Sociedad Anónima

Para la omnipresencia que tiene alrededor de nosotros y en el mundo, ciertamente se le ha hecho poca justicia histórica al concepto de Sociedad Anónima. Detrás de tan aburrido término legal hay una historia fascinante que cambió y, en buena parte, definió el mundo en el que hoy vivimos.

La terminología puede variar de país en país, mas el concepto de fondo es el mismo: compañías privadas con responsabilidad limitada para sus socios. Tal invención es algo reciente, pues hasta el siglo XIX el mundo de los negocios estaba dominado, por un lado, por organizaciones privadas en las cuales los dueños podían perder todo su patrimonio (incluido el que no estaba invertido dentro de la sociedad) si el negocio llegaba a quebrar y, por el otro, por empresas gubernamentales que gozaban del atributo de la responsabilidad limitada y el escudo patrimonial que tal implica.

La responsabilidad limitada es, simplemente, la posibilidad de que los recursos que se invierten en una empresa sean los únicos que, como inversionista, se ponen en riesgo independientemente de lo que se haga dentro de la organización. Así los acreedores, que son aquellos que deciden prestar dinero a una compañía estructurada con tal característica, lo hacen conscientes de la posibilidad de quiebra de ésta sin que tengan derecho alguno de reclamar recursos de los socios más allá de aquellos de los invertidos en ella. Igualmente los socios tienen la posibilidad de dormir tranquilos a sabiendas que lo único que están poniendo en riesgo es lo mucho o poco que han decidido invertir en tal o cual aventura empresarial. Ni un peso más. Tan pequeño convencionalismo fue lo que cambió el mundo en el que hoy vivimos.

Tal certidumbre fue clave para la expansión de la compra y venta de acciones, y por lo tanto de las bolsas de valores, así como fue una característica determinante para que las organizaciones pudieran expandirse mediante la búsqueda de capital del gran público inversionista, fomentando la tranquilidad de éste al poner un máximo a la pérdida que se pudiese sufrir en tal o cual negocio pero no a las posibles ganancias.

Así, una enorme proporción de los productos y servicios que consumimos son ofrecidos por organizaciones que tienen mucho por ofrecer a sus accionistas con un límite al riesgo por estos asumido, mientras que el abanico de características que tienen tales socios puede ser sumamente variado gracias a las bolsas de valores en las que se distribuyen sus acciones.

El beneficio de tal sistema llega hasta, por ejemplo, los fondos de pensiones, a través de los cuales buena parte de la población es dueña de varias de las empresas más grandes del país a través de la inversión de tales recursos en sus acciones. Si cualquiera de nosotros tuviéramos que preocuparnos porque el patrimonio que se ahorra para el retiro estuviera invertido en las acciones de alguna empresa que, si llegara a quebrar, pudiera afectar el resto de nuestros bienes, sería muy difícil pensar que estaríamos dispuestos a confiarle tales recursos.

Es así como se genera un círculo virtuoso: una organización puede capitalizarse a través de la inversión de los fondos de pensiones para, por ejemplo, dirigir recursos para construir infraestructura que de otra forma no podría concretarse, y por el otro lado tales fondos participan de las ganancias producto de esa nueva riqueza en beneficio de aquellos ahorradores que les han confiado sus recursos, habiendo certidumbre en cuanto a la máxima pérdida que pueden sufrir si algo no sale como se esperaba.

La mayor moraleja que podemos tomar de la historia de la responsabilidad limitada deriva, quizás, de que es difícil pensar que un convencionalismo legal, que puede parecer trivial en el momento en que es creado, haya sido estructurado con el objetivo expreso de cambiar la forma de hacer negocios o de tener un impacto verdaderamente profundo, lo que subraya la importancia de experimentar con diversas estructuras legales y organizacionales de las cuales se tiene la sospecha podrían desembocar en consecuencias interesantes.

Entre abogados de negocios son bien conocidas una variedad de estructuras legales, algo desconocidas, que en realidad nunca fueron utilizadas ampliamente e inevitablemente se les suele mirar como herramientas que han fracasado, sin embargo, su sola disponibilidad es un indicador de que se está experimentando constantemente con nuevas estructuras de entre las cuales, tal vez, salga una sola capaz de cambiar la forma en que vivimos.

 

*Ignacio Montané, CFA, se especializa en capital de inversión y planeación patrimonial

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here