Actualmente la sociedad, decimos todos y casi al unísono: está en crisis. La pregunta que debemos hacernos es: ¿qué parte de la sociedad es la que pensamos está más afectada? Lo primero que hay que establecer es que existen cuestiones en esta realidad que en efecto han de cambiar, y por supuesto el cambio en sí mismo no es algo que esté sujeto a juzgarlo como bueno o malo. Más bien hay que pensar sobre el cambio, qué está bien o qué no es correcto, porque me parece que tampoco es necesario ponernos maniqueístas haciendo una distinción entre blanco y negro, en donde no quepan los grises.

Yo soy de la idea de que más bien una sociedad en equilibrio vaya por diferentes tonalidades que por una dualidad tal como bueno o malo. Aunque tengo la certeza o firme convicción que en verdad existen asuntos en donde no cabe la tonalidad y hay que asumir que sobre ciertas cuestiones se vale decir: es o no es. Por ejemplo la vida, o es vida o no es vida, y si no lo es, entonces estaríamos frente a la muerte. Y me disculparán lo soez del ejemplo, pero hay veces que vale más la claridad.

Volvemos a la pregunta inicial, ¿por qué decimos que la sociedad está en crisis? ¿Por qué existen más guerras de las que debieran existir? ¿Por qué los seres humanos estamos carentes de una religión? ¿Por qué existen demasiados sincretismos? Preguntas hay muchas y tal vez no sepamos ni por cuál empezar. Por ello, yo he decidido tornar este asunto sobre el ser humano más que analizarlo desde la propia sociedad.

Lo primero que hay que reflexionar es que existe sociedad porque existe el ser humano, al cual a mí me gusta pensar que es de naturaleza social, aunque algunos digan que su sociedad ha sido establecida mediante un contrato, o que en su naturaleza íntima el hombre sea el lobo del hombre. En realidad es muy simple y me parece que no hay que estar complicando más las cosas de lo que ya son. Es fácil darse cuenta de que el lugar natural del ser humano es la familia, y que la familia es la base de la sociedad. En realidad la persona es el centro de la vida social. Ello no supone un individualismo, no, porque ya dejamos claro que la persona tiene una naturaleza social. Tampoco se trata de girar el péndulo hasta plantear el comunitarismo en donde vale más lo común que lo personal.  Ante este tema me declaro aristotélica, y lo digo porque estoy convencida del término medio, es decir, ni el defecto ni el exceso; o como se dice coloquialmente ni tanto que queme al santo ni tan poco que no le alumbre.

El problema del individualismo es pensar que el ser humano se basta a sí mismo, que es autónomo. Pienso que esto de la autonomía es de las cuestiones que no aceptan matices o se es autónomo o se es heterónomo, es decir, o eres completamente autosuficiente o completamente dependiente. Las explicaciones a este tema se han dividido en los periodos evolutivos del ser humano: se es heterónomo en los primeros meses de vida y en la infancia, cuando el ser humano crece debe comenzar a buscar su autonomía de tal forma que la madurez significa haberla obtenido completamente. Me parece que este tema es un tema antisocial, ya que la madurez en el ser humano tiene un carácter público, esto quiere decir, que no es ni heterónoma ni autónoma sino simplemente social.

 

Habría que definir o al menos dejar dicho qué es lo social. Por social podemos entender muchas cosas, pero lo primero que hay que asumir es que lo social implica la común unión entre personas que buscan tanto el bien propio como el bien común. De esta descripción de sociedad podemos saltar a tópicos como razón social, obra social, capital social o responsabilidad social. Pero en última instancia lo social es el ser humano y la pretensión del bien común, que este no es otra cosa que la felicidad de cada cual volcada al prójimo.

¿Por qué está en crisis la sociedad? Porque hemos perdido la brújula de que la felicidad no es el placer ni el consumismo, mucho menos el egoísmo, sino que la felicidad está en el servicio a los demás. Pero se trata de un servicio genuino, no de un servicio que lo otorgo al otro porque me va a beneficiar mí. Este es el tema del patrón con el asalariado, en realidad el patrón no le da empleo al trabajador porque le haga un servicio, es decir, porque le dé la oportunidad de trabajar y con ello además de ganar su sustento tener la posibilidad y el contexto de buscar su plenitud. El patrón da el empleo porque necesita o requiere un trabajador que ve con ojos de utilidad.

