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Por Jorge Flores Kelly | Revista Fortuna
La jornada del lunes 20 de abril dejó al país discutiendo gestos: si Greer regañó a Ebrard y si sobrevendió un entendimiento que el comunicado conjunto no reflejó. Los gestos se viralizan, la negociación técnica, no. Pero el verdadero tema está más arriba, y conviene plantearlo como pregunta antes que como diagnóstico: ¿qué T-MEC queremos negociar realmente?
La pregunta no es retórica. Es la que el debate público mexicano sigue evitando porque su respuesta automática (un T-MEC sin aranceles, como el de los últimos treinta años) ya no describe la única opción disponible ni necesariamente la mejor. El régimen comercial cambió, y con él cambiaron las opciones realistas sobre la mesa.
Lo más interesante es que la opción que muchos siguen pidiendo con vehemencia (el regreso al T-MEC anterior, sin aranceles) sería en realidad el mejor escenario para preservar el statu quo y el peor para transformarlo. Bajo ciertas condiciones, un T-MEC con aranceles moderados puede ser estructuralmente mejor para México que un T-MEC sin aranceles. No porque los aranceles sean buenos en abstracto, sino porque crean los incentivos económicos para construir la economía profunda con encadenamientos de valor y arrastre real sobre toda la economía que treinta años de libre comercio no obligaron a construir. Son, si sabemos leerlas, bendiciones disfrazadas de maldiciones.
Para llegar a esa lectura hay que entender primero por qué el régimen cambió, qué forma tiene el régimen nuevo, y qué condición específica hace que México pueda ganar dentro de él en lugar de simplemente sobrevivir.
La transición de régimen que el debate aún no asimila
Durante décadas se asumió que el libre comercio era la regla general del sistema y que cualquier arancel era una anomalía transitoria que tarde o temprano debía corregirse. Esa forma de leer el mundo no es solo mexicana; fue la gramática dominante de la globalización. El problema con esto es que la administración Trump opera con otra lógica: una de comercio administrado, integración selectiva y diferenciación sector por sector según el valor estratégico de cada industria. De ahí surge buena parte del malentendido actual. Muchas posiciones siguen formulándose con categorías de un régimen que ya terminó, mientras muchas decisiones estadounidenses parecen arbitrarias solo porque responden a una lógica distinta.
La política comercial de Trump persigue tres objetivos simultáneamente: traer producción de vuelta a Estados Unidos, mantener una Norteamérica integrada para reducir dependencia de China, y atraer la mayor parte de la nueva inversión industrial al territorio estadounidense. El problema es que esos tres objetivos no pueden lograrse a la vez. Si Washington quiere reshoring e integración norteamericana profunda, no puede al mismo tiempo concentrar toda la nueva inversión en su territorio. Si quiere reshoring y concentración de inversión al norte, fragmenta la cadena regional y pierde competitividad global. Si quiere integración y atracción de inversión al norte, no puede aspirar a un reshoring masivo. Es una trinidad inconsistente, y los instrumentos lo muestran: los aranceles presionan reshoring pero lastiman la integración, las reglas de origen fortalecen la región pero no garantizan dónde se queda el capital nuevo, los subsidios atraen inversión pero no sustituyen la lógica de coproducción regional. Por eso el nuevo régimen no puede ser uniforme: necesariamente termina administrándose por sector.
El régimen real será sector por sector
La trinidad no se resuelve con una sola fórmula. Se resuelve sector por sector, porque la separación estadounidense frente a China nunca fue ni uniforme ni ideológica; es categorización técnica que las agencias de política comercial llevan años haciendo. Algunos sectores son críticos por seguridad nacional; otros son tolerables en cadenas globales; otros están en zona gris.
En los sectores de soberanía industrial (semiconductores avanzados, baterías de nueva generación, defensa, farmacéuticos críticos), Estados Unidos sí quiere producción propia, y el instrumento principal son los subsidios directos vía CHIPS Act e IRA. México no es jugador central aquí.
En los sectores de control y palanca (automotriz, acero, aluminio), la lógica es distinta. El acero y el aluminio funcionan como punto de control estratégico porque condicionan costos y disponibilidad aguas abajo en autos, electrodomésticos, construcción y maquinaria. Estados Unidos no quiere destruir la producción regional pero tampoco dejarla operar con plena libertad. Aquí la integración no desaparece, pero se vuelve disciplinada. México sigue siendo plataforma productiva, aunque con menos holgura.
En los sectores donde el objetivo principal es desplazar a China (electrónica de consumo, maquinaria ligera, textiles, manufactura liviana), Estados Unidos renunció hace tiempo a producir directamente. Lo que le importa es evitar dependencia china. Ahí la integración norteamericana puede ser mucho más profunda, siempre que las reglas de origen sean estrictas. Es donde México tiene la ventana más amplia.
Y hay una cuarta zona que el debate público casi no nombra: la de tecnologías convergentes y todavía mal clasificadas (vehículos autónomos, IA embebida, química avanzada para baterías). Ahí el régimen no está plenamente definido y existe margen para que México se posicione antes de que las reglas se endurezcan.
