Para las industrias que crecen en torno a la producción de vehículos automotores está muy claro el camino de su desarrollo, sin embargo para las sociedades y los gobiernos se levanta un severo dilema, por los problemas colaterales que plantea el nivel de unidades que circulan en las ciudades.

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El automóvil se erigió durante todo el siglo pasado como el medio de transporte más importante y más eficiente, para su uso fueron diseñados y rediseñados todos los modelos urbanísticos y de entrelazamiento entre las ciudades; las sociedades fueron construyendo sus aspiraciones en la cuales la posesión del automóvil formó parte relevante, lo cierto es que la saturación, no sólo urbana sino de las propias sociedades se ha hecho presente en los países más avanzados.

El gran mensaje es que algo tiene que cambiar. Pero el dilema es cómo redirigir a un gigante que produce 80 millones de vehículos por año; que emplea al 5 por ciento de la fuerza laboral manufacturera y que genera en su entorno y que con base en esa relevancia parece restar importancia a los costos colaterales que conlleva su éxito.

En México, país que no tiene aún los indicadores más alarmantes en cuanto a circulación de vehículos automotores por sus ciudades y carreteras, ya presenta síntomas de los riesgos que otras naciones ignoraron cuando tuvieron oportunidad de evitar la saturación.

Estudios realizados por expertos de diversas partes del mundo desde principios de este siglo han mostrado que la capacidad de mantener el vertiginoso ritmo de ingreso de nuevos vehículos a las ciudades y en las sociedades como la estadunidense, alemana, japonesa, e incluso la coreana es imposible.

Esos mismos estudios identifican la distribución de la demanda de automóviles para el final de la presente década y colocan a México como un área de la geografía mundial donde se presentará un crecimiento importante, dado el nivel de penetración que ya ha adquirido este modelo de transporte.

Sin embargo, para naciones como India, Nigeria y Pakistán que parte de una base muy por debajo de la mexicana se pronostica un crecimiento con características de acelerado, en gran medida por la capacidad de absorción de unidades en circulación.

Pero lo que más mueve a las industrias involucradas es la capacidad que presenta un grupo de 12 países como es el caso de Brasil, China e Indonesia, donde se espera que el aumento de automóviles en esta década tome características que los analistas califican como “explosivo”.

A este grupo además se añaden Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú, en América Latina; Egipto y Sudáfrica representan a África; y Ucrania, a Europa.

De ahí que muchas industrias, incluyendo la del acero, hierro, aluminio, vidrio, plástico, alfombras, textiles, chips de ordenador, caucho se alisten para acompañar la demanda esperada por el crecimiento en la compra de automóviles.

Si bien esta configuración geográfica de la colocación de inversiones en las industrias manufactureras señaladas se ha venido presentando en los años y meses recientes, lo cierto es que de igual manera el sector financiero está acompañando esta redistribución geográfica del mercado.

El grupo holandés ING y el español BBVA han desinvertido de posiciones tradicionalmente relevantes para ellos en diversos mercados, especialmente el de las pensiones para concentrar su atención hacia objetivos más en el foco de su actividad bancaria que es el crédito. Algo similar parece estarse perfilando en Citi Group.

Lo cierto es que una industria que ha logrado seguir creciendo por décadas a tasas de 30 por ciento muchos costos asociados debe estar generando, que la misma espectacularidad de sus resultado suelen esconder.

Es innegable que como lo definen sus productores, los “automóviles son una tecnología liberadora de personas en todo el mundo. El automóvil permite a las personas vivir, trabajar y jugar de maneras que eran inimaginables hace un siglo”.

Los automóviles facilitan el acceso a los mercados, a los servicios médicos, a los trabajos. Casi cada viaje en auto termina ya sea con una transacción de naturaleza económica o algún otro beneficio para nuestra calidad de vida.

En México no podemos negar que así se ha presentado. En tres décadas, de los seis millones de automóviles que circulaban por nuestras ciudades en 1980, pasamos a 32 millones en el 2010 y, tan sólo en los últimos 10 años, se duplicó el número de unidades, según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Las claves del crecimiento

 JUAN PABLO ZAMORA

Víctimas de su propio éxito, las naciones que están mejorando la capacidad económica de sus integrantes están dirigiéndolos a la búsqueda de automóviles como paso inmediato de dicha mejora.

La experiencia de los países que han llegado a la saturación de vehículos refleja el aumento en el ingreso por persona que pasó de cuatro mil a 12 mil dólares anuales, se tradujo en que de 25 automóviles por cada mil personas hayan pasado a 500 por cada mil personas. Es decir, un vehículo por cada dos personas, como lo exponen Kenneth Medlock III y Ronald Soligo en diversos estudios que analizan las causas del crecimiento pasado y las perspectivas.

De esa manera, explican  Medlock y Soligo, la demanda de energía per cápita en el sector del transporte aumenta de manera constante durante todo el proceso de desarrollo económico y, finalmente, da cuenta de la mayor parte del consumo total de energía final.

Lo cierto y más preocupante es que países como China en los hechos no se han comportado así y se han colocado con crecimiento del número de vehículos muy superior al estimado.

Lo que sucede es que China trae su propia dinámica. Tan solo en el periodo de 1975 a 1995 el stock de autos registró un crecimiento superior a 1,000 por ciento, pasaron de 0.2 coches por cada mil habitantes a un poco más de tres por cada mil personas.  La situación pasó de prácticamente de “descubrir” el automóvil a tenerlo como un producto de uso moderado, pero amenaza con experimentar una explosión.

Sin embargo, cuando el aumento de vehículos se pone en términos de consumo de energía por persona, el tema empieza a parecer escandaloso. Con base en los mismos autores, son enormes las cantidades absolutas que consumieron, que en tan solo para poner en términos individuales, significaron que cada habitante de ese país multiplicó por tres su consumo energético.

Teniendo en cuenta las limitaciones razonables de suministro globales, el crecimiento del consumo de energía de esta magnitud pondrá gran tensión en la seguridad energética de China, así como en otras naciones.

(La información completa sobre este tema aparece en el número 118 de Fortuna, Negocios y Finanzas).

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