¿Por qué es tan difícil hacer el bien? En teoría, según dicta Aristóteles al inicio de su Ética a Nicómaco, “toda acción y libre elección parecen tender a algún bien”, para el Filósofo, como se le conoce en los terrenos de la filosofía; toda acción tiende al bien, puesto que para este autor, dada la bondad de la naturaleza en general, así como la bondad natural del ser humano es imposible que alguien lleve a cabo una acción buscando hacer el mal. Esto último nos puede parecer bastante extraño, si es que nos ponemos a observar el mundo en el que vivimos. Las noticias del día a día no dejan de comunicar una enorme cantidad de atrocidades que se cometen a diario contra nuestra sociedad, cultura e incluso en contra de nuestra especia. Más bien pareciera que no existe tal cosa la bondad natural del ser humano, pues de existir en realidad,  ¿cómo podemos explicarnos que haya tanto mal a nuestro alrededor?

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Para Aristóteles, el hombre (y la mujer) es bueno por naturaleza, gracias a la razón y capacidad de conocer y entender es que somos capaces de siempre realizar el bien. Sin embargo, la evidencia de nuestra sociedad actual nos dice lo contrario. Al analizar la conducta de nuestra cultura actual es posible llegar a concluir que la razón no basta. En este caso, podemos creer que más bien Rousseau tenía la razón, para este filósofo francés, el hombre es bueno por naturaleza, pero es la sociedad la que lo corrompe. Eso parece ser más atinado, pues en efecto, no solo somos naturaleza sino que también somos producto de la interacción, la convivencia y el modelaje social. La pregunta aquí sería, ¿por qué no todos los seres humanos nos corrompemos?, o al menos de corrompernos no sucede en el mismo grado y proporción en todos y cada uno de nosotros. La verdad es que a veces me quiero inclinar más a creer que el que tenía la razón acerca de la sociabilidad del ser humano era Thomas Hobbes. En su obra Leviatán explica cómo es que a partir de un contrato social nos volvimos una especia, por decirlo así, civilizada. Para Hobbes la sociedad en realidad no es otra cosa que la formación de individuos que están dominados por sus intereses particulares, así como su ambición de poder y dominio, y en realidad nuestra naturaleza social es negativa y no buena como creían Aristóteles y Rousseau. Hobbes no tenía miedo en afirmar que nuestro fondo humano es realmente malo, y que el ser humano en cualquier ámbito lo que acabará haciendo siempre es declarar la guerra, y de ahí su famosa frase: “El hombre es un lobo para el hombre”.

Cuando me siento a analizar los problemas ya sea religiosos, de crimen organizado, monopolios, la economía, la pobreza extrema, los conflictos políticos, entre otros tantos, no puedo dejar de coincidir con Hobbes, aun cuando el asentir su postura es abandonar prácticamente toda la esperanza en la bondad humana. ¿En verdad somos una naturaleza malvada?, o ¿solo al interactuar socialmente nos corrompemos? ¿Cuál es la fuente de que hoy en día nuestra sociedad esté sufriendo tanto? Quizá no lo pueda explicar en términos de “la sociedad” o “la humanidad”, pero pienso que sí es posible hablar por cada uno de nosotros. Tal vez es demasiado exagerado decir que la raza humana es malvada por naturaleza, quizá deba moderar un poco y más bien decir que como personas que actuamos todos los días buscando nuestros propios intereses, más bien somos un poco ciegos. Pienso que en efecto, como afirma Aristóteles y Rousseau somos como especie buenos por naturaleza, sin embargo padecemos una ceguera social que acaba por corrompernos como individuos, como familias y como sociedades. Esta ceguera social radica en la despreocupación, incapacidad o falta de interés en el otro, en el prójimo e incluso en el bien común. Es una ceguera que se funda en el ego entendiendo éste último en su sentido negativo. El ego no es más que un término psicológico el cual expresa la capacidad que tenemos de reconocernos a nosotros mismos como yo, y nos hace conscientes de la identidad propia. Etimológicamente “ego” es un pronombre latino y significa yo, sin embargo en la actualidad se le da una reinterpretación que viene de las filosofías orientales, especialmente del hinduismo y el budismo. El budismo tibetano explica que en cada persona cohabitan dos entidades distintas; el espíritu y el ego, la primera es un ente oculto que raras veces escuchamos y el segundo es el charlatán. En realidad no considero que seamos una dualidad, sino que más bien es cuestión de enfoques, no podemos ser otra cosa o de otro modo, más que como es nuestro yo, somos la totalidad de lo que somos, aunque esto suene a verdad de Perogrullo, el yo es esa totalidad de nuestra cognición, razón, consciencia, biología, género, acciones que se resume en el Self y nuestra identidad, así que el ego en sí mismo no es malo ni bueno ni tampoco podemos desprendernos de él porque dejaríamos de ser quienes somos. Sin embargo existe el egotismo que significa que podemos definirlo algo así como un culto exagerado a uno mismo, la excesiva importancia que concedemos al sí mismo, y a las propias experiencias vitales. Para mí es la práctica del egotismo lo que fundamenta la ceguera social, pues estamos tan ensimismados en nosotros mismos que pasamos por alto las necesidades de los demás. No es extraño que en una sociedad individualista y materialista la conclusión sea el egotismo, y por ende la falta de capacidad de realizar elecciones objetivas en las cuales el bien común prevalezca. Más bien todos y cada uno de nosotros andamos cazando el bien, pero solo el bien que es bueno para mí, incluso si éste es a costa o a pesar de “el otro”.

No somos malos por naturaleza, simplemente pienso que hemos crecido en una cultura donde el otro no existe y si acaso existe nos hacemos de la vista gorda, pues lo que verdaderamente importa es lo que yo deseo, lo que yo quiero, lo que yo busco. El problema es que hacer el bien bueno, si me permiten la expresión, nunca puede ser a costa de los demás, como tampoco es posible el bien excluyente. No importa que tan bueno sea para mí acumular riqueza, si dicha acumulación posibilita la pobreza y carencia de otros, en el fondo que yo me enriquezca causando la pobreza del otro no es un bien de ninguna manera. No se trata de mi bien o tu bien, sino de nuestro bien. Decidir el bien cuesta mucho trabajo porque implica hacer un paréntesis de la propia subjetividad y pensar en aquello bueno para muchos. Es difícil porque supone levantar la mirada y ver al necesitado, al enfermo, al que sufre y tener empatía, usar la razón de forma objetiva, desprenderse del egotismo, es decir saber que no somos los únicos protagonistas de esta historia. Para hacer el bien es necesario conocer la verdad, pero no “mi verdad” sino aquella verdad que nos trasciende que es una verdad no biográfica sino comunitaria, la verdad del bien común que en el fondo si es común es también bien para mí. ¿Por qué no podemos pensar en los demás antes que en uno mismo?, ¿cuestión de supervivencia?, ¿ceguera social?, ¿egotismo? Tal vez no haya una respuesta unilateral a estas cuestiones, sin embargo considero que para domar a ese lobo interior que solo busca dominio y poder, que también se manifiesta como éxito, fama, reconocimiento, protagonismo, entre otros tantos, necesitamos practicar y educar la caridad, la compasión y la solidaridad, sin embrago para llegar ahí es necesario que antes dominemos la justicia.

*Directora de investigación y proyectos en el Buró de Ingeniería Humana y Desarrollo y Responsabilidad Social.

@laruskhi

 

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