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Por Enrique Hernández Alcázar
Durante años, el discurso fue claro, repetido hasta el cansancio: para la 4T, las portadas de revistas extranjeras –sobre todo las anglosajonas y con políticos prianistas posando– no eran otra cosa que vitrinas del poder económico global. Instrumentos de propaganda neoliberal. Panfletos, decía Andrés Manuel López Obrador. Libelos o pasquines, en el mejor de los casos.
Y sin embargo, el poder tiene memoria selectiva y, sobre todo, cuando se trata de la conveniencia política. Porque cuando esos mismos escaparates apuntan en otra dirección o cuando el reflector deja de iluminar al adversario y comienza a bañar al propio, entonces el discurso cambia. Se matiza. Se acomoda. Y hasta se presume.
Hoy, por segundo año consecutivo, Claudia Sheinbaum aparece en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time. Y la pregunta no es menor: ¿eso importa? Depende.
Si uno se atiene a la narrativa que el propio oficialismo construyó durante años, la respuesta debería ser un rotundo no. ¿Cómo podría importar lo que diga una revista extranjera que representa –según ese mismo discurso– los intereses de una élite global desconectada del “pueblo bueno”? ¿Por qué validar ahora lo que antes se descalificaba?
Pero la política, como el poder, no opera bajo principios inmutables. Opera bajo incentivos. Y aquí hay uno evidente: legitimidad internacional. Aparecer en una lista como la de Time no es, en sentido estricto, un reconocimiento técnico ni una certificación de resultados. No mide eficacia de gobierno, ni crecimiento económico, ni reducción de violencia. Mide otra cosa: visibilidad, narrativa, peso simbólico en la conversación global.
Se trata, si se quiere ver así, de un termómetro de influencia y al mimsmo tiempo de una herramoenta de construcción de imagen. Eso que dicen que les choca a los cuatroteístas. Pero eso importa, porque en un mundo hiperconectado donde la percepción muchas veces antecede a la realidad, estos listados funcionan como sellos de validación ante audiencias externas: inversionistas, organismos internacionales, élites políticas.
No cambian la vida cotidiana de los ciudadanos, pero sí inciden en cómo se cuenta la historia de un país hacia afuera. ¿Es propaganda? No necesariamente. Pero tampoco es algo muy neutral que digamos.
Las listas editoriales –como las portadas y los rankings de popularidad– responden a criterios que mezclan mérito, narrativa y oportunidad. Son productos periodísticos, a veces, pero también piezas de un ecosistema donde la influencia se construye tanto como se reconoce. Y ahí está la paradoja.
El mismo movimiento que durante años cuestionó –con razón en algunos casos– la forma en que los medios internacionales moldean percepciones, hoy celebra cuando esa maquinaria juega a su favor. No es nuevo. Tampoco es exclusivo de México. Es, en realidad, una constante del poder: criticar el sistema hasta que el sistema te incluye y hasta te apapacha.
La pregunta correcta no es si Time tiene razón o se equivoca al incluir a la presidenta. La pregunta es qué hacemos con ese “reconocimiento”. ¿Se traduce en mejores políticas públicas? ¿En mayor rendición de cuentas? ¿En decisiones que impacten positivamente en la vida de millones de mexicanos? ¿O únicamente se queda en lo que muchas veces es: una medalla simbólica para consumo político?
Porque al final, más allá de las portadas y las listas, la verdadera influencia no se mide en páginas de revista. Se mide en resultados. Y esos, a diferencia de cualquier listado, no admiten narrativa que los maquille.
Nota: Los espacios de opinión son responsabilidad del articulista
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