La integración norteamericana, por tanto, no será pareja ni universal. México necesita leer ese mapa con precisión, porque el error sería repartir esfuerzo político como si todos los sectores ofrecieran la misma oportunidad o enfrentaran el mismo riesgo.
Preferencia relativa: la variable que ordena el caos arancelario
Aquí entra la variable que organiza todo el debate y que el comentariado tiende a no nombrar con disciplina. Lo que importa para México no es el arancel absoluto que paga a Estados Unidos, sino su arancel relativo frente a competidores comparables en ese mismo mercado. Si México paga 25% pero Vietnam paga 27%, México tiene preferencia relativa positiva. Si México paga 25% pero Japón paga 15% (como sucede actualmente en automotriz), la preferencia relativa es negativa por diez puntos.
La preferencia relativa es lo que determina si México sigue siendo destino atractivo para localizar producción exportadora. Mientras se mantenga positiva o cercana a cero, México conserva viabilidad como plataforma. Cuando se vuelve significativamente negativa, la lógica económica empuja a relocalizar producción a competidores con mejor arancel.
Esto resuelve buena parte del debate. El objetivo mexicano realista no debería ser “que no haya aranceles” en abstracto, sino “que México no quede en desventaja arancelaria frente a competidores comparables”. Son objetivos distintos con implicaciones muy distintas. Y abre el camino para entender los tres T-MEC posibles que México tiene sobre la mesa, no como debate técnico sino como decisión estructural.
Los tres T-MEC posibles
Antes de describirlos, conviene precisar dos términos que la pieza usa con sentido específico, prestados del análisis de sistemas bajo estrés. Un sistema robusto es aquel que resiste el estrés sin romperse pero tampoco se transforma por él: aguanta el golpe, sigue funcionando, sale igual que entró. Un sistema frágil es aquel que ante cierto nivel de estrés se rompe: el shock destruye su capacidad operativa más rápido de lo que puede compensarla. Un sistema antifrágil es aquel que ante cierto nivel de estrés no solo no se rompe, sino que sale fortalecido: el shock activa capacidades latentes que sin esa presión nunca se habrían desarrollado. Es importante notar que la antifragilidad tiene dosis óptima: demasiado poco estrés no activa la transformación, demasiado estrés rompe el sistema. La condición se cumple en una zona intermedia donde la presión es suficiente para forzar adaptación pero no tanta como para destruir la base. Esa zona es exactamente donde México puede colocarse si negocia bien.
Escenario uno: T-MEC sin aranceles, regreso al statu quo previo. Es lo que el sector privado y buena parte del comentariado están pidiendo con fuerza. México queda robusto: aguanta, mantiene acceso al mercado norteamericano, preserva su modelo exportador. Pero no se transforma. Sin presión arancelaria, la lógica exportadora maquilada sigue siendo más rentable que la lógica de desarrollo de mercado interno, igual que durante los últimos treinta años. El contenido nacional permanece bajo, los encadenamientos de valor no se construyen, no hay arrastre real sobre el resto de la economía, y México sigue siendo plataforma de ensamble sin economía profunda alrededor. Es el escenario donde, paradójicamente, la victoria negociadora produce el peor resultado de largo plazo. Treinta años más de TLCAN sin la tarea industrial pendiente. Hay que tener cuidado con lo que se desea.
Escenario dos: T-MEC sin preferencia relativa, aranceles altos que dejan a México en desventaja frente a competidores comparables (la situación actual con automotriz al 25% mientras Japón está al 15%). La dosis de estrés es excesiva. México pierde viabilidad como plataforma exportadora más rápido de lo que la sustitución doméstica puede compensar. La inversión huye a competidores con mejor arancel, los costos suben antes de que la oferta nacional esté lista, el shock inflacionario llega antes que la captura industrial. México queda frágil: el sistema se rompe porque el estrés excede la capacidad de adaptación. Es el escenario que hay que evitar, y donde estamos parcialmente hoy si la negociación no se calibra bien.
Escenario tres: T-MEC con preferencia relativa preservada. Aranceles moderados pero comparables a los que enfrentan competidores como Japón, Corea, UE y Vietnam. México mantiene viabilidad como plataforma exportadora y simultáneamente enfrenta presión arancelaria suficiente para activar incentivos económicos hacia desarrollo de mercado interno y sustitución de importaciones chinas. Es la dosis de estrés correcta. México queda antifrágil: la presión externa no solo no lo daña, lo fortalece, porque el diferencial arancelario hace económicamente racional lo que sin presión nunca lo fue. Plan México deja de ser aspiración política y se vuelve cálculo de capital. El contenido nacional sube, los encadenamientos de valor se construyen, el arrastre sobre el resto de la economía se activa, y la economía profunda emerge porque la lógica económica la empuja, no solo el discurso público.
La jerarquía estructural es clara: el escenario tres es superior al uno, y el uno es superior al dos. Pero el debate público está pidiendo el escenario de quedarnos como estamos uno como si fuera el mejor disponible, cuando en realidad es solo menos malo que el dos. La pelea negociadora real no debería ser por regresar a los aranceles del T-MEC del paradigma anterior, sino por colocar a México en el escenario tres: aranceles moderados con preferencia relativa preservada que detonen Plan México. Esa es la conversación que la comentocracia evita y que esta columna quiere proponer.
