Hablar del cambio climático no es para los débiles de corazón. Pensar que usar bolsas reciclables, comprar focos ahorradores de energía y utilizar vehículos eléctricos es suficiente para conseguir que el planeta se recupere del daño que le hemos ocasionado es ser demasiado optimista. El deterioro que le hemos provocado a la Tierra es irreversible.

En 2010 la temperatura del planeta entró en la categoría de las más altas documentadas en los últimos 131 años, el nivel de dióxido de carbono continuó aumentando hasta llegar a las 392 partes por millón y el mayor afluente del Amazonas, el río Negro, alcanzó su nivel más bajo en 30 años. Esto implica que en el futuro inmediato habremos de adaptarnos a condiciones ambientales cada vez más extremas.

Hemos llegado a un punto de no retorno. Fue a partir de la Revolución Industrial que dimos pasos agigantados que destruyeron sistemáticamente el planeta, optamos porque el desarrollo de la humanidad dependiera de la combustión de compuestos orgánicos.

La era industrial trajo consigo cambios significativos en la forma de vivir de gran parte de la población mundial; la expectativa de vida se incrementó y la tasa de mortandad se redujo sustancialmente. Hubo migraciones masivas de las poblaciones rurales a las ciudades y ello aumentó el consumo energético mundial.

El nivel de dióxido de carbono en la atmosfera se incrementó aceleradamente hasta llegar a 392 partes por millón, equivalente a un aumento del 38% desde sus niveles pre-industriales. Hasta finales del siglo XVIII el contenido en el ambiente de los cinco principales gases de efecto invernadero (GEI) fue estable, lo que permitió durante miles de años un equilibrio óptimo entre la absorción y la dispersión del calor proveniente del sol.  Posteriormente las emisiones generadas por las actividades humanas modificaron la mezcla de los GEI.

Se considera que 350 partes por millón de dióxido de carbono es el límite seguro máximo que puede haber en la atmosfera. La cantidad de dichas partículas ha aumentado año con año haciendo que una mayor cantidad de energía solar sea absorbida y que ello provoque un aumento global de la temperatura. Esa diferencia, medida en grados centígrados, ha afectado seriamente a los diversos ecosistemas y ha desequilibrado el ciclo del carbono.

De acuerdo con Daniel Boyce, investigador de la Universidad Dalhousie, Canadá, la población de fitoplancton -uno de los componentes primarios de la cadena alimenticia-   disminuyó 40% desde 1950 debido al aumento en la temperatura del mar. Esto equivale a reducir en ese mismo porcentaje al total de los árboles y las plantas en la tierra, ya que dichos organismos producen la mitad del oxígeno disponible.

En diciembre de 2010, Cancún será el escenario de la Conferencia de las Partes (COP 16) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Se espera que los gobiernos participantes ratifiquen su compromiso para reducir las emisiones de GEI. Desafortunadamente no se prevé que logren acuerdos respecto al nuevo marco regulatorio que deberá entrar en vigor a partir de enero de 2013, una vez que el Protocolo de Kyoto expire.

Pensar de manera global y actuar de forma local deberá ser la tendencia a seguir de individuos y naciones; no hay forma de remediar por completo lo dañado, pero aún tenemos la oportunidad de cambiar el futuro. Ello requerirá de grandes sacrificios y enormes compromisos, pero ser indolentes respecto a lo que hemos hecho con el planeta nos exigirá entereza para aceptar una verdad que quizá nos incomode escuchar: si en las siguientes décadas la temperatura del planeta aumenta 2 o 3 grados centígrados y ciudades enteras quedan sumergidas por el incremento en el nivel del mar ocasionado por el deshielo en los polos, si todos aquellos animales en peligro de extinción finalmente se extinguen, no significará que el mundo ha llegado a su fin, implicará que habremos llegado al final de la era del ser humano sobre la tierra porque la vida, a pesar de todo, continuará.

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