Unido al tema de la obsolescencia planificada se encuentra el asunto de la basura tecnológica mismo que no ha dejado de ser preocupante. La obsolescencia planificada o programada ya se sabe que hace referencia a la determinación consciente por parte del desarrollador de un aparato, producto o servicio de su vida útil, lo que supone que después de un tiempo planeado, es decir, ya calculado por su manufactor èste dejará de funcionar y se convertirá en un artículo obsoleto, inservible, inútil, sólo listo para ser desechado a la basura.

La obsolescencia programada es una cuestión originaria desde el mismo diseño y está enmarcada en los ámbitos de las economías capitalistas neoliberales que sustentan los ideales del consumismo. Finalmente, esta obsolescencia programada es un estilo de la oferta y la demanda que en teoría está diseñada para su estimulación. En el lenguaje vernáculo o para la gente de a pie es lo que se suele considerar como los objetos de consumo que ya son desechables. Anteriormente se solían comprar aparatos de alta tecnología con una idea firme de que estos habían de ser bien cuidados y procurados, y que al menor indicio de falla podían ser llevados al técnico especializado para su reparación. En la actualidad, cualquier objeto producido tecnológicamente es un objeto de desecho que rara vez se nos ocurre llevar a reparar.

Una de las justificaciones de la obsolescencia programada es la carrera indómita tan acelerada que hay dentro de la competición tecnológica, la cantidad de funcionamientos, herramientas y monerías que habilitan en un solo aparato  ya sea en hardware y software que en realidad muchas veces el usuario final ni siquiera está preparado ni alfabetizado para usar, pero simplemente la moda tecnológica hacen que por parte del consumidor esta competencia tenga un destinatario. En este sentido un artículo más avanzado en su diseño tecnológico deja obsoleto a uno menos avanzado y surge la obsolescencia por moda, y a veces ni siquiera se da por un avance verdadero en un aspecto de tecnología sino que a veces sólo se trata en cuestiones de diseño ya sea en un color diferente, el peso, el tamaño, el contorno o el material.

La gravedad de esta obsolescencia programada es el desecho y obviamente la contaminación planetaria que genera, lo cual es un tema de salud a futuro importante. Parece ser que la tecnología, la demanda y el consumo están por encima del ser humano, toda forma de vida y en general el planeta. La obsolescencia programada no es una cuestión amigable del medio ambiente como tampoco de la sociedad.

Ya en el año 2010 en una noticia publicada por la UNAM se podía leer que millones de toneladas de desechos tecnológicos se generaban cada año en todo el mundo sin que las autoridades y sus usuarios supieran de ello. “El futuro ya nos alcanzó en el 2010, sin que estemos preparados para subirnos al tren de la tecnología, y sin saber qué hacer con sus desperdicios, que crecen a un ritmo acelerado”,  en palabras de Lucía Andrade Barrenechea. De acuerdo con los datos brindados por esta experta en informática en el 2010, esta chatarra tecnológica representaba entre 1% y 5% del total de la basura producida en el mundo. Y entre el 50% y 80% de los desechos electrónicos recolectados en Estados Unidos para el reciclaje termina en Asia, mismos desechos que son tóxicos y contaminantes de ríos y campos.

Ante esta preocupación en 2011, tras el documental llamado “Comprar, tirar, comprar”, de Cosima Dannoritzer, mismo que fue divulgado en las redes sociales, el término obsolescencia programada entró con vigor al léxico colectivo y todos comenzamos a entender esto de los productos tecnológicos desechables o de los “fabricados para no durar”. Estos fabricados obsoletos son los responsables de la chatarra electrónica o el e-waste, se trata de cualquier tipo de electrodomésticos, computadoras o partes de computadoras, celulares, televisiones, videojuegos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los desechos electrónicos son aquellos desechos que han sido alimentados por energía eléctrica y que su vida funcional o útil ya ha culminado, también se define a la chatarra electrónica como el producto o aparato que ya es incapaz para cumplir la tarea para la cual fue diseñado (Convención de Basilea).

El gran problema de la e-waste es el enorme problema ambiental y como mencione líneas arriba el problema sanitario debido a los elementos tóxicos como el mercurio, el plomo, el cadmio, el arsénico y el selenio, los cuales se filtran en la tierra, el agua y el aire, que además son desechados deliberadamente en los países en vías de desarrollo lo que implica un tema importante para el desarrollo humano en el tema de la salud y la mortandad.

¿Cuál es la solución? ¿Dejar de ser una sociedad tecnócrata? Me parece que ante esto ya no hay punto de retorno, no sólo porque la cultura tal como la conocemos está habituada a la tecnología, sino porque la civilización actual es tecnocientífica, nuestra economía es tecnológica, la ciencia, la educación, las relaciones sociales, la comunicación, incluso el humanismo en la actualidad ya es tecnológico sin dejar de ser por ello humanismo. No se trata de ponerle las cruces a la tecnología ni de satanizarla, pero si me parece que se puede cambiar tanto la forma de producir como la forma de consumir, podemos seguir siendo tecnólogos en un mundo tecnologizado y tecnologizante, es decir ser tecnócratas y tecnopólitas, pero a la vez ser productores y consumidores a la altura de la tecnología esto es, inteligentes, porque supongo que en la tecnología hay inteligencia.

Ya existen propuestas como la de Andrade Barrenechea, la cual es someter los desechos a las “Tres R” reducir al máximo la producción; reutilizar los productos, darles otro uso o encontrar a quien pueda dárselo y reciclarlos o depositarlos en un punto limpio. Esto no parece tan difícil para el consumidor.

Otra propuesta es la filosofía Cradle to Cradle, la cual propone la transformación de la industria a partir de un diseño ecoamigable e inteligente, mismo que propone Michale Braungart, como parte de las acciones de  reducir, evitar, minimizar, sostener, limitar, detener a partir de la ecoeficiencia, es decir hacer más con menos y está encaminado a limitar la cantidad de emisiones peligrosas que produce la industria en todo su proceso incluido el desecho. Sin embargo, este es un asunto que tomará años para corregir el rumbo y por ello ante la situación actual puede parecer un tanto desalentador, ya que la contaminación tecnológica es una cuestión de urgencia.

En la actualidad existen centros que se dedican no sólo a reciclar la basura tecnológica sino a descomponerla de tal forma que los tóxicos dejen de afectar el medio ambiente, sin embargo pienso que hay remedios anteriores que todos podemos ir realizando desde la casa; el primero es no desechar los productos porque siempre existen formas de contrarrestar la obsolescencia programada y generalmente es a través de software, y en seguida, antes de tirarlo, puede ser buscarle compostura, donarlo, remplazar la pieza que no funciona, reutilizar las piezas que funcionan, llevarlo a las empresas especializadas en reciclar aparatos electrónicos o incluso hoy en día que está de moda lo vintage pueden servir de artículos decorativos, en esto puede haber tantas soluciones como posibilidades a imaginar, lo importante es que este es que nos tomemos la realidad en serio y con ella nuestro medio ambiente.

*Larissa Guerrero es doctora en filosofía por la Universidad Panamericana. Maestra en ética aplicada por el ITESM. Coordinadora de investigación del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad Panamericana Campus Guadalajara.

Twitter: @laruskhi

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