A dos meses de que empiece la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la Concamin exhorta a reconstruir el modelo exportador con base en una política industrial alejada de la ortodoxia económica.

Explica en un documento denominado Tendencias Industriales que México ha experimentado un modelo exportador de maquila que supuso la ruptura de las cadenas productivas, que no se traduce en crecimiento económico que a la vez ha sido freno para elevar el valor agregado manufacturero de manera consistente a largo plazo.

Señala que la orientación a resultados que fortalezcan el crecimiento económico de México debe ser un componente esencial de la política económica, particularmente en materia de comercio exterior y de política industrial.

Cada país debe crear una estructura de política económica adecuada a su contexto, durante los últimos 50 años, a nivel global, la ortodoxia económica no ha generado un país desarrollado.

La región más productiva y competitiva del mundo, Asia del este, es la mejor muestra de que la fórmula del éxito reside en modelos heterodoxos, basados en las realidades de cada nación.

Las naciones del Pacífico asiático son un ejemplo de cómo el sistema productivo de empresa privada convive con una política económica de Estado, colaboran para propiciar bienestar en función de un sistema productivo privado de visión global y apoyado por medidas gubernamentales.

El gobierno es proactivo en materia de fomento económico y el sector privado sabe que esa participación será en su beneficio, no hay un divorcio. Los paradigmas crean las divisiones artificiales, la realidad así lo muestra.

La innovación global lo hace evidente: el progreso tecnológico tiene sus polos más dinámicos en una parte de Europa, particularmente en Alemania, Estados Unidos y en el Este asiático. Como ha demostrado Mazzucato en su libro El Estado Emprendedor, no se podría comprender el avance en innovación y progreso tecnológico sin la intervención del Estado.

Ahí radica el éxito de China, Corea del Sur, Japón, Vietnam y Singapur. Así es como Japón, Corea del Sur y Vietnam lograron superar los estragos de la guerra, mientras que China y Singapur dejaron el atraso social y tecnológico para convertirse en polos de desarrollo.

Como también lo ha mostrado Dani Rodrik: en los últimos 30 años los países en desarrollo que aplicaron las recomendaciones de política económica ortodoxa son los que menos han crecido, no hay excepciones.

En el caso de México se puede citar que se apostó todo a la apertura económica pero no se fortaleció adecuadamente su base productiva.  Dicha estrategia no ha incido favorablemente en incrementar su participación en el mercado global: en 1990 tenía 1.2 por ciento de las exportaciones globales, hoy su participación apenas excede 2 por ciento. China, una economía de Estado capitalista, elevó su penetración de 2.1 por ciento a 13 por ciento.

El beneficio de lo anterior llega en forma de inversiones y empleo, representa el resultado de invertir para crecer, de apostar a exportar más de lo que se compra al exterior, fortaleciendo los encadenamientos productivos internos y creando grandes empresas que pueden competir o integrarse a las trasnacionales que generan las cadenas globales de valor. Todo ello complementado con una creciente proveeduría nacional de empresas de menor tamaño, altamente competitivas, innovadoras y generadoras de alto valor agregado.

El resultado en materia de valor agregado es contundente, aun dejando de lado el clásico ejemplo de China. Entre 1990 y el 2015, la tasa de crecimiento del valor agregado en las manufacturas de Vietnam aumentó a una tasa promedio anual de 10 por ciento; la de México a 2.5 por ciento, ello a pesar de que abrió su economía y se convirtió en una nación exportadora.

¿Cómo puede explicarse la paradoja de exportar más sin que eso se encuentre respaldado por mayor valor agregado? Muy simple, se denomina maquila: exportar importaciones. La maquila funcionó para generar vínculos en los mercados globales de los años 80 y 90, no funciona para la Industria 4.0 y la “mentefactura”, es decir en la era de la innovación.

Corea del Sur es otro ejemplo de éxito, en el mismo periodo citado su valor agregado se elevó a una tasa de 6.8 por ciento. Singapur alcanzó 5.8 por ciento, Indonesia 4.9 por ciento y aún Rusia, con todo y el colapso histórico de la Unión Soviética, contabilizó 3 por ciento.

Todas las naciones citadas participan del comercio exterior, pero no lo hacen bajo una política de ortodoxia económica, han creado un modelo adecuado y pertinente para su realidad productiva y social, en donde el Estado y las empresas privadas tienen una convergencia: garantizar que exista crecimiento y rentabilidad económica.

México debe reconstruir su modelo exportador: en 1991 China tenía 2.6 por ciento del valor agregado de la manufactura global, México 1.3 por ciento, para el 2015 el país asiático concentró 24 por ciento y México 1.8 por ciento. El mensaje es claro, vender más al exterior no se traduce en crecimiento económico cuando se hace con una base maquiladora y en función de la ruptura de las cadenas productivas.

Los mejores registros de crecimiento económico son alcanzados por países innovadores que generan valor agregado, el comercio es solo la parte final. Además, la mejor forma de proteger al consumidor es creando empleo formal productivo, para que tenga un ingreso económico. Ello solo se logra con empresas del sector privado que a su vez sean productivas. Comprar barato al exterior sólo es una medida de corto plazo, una estrategia que restringe el crecimiento económico de mediano y largo plazo.

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