Ya decía Kant: el ser humano debe ser tratado siempre como un fin y nunca como un medio. Aunque Kant tal vez andaba por otros rumbos de explicación, nos podemos quedar con esta premisa y afirmar que la crisis de la sociedad está en que vemos a los demás como instrumentos para el propio beneficio y la propia satisfacción. Me parece que esto se puede dividir en dos grandes géneros: el primero para fines económicos, pues vivimos una sociedad econocentrista en la que incluso se postula que el desarrollo humano se asegura desde las razones económicas. El segundo, es que vemos al otro como mera fuente de placer. Por tanto nuestra sociedad está enferma de utilitarismo y de hedonismo, con todo lo que cada uno de estos implica.

 Por ejemplo, el tema del utilitarismo nos ha llevado a las sociedades liberales, capitalistas y consumistas, las mismas que hoy en día son las responsables de la preocupación de todas las personas que están preocupadas por temas como la sotenibilidad, la ecología, la pobreza, la injusticia social, todo aquello que se resume tal vez en la responsabilidad social. El segundo tema nos ha traído problemas sociales como el incremento de las enfermedades de transmisión sexual, el alto índice de embarazos no deseados, el número de muertes por abortos ya sea de la madre o del bebé. El hedonismo nos trajo el gran engaño de la liberación sexual que inició con el informe Kinsey en 1953 y que dio sus frutos en la revolución sexual de los años 60. Estos cambios son cambios que tampoco tienen tonalidades, y no porque uno se asuste, sino porque al ver los resultados y las estadísticas primeramente de mortalidad que han provocado, debemos hacernos la pregunta: ¿qué ha tenido de bueno? Lo mismo con el tema del consumismo, ¿qué ha tenido de bueno acabar con el planeta?, ¿qué ha tenido de bueno el calentamiento global? Otros más pesimistas o fatalistas que yo se harían esta pregunta en negativo. Pero prefiero buscar las razones de bondad porque algo de bueno habrá tenido todo esto, no creo que el ser humano con un pensamiento maquiavélico y completamente inhumano haya querido provocar todo esto. ¿Habrá sido ignorancia? ¿Ingenuidad? Tal vez estupidez simplemente.

Pero vuelvo a lo mismo, el ser humano es social por naturaleza, somos una especie libre y buena que tal vez no hemos sabido afrontar los cambios. Las culturas son muchas y diversas y cada una de ellas tiene su razón y su bondad en sus expresiones culturales, sociales, artísticas. Ninguna vale más que otra. Pero lo que sí es un hecho es que cada cultura está conformada por seres humanos con la misma dignidad y los mismos derechos. Creo que esto era lo que quería afirmar desde el principio: sobre la dignidad humana la que se posee por el hecho ser un ser humano, no hay tonalidades. Ninguna. Lo que es bueno para la naturaleza humana es digno, lo que no es bueno para la naturaleza humana es indigno y es un atropello a los derechos universales, no los que ha puesto la ONU, si no los que ha puesto la ley natural de nuestra especie.

Las culturas están bien y es bueno que haya cambios, pero nunca debemos aceptar un cambio que atente contra la vida ni contra la dignidad. Lo verdaderamente universal es el ser humano y su ser social, es universal que tenga cultura y que tenga historia. Pero me parece una atrocidad el pensar que lo universal existe sólo para un ámbito y que cada ámbito es universal dentro de sus propios límites, entonces comienzan los atropellos y de este modo podemos afirmar que no sólo nuestra sociedad está en crisis sino que el mundo en general lo está. Si queremos tomarnos la realidad en serio como afirma Adela Cortina, hay que empezar por llamar a cada cosa por su nombre. Lo universal es la persona, en su ámbito de necesidad como ser humano; en aquello que es libre o contingente para desempeñar su vida de distintas maneras es relativo. Y si sabemos hacer esta distinción sin universalizar lo relativo, lo cual ya es un mero relativismo, entonces estaremos poniendo al hombre en el centro del universo, no porque sea autónomo, sino porque es persona y es social. Y solo así, me parece, podremos sanar esta sociedad, asumiendo que mi felicidad es la felicidad del otro.

 

Larissa Guerrero: Doctora en Filosofía por la Universidad Panamericana. Maestra en Ética Aplicada por el ITESM. Profesora asociada e investigadora del Instituto de Estudios Humanísticos de la UP, campus Guadalajara

Twitter: @laruskhi

 

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