La crisis del gigante petrolero, originada por el derrame en pozos ubicados en aguas profundas estadounidenses, parece interminable y con grandes repercusiones para la industria energética pero también para la administración demócrata que detenta el Poder Ejecutivo en Estados Unidos.

El gobierno de Barack Obama, al cierre de esta edición, había solicitado a la compañía inglesa British Petroleum que agilizara los esfuerzos para contener la enorme derrama de petróleo que contaminaba sin freno las aguas del Golfo de México. Sólo les dio 48 horas para solucionar un problema que se agudizó en los últimos 50 días. Así, en el accidente de la petrolera británica, Obama tiene unas de sus pruebas más grandes a superar mientras sus adversarios políticos lo han criticado por su reacción lenta e inexperta.

El ultimátum de 48 horas no fue suficiente para solucionar el problema y la compañía británica se vio obligada a crear un fondo por 20,000 millones de dólares para cubrir las reclamaciones de los afectados por la contaminación del hidrocarburo. British Petroleum, cuyas acciones se desplomaron en los mercados de valores desde que inició la tragedia ambiental, tuvo que suspender los dividendos de sus accionistas y confiar al despacho Kenneth Feinberg – el mismo que se encargó de las indemnizaciones a los deudos de las personas fallecidas en los ataques terroristas del 11 de septiembre – el pago de los reclamos.

En México, el gobierno de Fidel Herrera ya alista una demanda contra la petrolera británica que, hasta ahora, se había visto beneficiada con importantes contratos en Estados Unidos pero que también se observaba como un contratista potencial para los proyectos en aguas profundas que el gobierno mexicano se preparaba a licitar.

Seguramente, British Petroleum quedará marginada de las licitaciones que serán aprovechadas por contratistas estadounidenses como Halliburton que conocen a la perfección el entramado de contactos en PEMEX. Contratistas asiáticos como los de Singapur, que tienen la tecnología de punta para explotar pozos en aguas profundas, estarían fuera de las ofertas a PEMEX porque dentro de sus esquemas de trabajo están proscritas las comisiones y eso en el mundo del petróleo en México no está bien visto.

El accidente de British Petroleum es una mala noticia porque se reduce la oferta de proveedores y se cierne la amenaza de prácticas de corrupción si se decide, a pesar de la tragedia ambiental que hoy se vive en el Golfo de México, ir por el “tesoro” petrolero que yace enterrado en las aguas profundas de los mares mexicanos. Por ello, lo sucedió con British Petroleum también es una grave amenaza para México sin hablar de las graves consecuencias ecológicas para el país.

Pero esta no es la primera vez que México vive algo de esta magnitud. En 1979 el derrame del pozo petrolero Ixtoc I en la Sonda de Campeche se convirtió en el mayor accidente no intencional en la historia de la paraestatal. Las costas de Campeche aún padecen las consecuencias con una deteriorada producción pesquera. México, igual que Estados Unidos, apostó mucho a la voracidad petrolera. A México le costó casi un año controlar el derrame que comenzó con una explosión de gran magnitud. A Barack Obama podría costarle un segundo periodo en la Casa Blanca.