Deudas

“No sólo eres responsable de lo que haces, sino de lo que no haces, de lo que defiendes y de lo que callas”. Javier Iriondo

Jorge Ruiz Narcia*

Desde 2007 había empezado a gestarse una de las peores crisis de los últimos tiempos en un país que, hasta entonces, ostentaba, cierta reputación hegemónica: Estados Unidos. Desde entonces, resurgió un debate que, a partir de la caída de la Unión Soviética, y magistralmente explicado por Francis Fukuyama en su ensayo El fin de la historia, se había dado por terminado: la batalla entre el capitalismo y el socialismo.

Desde entonces, se dio por hecho que el sistema que mayor bienestar ha procurado a los pueblos es el capitalismo. A partir de ese momento, la lucha ideológica se trasladó al ala derecha teniendo como participantes antagónicos a la escuela keynesiana y a la escuela austriaca de economía. En una esquina, en defensa de un capitalismo de Estado y, en la otra, a favor de un libre mercado, sin intervención alguna del Estado.

A partir de la crisis de 2008 –cuando estalló en Estados Unidos la crisis de las hipotecas subprime– el oro se disparó desde los 800 dólares la onza a niveles cercanos a los 2 mil dólares. Mientras tanto, el dólar estadunidense aceleraba su caída en valor con respecto a las principales divisas del mundo y el renminbi, la nueva divisa china, comenzaba la aventura de insertarse en transacciones internacionales de mayor envergadura. A partir de ese momento, una guerra de divisas inició su recorrido por el mundo y dicha guerra tenía como escenario el sistema financiero.

Países como China y Rusia dirigen la iniciativa de “desdolarizar” al mundo; es decir, usar una divisa alternativa al dólar que sirva como nueva moneda de reserva. La economía austriaca abanderada por las ideas de Hayek, impulsa la propuesta de rediseñar el sistema monetario para ser respaldado por reservas en oro, tal como lo fue hasta la caída del Bretton Woods. Sin embargo, la elite financiera se opone a dicha propuesta, ya que eso significaría el fin de uno de los negocios más lucrativos desde el siglo XV cuando el capitalismo daba sus primeros pasos en firme, la emisión y control de dinero respaldado por “deuda”.

Crisis financieras y económicas van y vienen, y seguirán existiendo durante el tiempo que dure el actual “sistema-mundo”, como lo llama Immanuel Wallerstein. La brecha entre los más ricos y los más pobres seguirá ampliándose pese a la retórica mediática que nos afirma que el sistema y régimen económico en el que vivimos ha logrado reducir los niveles de pobreza y elevado la calidad de vida de las personas. La pregunta es: “¿Para quiénes ha logrado elevar la calidad de vida?”.

Calidad de vida es: tiempo para ir por tus hijos sin presiones de trabajo, tiempo para disfrutar un desayuno, comida y cena en familia día a día, es tomarte una tarde completa cuando te sientas fastidiado, tiempo para asistir a un curso de pintura, canto, baile o cualquier actividad que sea de tu agrado y placer, es iniciar el año pensando en la familia y no en cómo pagar el crédito, vivir con calidad es: vivir la vida.

La supuesta calidad de vida que nos dicen hemos alcanzado no es más que una ilusión de una buena vida, es una vida “prestada” y enajenada al trabajo, una vida donde lo prioritario es trabajar para obtener ingresos suficientes que nos permitan pagar un crédito que servirá para darnos esas pequeñas comodidades. Deudas cuyos intereses exprimen los magros ingresos de las familias y que obligan a madres y padres a enfocarse en actividades productivas, descuidando las actividades del hogar. El obtener comodidades mediante el uso del crédito no es más que una nueva forma de esclavitud y vivir esclavizados no es tener una vida con calidad.

El capitalismo en sus bases tiene como fin último la acumulación del capital, la posibilidad de la acumulación es lo que incentiva a los empresarios a producir. El sistema en sí mismo favorece e incentiva los monopolios y esto tiene como resultado un sistema que en el argot de la Teoría de Juegos es llamado “juego suma cero”, unos ganan a costa de otros. Luego entonces, si menos del 2 por ciento de la población ha logrado acumular década tras década más del 90 por ciento de la riqueza de nuestro sistema, esto significa que al resto se le ha arrebatado riqueza década tras década y, por tanto, tampoco podemos afirmar que exista una verdadera reducción de la pobreza. Sólo hemos conseguido acostumbrarnos a vivir endeudados para obtener “comodidades” a costa de aspectos sociales más importantes y que tienen que ver con la unidad familiar.

Baruch Spinoza decía que la manera directa para conocer a Dios es a través del conocimiento del entorno que nos rodea. Conozcamos nuestra historia, indaguemos cómo funciona nuestro mundo, cómo se alimenta el sistema financiero; cuestionemos y reconfiguremos la manera en cómo vemos al mundo y cómo nos gustaría que fuera para nuestros hijos.

El mundo hoy (excepto ese 2 por ciento) vive bajo un efecto placebo suministrado por un sistema financierista. Depende de los que estamos en la base de la pirámide que dicho sistema experimente un cambio, una transformación real que represente beneficios reales para las familias, una sociedad que tenga como objetivo no el simple placer de acumular o de consumir para satisfacer necesidades psicológicas, sino el lograr un entorno cooperativo, social, armónico con la naturaleza, que la satisfacción venga del placer de vivir la vida y no de una vida consumista y vacía. Un mundo en donde los niños vuelvan a jugar en las calles, que tengan campos verdes para correr, ríos transparentes, un mundo donde no sea un acto irreverente recorrer a pie el parque de tu colonia para disfrutar de una noche iluminada por la luna, un mundo en el cual las conversaciones vuelvan a ser persona a persona y no virtuales, donde el éxito no se mida en términos monetarista, un mundo en donde los hijos no olviden el rostro de sus padres por culpa de un trabajo que lo hace viajar por todo el mundo sin su familia y por períodos largos. Un mundo en donde no exista extrema pobreza, en donde no existan familias con la imposibilidad de tener acceso a sistemas de salud debido a la falta de recursos para pagarlos. Todos somos responsables del tipo de sociedad que tenemos en la actualidad y tenemos la capacidad de rediseñarlo.

¿Cómo iniciar un cambio? Anteponiéndose a los intereses financieros que buscan promover el consumismo in-extremis. Disminuir nuestro nivel de consumo nos lleva directamente a la reducción de nuestros niveles de endeudamiento. Un sistema que requiere de la deuda para sobrevivir basta con dejarlo de alimentar para matarlo poco a poco.

Dirán que el bajar la demanda de crédito y los niveles de consumo nos llevarán a una crisis pero, ¿cuántas crisis no hemos pasado?

Aprendamos a vivir sin deudas y no anhelar lo que no podemos adquirir con nuestros propios recursos e iniciemos el cambio, al final de cuentas el capitalismo posee formas menos lastimosas de funcionar.

*Ingeniero en Electrónica por el Instituto Tecnológico de Tuxtla. Project Manager en tecnologías de la información y control industrial. Fundador de la consultoría Kyria Technologies con sede en Monterrey e inversionista independiente.

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