Rusia1 Crimea
Haydeé Moreyra*
Al cierre de esta columna los más importantes diarios europeos publicaron entre sus notas principales la adhesión de Crimea como un nuevo territorio ruso. Acontecimiento que ha sido duramente desaprobado por la comunidad internacional, principalmente por Europa y Estados Unidos, lo que ha ocasionado que Rusia sea objeto de sanciones económicas y comerciales. Tan sólo a finales de marzo, líderes europeos y Estados Unidos amenazaron con tomar medidas (económicas) mucho más agresivas contra Rusia e incluyen los sectores de servicios financieros, energía y minería, entre otros.

Escenario que a algunos recuerda la Guerra Fría. Pero desde mi punto de vista, ya nada es igual desde la caída del muro de Berlín; décadas y décadas han pasado y las relaciones económicas en el mundo se han transformado estrepitosamente: la globalización, la economía del conocimiento, el desarrollo tecnológico, el cambio climático o el resurgimiento de economías en desarrollo como fuentes de nuevo crecimiento mundial son ya parte de las transformaciones que vivimos hoy en día.

¿Por qué una disputa con Ucrania? Como suele suceder en este tipo de conflictos, detrás hay un incentivo económico: Ucrania es el medio por el cual la mitad del gas ruso atraviesa y se envía a Europa para exportación. De hecho, cerca de tres cuartas partes de las exportaciones de gas ruso se destinan a Europa Occidental.

Es precisamente esta estrecha vinculación y transformación en las economías de Rusia y Europa que me obliga a dedicar unas líneas para reflexionar si, efectivamente, lo que estamos observando es el nacimiento de una nueva Guerra Fría o, más bien, el reflejo de una “separación” acordada entre las partes, en buenos términos y con cierto margen de maniobra. En una situación como ésta, ¿quién pierde más? ¿Europa o Rusia?

Europa tiene una importante dependencia de energéticos que va en ascenso, principalmente de petróleo crudo y productos derivados de éste. De acuerdo con el Banco Mundial, la importación de productos energéticos por parte de la Unión Europea sumó 246 mil millones de euros en 2010, es decir, 185 por ciento mayor que hace una década. En 2010, los combustibles minerales representaron 75 por ciento del valor total de las importaciones de Rusia, siendo el petróleo y el gas los bienes más representativos con 85 por ciento y 11 por ciento de participación del total de combustibles.

Más aún, en la última década la balanza en cuenta corriente de la Unión Europea con Rusia ha sido netamente deficitaria. De acuerdo con datos obtenidos de la Comisión Europea en su reporte estadístico sobre energía, la dependencia de productos energéticos importados ha pasado de 43.2 por ciento en 1995 a 53.8 por ciento en 2011. Y en el caso del petróleo, estas cifras son mayores de 74.3 por ciento a 84.9 por ciento, respectivamente. Bloquear las exportaciones rusas en productos energéticos significaría contar con menos combustible para cargar de gasolina a los vehículos, para dejar de proveer de energía a los calentadores en los hogares, o para dejar de tener suficiente energía en las plantas manufactureras. En otras palabras, el impacto en la economía real podría ser increíblemente perjudicial especialmente cuando Europa parece empezar a mostrar tasas de crecimiento.

Rusia2 Serguei Aksionov, Vladimir Konstantinov, Vladimir Putin y Anatoli Chali

Pese a ser un miembro del tan afamado grupo de los Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS), el escenario no es por mucho mejor para Rusia, pues a diferencia de su posición en la Guerra Fría, ya no es un país aislado y sus capitales financieros son a veces tan importantes como los políticos.

La Federación Rusa, una república con un sistema semipresidencialista y con 17.1 millones de kilómetros cuadrados de territorio (sin contar con la reciente adhesión de Crimea), tiene a mi juicio tres problemas económicos estructurales: el envejecimiento de su población; la dependencia de los ingresos fiscales derivados de la producción del gas y el petróleo; y una economía poco competitiva.

La importancia del sector energético en la economía rusa no es menor. Este sector representa el 50 por ciento de los ingresos del gobierno ruso (Gazprom, empresa estatal que controla el mercado energético, genera cerca de 40 mil millones de dólares para las arcas del gobierno). Más aún, la producción de energía es una parte clave en la economía rusa. De acuerdo con la Comisión Europea, Rusia producía en el 2010 el 10 por ciento de la energía del mundo, mientras que la producción de petróleo y gas representaba cerca del 14 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Rusia ha perdido dinamismo en los últimos años, en parte por su exposición a la volatilidad de los precios internacionales de los commodities. Este fenómeno puede llegar a representar un problema para las finanzas públicas si el precio del petróleo continúa reduciéndose (el ex ministro de Finanzas de Rusia, Alexei Kudrin, estimó que el precio del barril de petróleo podría reducirse en la siguiente década hasta alcanzar los 70 dólares promedio). Pero la falta de dinamismo también obedece a un sector productivo poco competitivo. Según el Banco Mundial, el crecimiento observado en los sectores de la construcción, los servicios financieros y los transportes ha dejado de compensar el deterioro en el sector industrial. En otras palabras, el modelo de crecimiento ruso basado exclusivamente en el consumo, ha llegado al límite y habría que repensar otras fuentes de crecimiento. Más aún, el Banco Mundial estimó que la perspectiva de crecimiento para Rusia estaría sujeta a la recuperación de su principal cliente: la Eurozona.

Otro problema estructural es el envejecimiento de sus habitantes. Con una población cercana a los 142 millones de habitantes, la pirámide demográfica de Rusia sufrirá un cambio mayúsculo. Cerca del 13 por ciento de la población rusa tiene 65 años o más pero ese número podría crecer hasta llegar a 23 por ciento en 2050. Esto significará destinar más recursos del gobierno para pagar pensiones, jubilación y gastos médicos. De acuerdo con un estudio elaborado por el National Bureau of Economic Research (NEBR, por sus siglas en inglés), Rusia necesitaría aumentar en 37 por ciento sus ingresos o reducir 27 por ciento su gasto para evitar un boquete fiscal que llegaría a cerca de 6 billones de dólares. En otras palabras, la energía rusa es finita mientras que los gastos no.

Ha habido varias propuestas y esfuerzos para alejarse de esta ¨incómoda¨ interdependencia. Por ejemplo, la diversificación de mercados de energía para Europa y Rusia; la construcción de infraestructura para una ruta alternativa de transportación de gas; e inclusive que Europa busque otras fuentes de provisión de petróleo como Estados Unidos o un producto alternativo como el shale gas. Sea cual sea la alternativa, todo ha quedado en intentos fallidos o que implican una fuerte inversión a muy largo plazo.

Todo indica que seguiremos viendo confrontaciones diplomáticas, políticas e inclusive económicas. Pero a nadie en estos momentos le convendría una nueva crisis. Habrá que releer la historia mundial y recordar que “todo” empezó y terminó con la Guerra Fría.

*M.A. Haydeé Moreyra García
Coordinadora Executive MBA-EGADE Business School

Foto: Firma de la adhesión de Crimea y Sebastopol a la Federación de Rusia. Serguéi Aksiónov, primer ministro de Crimea; Vladímir Konstantínov, presidente del Parlamento de Crimea; Vladímir Putin, presidente de Rusia; y Anatoli Chali, alcalde de Sebastopol.

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