Si en el futuro cercano, el presidente de Estados Unidos amanece de malas y decide, ahora sí, a aplicar aranceles a las exportaciones mexicanas —incluido en café, uno de nuestros principales productos agrícolas— ¿quién sería el verdadero perdedor?

En las últimas semanas, la agenda entre México y Estados Unidos estuvo marcada por un solo punto —la reelección del presidente Donald Trump— el cual tuvo derivaciones políticas, económicas, comerciales, arancelarias y, por supuesto, migratorias.

Derivaciones, cabe mencionar, en donde el café —uno de los principales productos de exportación del campo mexicano— juega un doble papel. Por un lado, dejaría en evidencia al verdadero perdedor de una guerra comercial entre vecinos y socios comerciales; por otro, se vuelve un cultivo estratégico para contener e incluso revertir los flujos migratorios centroamericanos hacia la Unión Americana.

Pero vayamos por partes.

Primero, el presidente Trump amagó con imponer un arancel del 5 por ciento —que escalaría paulatinamente para terminar en 25 por ciento— a todas las exportaciones provienen tes de México, si nuestro país no detenía los flujos migratorios provenientes de Centroamérica.

Evidentemente, la ocurrencia —no se puede catalogar de otra forma— tuvo un claro matiz electoral y buscaba reafirmar la popularidad de Trump en esos mismos estados y sectores que le permitieron su primer triunfo. Dicho de otra forma, el mandatario utiliza la política exterior con un claro objetivo de política interior.

A muchos se les olvidó, por ejemplo, que días antes del polémico anuncio, el propio presidente decidió aplicar un arancel a las exportaciones de tomate mexicano buscando los votos del estado de Florida. Además, si bien Trump ha fracasado en su intento por construir su polémico muro como lo planeó originalmente, contener la migración lo consolida en los sectores conservadores (y abiertamente xonébofos) que lo pusieron en la Casa Blanca.

El anuncio de los aranceles desató el pánico en el gobierno de México, el cual se enfrascó en una controvertid negociación que fue vendida comuna victoria de la diplomacia mexicana. Incluso hubo quienes colocaron al canciller Ebrard de lleno en la carrera rumbo al 2024 por este “triunfo”.

Y la buena voluntad mexicana no paró ahí. A los pocos días el Senado de la República ratificó el T-MEC —el acuerdo que vino a sustituir al Tratado de Libre Comercio de América del Norte— lo que vino a sumarse al Plan de Desarrollo Integral para El Salvador, Guatemala, Honduras y México, elaborado por la CEPAL.

Vienen entonces las preguntas.

¿Qué hubiera pasado si los aranceles a los productos mexicanos se hubieran aplicado e inicia una guerra comercial? El gran perdedor habría sido Estados Unidos y el café es un gran ejemplo.

De entrada, un análisis del periodista Roberto Morales Navarrete, especializado en comercio exterior, demostró que los diez principales productos que exporta México a Estados Unidos están vinculados a la industria automotriz; la misma que Trump busca repatriar a toda costa.

Es decir, productos que se fabrican en territorio nacional pero que pertenecen a empresas de capital extranjero; como que Ford, GM y Chrysler no son mexicanas.

En el café, específicamente, Estados Unidos es uno de los principales importadores del grano pero no por sus elevados niveles de consumo sino porque allá es transformado y exportado a otros destinos. Eso hacen compañías como Nestlé e incluso Starbucks.

La compañía de la sirena importa cafés de diversos países —México es uno de sus proveedores— que tuesta en sus plantas y luego manda a sus cafeterías en todo el mundo. Así lo establecen los informes anuales de Alsea, la compañía que opera la cadena de cafeterías en México, Sudamérica y otros países europeos.

Es decir, la aplicación de aranceles habría afectado directamente a compañías estadounidenses que requieren de esa materia prima.

Desde la firma del TLCAN —y así continuó en el T-MEC— el café ha estado libre de aranceles ya que tanto Estados Unido como Canadá son países consumidores. Requieren de este grano que no producen y un incremento en su precio impactaría directamente a compañías como las ya señaladas y a los consumidores.

Ahora bien, el proyecto con las naciones de Centroamérica reconoce que, entre las razones de la migración, se encuentran la desigualdad económica y los efectos del calentamiento global.

Una política cafetalera podría contribuir en gran medida a reducir estos factores. Honduras cuenta con un instituto del café que ha apostado por el volumen en la producción y que tiene a esa nación entre los diez primeros productores mundiales. México, por cierto, ha sido desplazado de ese grupo.

Guatemala, por el contrario, ha apostado por la calidad de su aromático estableciendo siete regiones productoras (México podría tener hasta 67 regiones) que logran obtener sobreprecios internacionales, en un momento de preocupación por el nivel de las cotizaciones en las bolsas de Nueva York y de Londres.

Desafortunadamente, debido a que no se han integrado a otras cadenas agroindustriales que favorezcan los policultivos —combinar la siembra de café con cítricos o maderables— y a otros sectores de la economía, como el turismo, los avances en la cafeticultura no se han traducido en desarrollo para los productores de la región… razón esencial de la migración, el abandono de tierras y la ruptura de familias.

Jalisco creó un exitoso concepto turístico a partir del tequila. ¿Se imagina usted un programa integral y con buena difusión para recorrer regiones cafetaleras, fincas y adquirir de primera mano algunos de los mejores cafés del mundo?

Y no olvidemos que el café, particularmente el orgánico, es por sí mismo una estrategia contra el calentamiento global. Aquí no es necesario quemar para volar. sembrar, se aprovechan los deshechos de otros cultivos y se beneficia a la fauna local.

El presidente López Obrador tiene mucha razón al señalar que la gente no emigra por gusto sino por una necesidad económica. Por ello, si realmente se quiere llevar desarrollo a esta región, históricamente olvidada, podríamos comenzar por un café.

Por Raúl Castro-Lebrija

@ReyLuar

reyluar@gmail.com

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