Datos que no son datos y verdades que no son verdades

Una de las frases más memorables del cine -entregada en voz de Jack Nicholson es: “¿La verdad? No puedes manejar la verdad”, y quizá es por eso que tenemos cifras sin metodologías, verdades a medias, datos confusos, imágenes sin contexto, declaraciones más cercanas a los buenos deseos que a un análisis riguroso.

Uno de los terrenos más claros donde hemos cedido en aras de esa verdad que nos incomoda, y por lo tanto, optamos por matizarla, es a través del lenguaje. Por eso no hablamos de crisis, sino de “incidentes” para referirnos a la pérdida de 24 vidas por una trabe que cedió en el metro capitalino o el desplazamiento, en los últimos 11 años, de más de 400 mil personas que habitaban en los 21 municipios que conforman la Tierra Caliente de Michoacán.

Hablamos también de cómo pueden aumentar “los incidentes de violencia política” en las próximas semanas, como hechos ligados a la “fiesta democrática” y no para referirnos a los  posibles ataques armados, secuestros o extorsiones en contra de los candidatos, que se han registrado en -al menos- ocho estados.

El problema de considerar que esto es sólo semántica es perpetuar el sesgo cognitivo de minimizar la realidad, mientras nos felicitamos porque ya no hay masacres -aunque sólo en mayo, de cuerdo con el Informe de la Comisión Nacional de Seguridad- suman ya mil 299 víctimas de homicidio doloso; porque somos una sociedad diversa e igualitaria, aunque 18 candidatos de Tlaxcala, decidieron “autoadscribirse” como mujeres para competir en una franca simulación del cumplimiento de las reglas electorales de paridad.

Este nuevo peso de las palabras del discurso público abona aún más a la lejanía en la que se percibe la sociedad en relación a las figuras del poder, lo que explica por qué los candidatos pueden construir plataformas sin una sola propuesta viable y accionable; así como la falta de información clara, veraz y oportuna en aspectos básicos de la vida pública -como las declaraciones patrimoniales de quienes buscan o ya ostentan un cargo público.

El peligro de continuar con esta inercia es profundizar aún más la polarización existente, reducir cada vez más los espacios para incorporar metodologías y tecnologías y crear mayor capacidad de conocimiento en beneficio de las próxima generaciones, así como llevar a cabo planes de acciones que representarán recursos perdidos sin un beneficio de largo plazo.

Tampoco sabremos de la gravedad del impacto porque en vez de tener datos comparables o investigaciones rigurosas, nos quedarán los eufemismos de siempre. Una vez más, caeremos con la cara hacia el sol.

Lilia Carrillo.

 

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