo que podría gustarle a sus clientes, de un inusual sentido de la estética y de vender aparatos que funcionan accesiblemente, el nombre de Jobs y la marca Apple se mimetizaron en un mismo significado. Sin embargo, la magnitud de su legado es aún incierto y se definirá con la historia que Apple inició con su partida: ¿es una compañía que nació y morirá con él, o está hecha para las décadas por venir?

La respuesta es evasiva, y determinará si el nombre de Jobs acompañará al de Henry Ford, Sam Walton o incluso al del héroe de su juventud, Bill Hewlett. Thomas Alva Edison fundó General Electric en 1892. Todos ellos dejaron organizaciones emblemáticas, pero quizás el mayor logro es que todas aún sobreviven décadas y, en ocasiones, más de un siglo después.

Los últimos meses han dado mucho de qué hablar al respecto. Por un lado, el precio de las acciones de Apple ha continuado subiendo y la compañía está cerca de romper el récord de finales de 1999 de Microsoft como la más valuada de la historia, marca ya rota en términos nominales, pero aún pendiente si se toma en cuenta la inflación en el período.

Sus nuevos productos continúan siendo un tremendo éxito en ventas y siguen provocando una reacción cuasi-religiosa entre sus seguidores más allegados: si bien es difícil compartir el entusiasmo de quien duerme en una tienda de campaña para obtener los primeros boletos para ver a su artista musical preferido, la cuestión puede ser incomprensible cuando el motivo de acampar frente a la tienda es obtener cuanto antes una nueva versión de un celular. Este es precisamente el tipo de respuestas que Apple continúa generando por parte de algunos de sus clientes más allegados.

Los últimos meses también han traído episodios desafortunados para la compañía. Un pleito por patentes con Samsung, su principal rival en equipos celulares, no ha sido bien visto por aquellos que argumentan que Apple debería competir innovando más y demandando menos.

Probablemente, el principal descalabro ha sido la migración en sus teléfonos a una nueva aplicación de mapas propiedad de Apple, pero inferior al que de manera tradicional había utilizado y que era proveído por Google, que se ha convertido en un rival importante en varias líneas de negocio. El episodio provocó un escándalo entre los usuarios que es inusual para la compañía, al grado que su nuevo director, Tim Cook, hizo una disculpa pública pidiendo tiempo adicional para mejorar el servicio y sugiriendo mientras tanto utilizar otros medios complementarios, incluyendo el servicio de mapas de Google a través del navegador del teléfono, a falta de una aplicación apropiada.

El peso de la sombra del mítico fundador fue evidente sobre el actual director, especulándose acerca de si Jobs, con su conocida obsesión extrema por el detalle, hubiese aprobado el sistema nuevo, dadas sus deficiencias.

Es imposible concluir si tales episodios, en conjunto, son sintomáticos de una compañía que seguirá prosperando o de una que ha llegado a una cumbre que irremediablemente abandonará y a la que difícilmente regresará. La pregunta de si Apple logrará prosperar en los años y décadas por venir va más allá del sucesor actual y llega hasta la capacidad de la compañía para generar continuamente talento nuevo, de mantenerse vigorosa, creciendo en ideas y enfrentando el reto de demostrar que una organización grandiosa no es tanto la de un líder determinado, sino una que logra trascender a cualquiera de ellos.

Apple tiene en contra la historia corporativa moderna. Al perder a su principal mentor, especialmente a uno carismático y con un genio intenso, muchas organizaciones inician el declive que las lleva a desaparecer con el tiempo. Ello no tiene que ser así. Poco después de que retomara las riendas de Apple en los 90, Michael Dell le sugirió a Jobs liquidar la compañía y regresar los recursos a los accionistas. Se encontró con oídos sordos. El mayor legado del padre de Apple para con su organización bien podría ser ese férreo empeño que incluye la convicción de salir adelante incluso en los momentos más oscuros y, no importa que, continuar haciendo una y otra vez lo mejor que saben hacer, esa hermosa tecnología.

*Ignacio Montané, CFA, se especializa en capital de inversión y planeación patrimonial

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