El mundo entero vivió el 2010 de la misma manera en la que los mineros chilenos lo hicieron durante 69 días: en una noche que parecía no tener fin y cuyo mejor pronóstico escapaba del terreno de lo probable. Temerosos de nuevos derrumbes y con la inminencia de un colapso, racionaron recursos y aprendieron a vivir dentro de los límites de su entorno.

Así coexistió el planeta todos estos meses, pero los chilenos fueron los únicos que supieron responder acertadamente a su problema. Este año Chile fue un ejemplo para el mundo; un gobierno preocupado y dispuesto a castigar con mano férrea a los responsables del accidente, demostró que la vida de un grupo de hombres es mucho más importante que el costo de rescatarlos, que ganar una disputa política, que censurar una expresión opositora, que denostar una idea ciudadana.

La humanidad, en cambio, continuó con el camino trazado en años anteriores. Grecia, Irlanda, España y Portugal amenazaron con fracturar irremediablemente la Unión Europea e incrementar aún más el abismo económico causado por la recesión económica mundial.  Estados Unidos, motivado por el grupo más conservador del país, cambió de rumbo hacia la derecha menos tolerante. México entró a un vórtice descendente de violencia que salpicó a su sociedad civil. Corea del Norte insistió en acentuar su relación enfermiza con las armas de destrucción masiva. China siguió creciendo a costa del medio ambiente y del bienestar de sus ciudadanos. Israel atentó contra la comunidad internacional con los disparos dirigidos a un buque de ayuda humanitaria que dejó un saldo de nueve activistas muertos. Marruecos mostró de nuevo la faceta más intransigente y bárbara de los regímenes enquistados en el viejo autoritarismo con el uso de la violencia para desmantelar un campamento saharaui.

En medio del caos político internacional, el planeta no se quedó atrás en el camino de los sucesos inesperados. Un terremoto de 7.3 grados destruyó Haití cobrando 300 mil vidas y haciendo aun más difícil la supervivencia del resto de la población en ese país. Una ola de calor en Rusia ocasionó la  muerte de 14 mil personas y la pérdida del 30% de las cosechas con un costo de 15 mil millones de dólares. El volcán islandés Eyjafjallajokull hizo erupción provocando una nube de ceniza que paralizó por varios días los vuelos en el continente europeo, lo que ocasionó perjuicios diarios para las aerolíneas de 200 millones de dólares e incuantificables para otras industrias. Tampoco ayudaron las fallas humanas, como en el caso del derrame de 4.1 millones de barriles de petróleo vertidos durante tres meses en aguas profundas del Golfo de México.

Entre yerros y desastres naturales, el 2010 terminará como un día más a 700 metros de profundidad, con apenas una vaga esperanza de ser rescatados, como los mineros chilenos. Lo que haremos del año próximo tendremos que empezar a hacerlo sin dilación. Habremos de comprometernos con nuestro entorno natural, saber que cada nación, así como cada individuo, tenemos un papel en el gran esquema de nuestro presente; tener claro que lo hecho hoy tendrá una consecuencia mañana. Y quizá, si hacemos mejor las cosas, dentro de un año podremos decir: “Misión cumplida”. De lo contrario los días en nuestro abismo simplemente seguirán pasando.

info@revistafortuna.com.mx

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