Columna | Al Aire – Morena: Crisis genética

Columna | Al Aire - Morena: Crisis genética

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por Enrique Hernández Alcázar

No tengo idea si exista algún tratamiento científico capaz de separarnos de nuestro ADN. La herencia genética, hasta donde sabemos, no se negocia. Se carga. Se expresa. Se padece.

Lo que sí ocurre –y eso lo entiende cualquier médico– es que hay enfermedades que pueden contenerse. Están ahí, en el árbol genealógico, pero no necesariamente tienen que destruir al paciente. Se vigilan. Se controlan. Se aíslan.

Eso es lo que parece estar intentando la Doctora Sheinbaum con Morena: evitar que repita la historia clínica que llevó a la muerte al PRD.

El diagnóstico es incómodo, pero evidente. Morena empezó a mostrar síntomas clásicos: tribus, disputas intestinas, candidaturas impresentables, liderazgos locales sin control y un fuego amigo cada vez más destructivo. El mismo patrón que terminó por desfondar al partido del sol azteca.

Y entonces vino una decisión que, por momentos, parece más genética que política: bloquear la mutación perredista y, en cambio, activar el gen más antiguo que habita dentro de los cromosomas guindas: el del partido de Estado.

En lugar de heredar el caos del PRD, Morena prefiere recuperar la lógica del PRI hegemónico. Un partido disciplinado, alineado, vertical. Donde el conflicto no desaparece, pero se administra desde arriba. Donde la competencia existe pero con reglas previamente definidas desde el centro. El mensaje es claro: se acabó el desorden.

Los movimientos recientes dentro del partido –reacomodos, advertencias, ajustes en la dirigencia– no son cosméticos. Son un golpe de autoridad. Un recordatorio de que es en Palacio Nacional donde se toman las decisiones en los momentos más delicados: la antesala de la repartición de candidaturas. Y en ese rediseño, Ariadna Montiel será la pieza clave para tomar el timón de Morena rumbo a las elecciones de 2027.

Todavía secretaria del Bienestar, Montiel es una operadora silenciosa pero eficaz en la estructura social del gobierno, con control territorial y capacidad de movilización. Y lo más importante: tenedora de las listas de beneficiarios de los programas sociales del Gobierno de México. Es el perfil ideal para un partido que busca disciplina y pragmatismo en las urnas. Porque no se trata solo de reorganizar. Se trata de evitar conservar y aumentar su poder.

Las críticas ya están sobre la mesa: el riesgo de regresar a una lógica de partido único, la tentación de borrar la pluralidad interna, la concentración del poder en una sola línea de mando. Pero también está la otra cara: la necesidad de no repetir la historia de una izquierda que se devoró a sí misma.

Morena está en una encrucijada genética: o se convierte en un partido institucional– aunque eso implique sacrificar parte de su ADN original– o se mantiene como movimiento abierto y corre el riesgo de fragmentarse.

Lo que está en juego no es menor. Es la definición de su identidad. Y como en cualquier enfermedad hereditaria, la pregunta no es si los genes están ahí, sino cuál de todos decide activarse.

 

Nota: Los espacios de opinión son responsabilidad del articulista

 

 

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