“Conócete a ti mismo”, en el dintel de mi muro “Conócete a ti mismo” es una letanía que casi todos hemos escuchado y creemos comprender, sin embargo, ¿sabemos lo que realmente significa? “Conócete a ti mismo” es un consejo que está grabado en el dintel del Oráculo de Delfos, en el templo dedicado al dios Apolo, ubicado sobre el Monte Parnaso. Delfos se consideraba el ombligo del mundo o el centro del universo, se creía que el mismo Zeus había colocado ahí la piedra a partir de la cual se llevó a cabo la creación del universo,  y el centro donde surgió la comunicación entre el mundo de los hombres, el mundo de los muertos y el de los dioses. El dintel expresaba así un consejo fundamental para la vida del hombre; la necesidad de conocer las limitaciones de la naturaleza humana en comparación con las capacidades de los dioses. Pues se consideraba un gran pecado que el hombre se creyera tan capaz como las divinidades.

larissa

Sócrates, considerado el padre de la ética y la antropología, tuvo una interpretación distinta de este axioma. Para Sócrates más que un consejo relacionado con las limitaciones humanas, se trataba de un aforismo que señala la importancia del conocimiento de nuestras acciones presentes conforme la virtud, en función de lograr una vida buena en el futuro; de este modo se trata de un consejo fundamental para la realización del proyecto de vida. Me parece que desde esta perspectiva, el autoconocimiento radica en conocer el comportamiento propio que realizamos día con día, con la intención de cambiar aquello que estorba, mejorar aquello mejorable y adquirir lo que nos falta para ser mejores seres humanos.

La cuestión aquí es que en la actualidad conocerse a sí mismo puede resultar una práctica que va en sentido contrario a la vida acelerada, vertiginosa y superficial que hoy en día vivimos. Nuestra sociedad nos ha enseñado que lo de hoy es vivir la inmediatez, la rapidez, lo “light”. Todos queremos que las cosas sucedan inmediato, que todo sea rápido, fácil y sin calorías. La tecnología ha contribuido a que nuestra vida de alguna forma, por decirlo así suceda siempre en “tiempo real”, en el cual el “tiempo real” es ya más bien un tiempo en el que las coordenadas de lo virtual y lo que acontece en efecto se traslapan. Conocerse a sí mismo implica desacelerar la propia temporalidad, algo así como entrar en modo de cámara lenta, y revisar cuadro por cuadro nuestras acciones. Conocerse a sí mismo es un asunto de lo mediato o más bien a largo plazo, es una cuestión de profundidad y reflexionar despacio, de sentarnos en soledad con nosotros mismos y hurgar en la interioridad propia, para lo cual necesitamos silencio y tranquilidad. Y conste que no estoy diciendo que lo inmediato, rápido, ligero, espontaneo, social (entendido como aquello que hacemos “en bola” o en masas) sea algo malo, no, claro que no lo es, pero no es aplicable a todo. Por ejemplo, lo inmediato es muy bueno cuando se trata de comunicarnos, qué maravilla que los correos ahora sean electrónicos y no postales, eso implica que ya no se requiere esperar un mes para saber de alguien u obtener una respuesta; que maravilla que la banda ancha cuente cada vez con mayor velocidad, que el uso de la tecnología sea cada vez más fácil a prueba de principiantes, y qué bueno que los alimentos sean bajos en azúcares, es decir “light”, pero esta filosofía (si es que lo es), de lo inmediato, rápido y ligero no es, para nada, aplicable al conocimiento del hombre, o del sí mismo. De hecho no hay tal cosa como la posibilidad de conocer inmediato, rápido y superficial, pues nuestra capacidad intelectual y cognitiva requiere de un proceso en el que quepa la atención, razonamiento, reflexión, fijación y recuerdo. Conocerse a sí mismo implica paciencia, detenerse a escanear lentamente nuestras actitudes, creencias, acciones. ¿Quién soy yo?, nos preguntan ¿quién eres?, y nos quedamos pasmados. Bueno ese pasmo es aprovechable para indagar en nuestros abismos quién soy.

¿Quién eres? ¿El perfil de tus redes sociales?, ¿la selfie que hemos publicado por todos los medios de comunicación habidos y por haber en la actualidad?, ¿el estado del Whatsapp o del Lime?, ¿soy mi profesión?, ¿soy mi nombre y mi apellido?, ¿somos lo que comemos?, ¿soy mis acciones?, ¿soy lo que los demás piensan de mí?, ¿soy lo que mis padres me educaron?, ¿soy el reflejo de mi cultura y sociedad?, ¿soy las expectativas que tienen de mí?, ¿soy mis sueños y metas?, ¿soy mis posesiones?

Conocerse a sí mismo, implica llegar a ser una persona que es capaz de gobernarse a sí misma, porque se guía o rige por el conocimiento de sus acciones, los motivos y hábitos que le llevan a proceder de una u otra manera, es una persona que conquista el señorío, el equilibrio, el punto medio entre los extremos, y esto último es la virtud. En otras palabras, conquistamos los miedos y los fantasmas que nos persiguen, así como logramos la capacidad de potenciar nuestros talentos, de conocer todo aquello que somos capaces de llevar a cabo, de llenar las carencias, de superar los infortunios, sobreponerse a las derrotas, vencer mejor en las victorias. Conocerse a sí mismo es ser virtuoso, ser prudente y sabio, pero a la vez justo y solidario. Y todo esto suena como si se tratara de un súper poder, y es lógico, el conocimiento otorga poder.

¿Para qué conocerse a sí mismo? Tal vez esta sea una pregunta muy personal, pero en el fondo radica, pienso, la felicidad, pues para ser feliz necesito conocer quién soy. Conocerme para ser mejor amigo, padre, hijo, conyugue, amante. Conocerme para saber qué es lo que quiero de mí mismo, comunicar qué es lo que pueden esperar de mí. El “Conócete a ti mismo” es tanto una práctica privada como pública, porque si bien la hacemos en la soledad y en el silencio, en un dialogo interior con nosotros mismos, es pública en el sentido en que lo hacemos también para estar bien con los demás. Quien se conoce a sí mismo, decía Sócrates, es un buen ciudadano. Conocerse es un tema de responsabilidad hacia los demás, no solo con uno mismo. Quien se conoce sabe decidir mejor qué es lo más conveniente para sí y para los demás, para su entorno. Al conocernos también seremos capaces de darnos cuenta que hay muchos otros ipsum, es decir sí mismos, otros yo, que tienen los mismos derechos y deben tener acceso a las mismas oportunidades, aprenderemos a valorar nuestra dignidad y la de los demás, a respetar, tolerar, compartir, a dejar de discriminar, a incluir, porque en ese conocimiento también llega el entendimiento de nuestra fragilidad humana, de que no somos todos poderosos, que nos necesitamos unos a otros. Conocerse a sí mismo, nos llevará a saber cómo queremos ser tratados a la vez que empezaremos a tratar a los demás como queremos nos traten a nosotros, la regla de oro que todos debemos practicar.

Pienso que todo dintel (léase banner o portada de red social) debería tener inscrita la leyenda: “Conócete a ti mismo”, al menos el tiempo necesario que tardemos en adquirir este súper poder, y me imagino que el mundo comenzaría a ser mejor, si todos evolucionamos en mejores ciudadanos.

*@laruskhi

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