El verdadero cálculo
Aquí el Plan México suele discutirse con dos errores. El primero es pensar que la oportunidad consiste en sustituir todo lo que México importa de China. Eso no va a ocurrir y forzarlo demasiado rápido sería inflacionario. El segundo es asumir que cualquier fricción arancelaria con Estados Unidos es una pérdida neta automática para México. Tampoco es así, especialmente bajo el escenario dos con preferencia relativa preservada.
El cálculo correcto no es comparar cuánto se pierde por un lado y cuánto se gana por otro, sino cuánto valor de cada dólar termina quedándose dentro de la economía mexicana. Una exportación intensiva en importaciones deja en México solo una fracción del valor final. En cambio, cuando una empresa instalada en el país produce localmente lo que antes llegaba de Asia, el efecto interno es mucho mayor: se activa una red de proveedores, se genera empleo formal, aumenta la base fiscal y se mueven sectores complementarios. Los estimados sectoriales sugieren que cada dólar de sustitución bien ejecutada puede generar del orden de 2.5 a 3 veces más PIB doméstico que un dólar de exportación maquilada, precisamente porque el contenido nacional efectivo es radicalmente distinto entre una actividad y la otra.
Por eso, una parte del golpe externo no solo se compensa, sino que puede convertirse en ganancia neta si México aumenta contenido nacional y sustituye importaciones donde tiene capacidad real. Pero esa oportunidad tiene una condición decisiva: la secuencia importa más que el principio. Construir capacidad de sustitución toma tiempo; imponer aranceles toma días. Si México protege antes de tener oferta nacional lista, el resultado será inflación sin industrialización. La protección solo funciona como política industrial cuando llega acompañada de oferta, inversión y ejecución; si llega sola, se vuelve simplemente un impuesto.
Lo que sí debería ser el Plan México
La posición coherente de México frente al nuevo régimen no es aferrarse al “cero aranceles” como si siguiéramos en el paradigma anterior, pero tampoco aceptar pasivamente cualquier exigencia estadounidense. Lo que sí sirve es leer con precisión la lógica del nuevo régimen y negociar para colocarse en el escenario dos: T-MEC con preferencia relativa preservada y Plan México operando con disciplina de timing.
Eso implica cooperar donde la integración norteamericana sí genera ganancia real para México, sobre todo en los sectores donde Estados Unidos no busca producir directamente sino desplazar a China. Implica resistir con disciplina en los sectores de palanca estratégica, negociando aranceles moderados que preserven preferencia relativa frente a competidores comparables, no necesariamente cero. Y obliga a aceptar con realismo que en sectores de soberanía industrial estadounidense México no es jugador principal y gastar capital político ahí sería error de asignación.
Visto así, el Plan México no debería entenderse como intento de competir con Asia para producirlo todo. La oportunidad real es más precisa: capturar la parte de la regionalización selectiva que sí va a ocurrir en Norteamérica, sustituir una fracción viable de las importaciones chinas que abastecen el mercado interno, y aumentar el contenido nacional de lo que ya se produce en México.
Y aquí está el punto antifrágil que organiza todo. Si la negociación logra preservar preferencia relativa razonable, los aranceles dejan de ser amenaza y se vuelven catalizador. Generan los incentivos económicos para hacer lo que treinta años de TLCAN no obligaron a hacer: construir economía profunda con encadenamientos de valor y arrastre real sobre toda la economía. Sin esa presión, la lógica exportadora siempre fue más rentable que la de desarrollo interno, y por eso México siguió siendo plataforma maquilada. Con la presión correcta, la ecuación se invierte.
Conviene recordar algo que el debate público suele olvidar: el libre comercio irrestricto no fue la norma histórica, sino una excepción. Desde Bretton Woods hasta la creación de la OMC hubo décadas de comercio administrado. Desde mediados de los noventa hasta 2016 hubo veinte años de libre comercio relativamente puro. Lo que está ocurriendo ahora no es un desvío pasajero, sino el regreso a una lógica de integración selectiva, política industrial y jerarquización estratégica por sector. Treinta años son suficientes para olvidar, pero eran excepción, no regla. El TLCAN nos dio treinta años de acceso privilegiado y lo usamos para construir plataforma de ensamble sin encadenamientos de valor profundos ni arrastre real sobre el resto de la economía. La ventana se abrió y la dejamos pasar parcialmente.
La coyuntura actual abre una segunda ventana, con una lógica distinta pero una oportunidad comparable. La pregunta que México debe responder no es “cómo defendemos el T-MEC” sino “qué T-MEC queremos”. Y la respuesta más fuerte, paradójicamente, no es la del paradigma anterior. Es uno con aranceles moderados, preferencia relativa preservada y Plan México operando a velocidad. Bendiciones disfrazadas de maldiciones, si sabemos leerlas y si tenemos la disciplina técnica para negociarlas correctamente.
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