Hasta ahora, sólo el ITESM ha desarrollado una investigación nacional para lograr la autonomía sanitaria frente a la amenaza de la influenza. El gobierno mexicano, mientras tanto, permanece ausente de la revolución que desde hace cinco años se inició con la presencia de nuevos virus asociados a enfermedades respiratorias

En octubre de 2005, ministros de 25 países de la Unión Europea llamaron al gabinete de crisis para analizar la situación de emergencia sanitaria que podría presentarse a raíz del contagio masivo que se preveía en ese momento por la gripe aviar. En específico, el 12 de octubre de 2005, la Organización de las Naciones Unidades lanzó una alerta de la insuficiente capacidad de las farmacéuticas ante la gripo aviar y su contagio representado como una pandemia. Desde entonces, la influenza y sus amenazas se han convertido en una prioridad para muchos países del mundo. En México, epicentro del más agresivo brote de esta enfermedad, aún no se toman las políticas de salud pública y de Estado con énfasis en la educación que blinden a la sociedad y a la economía contra la pandemia.

Fue desde 2005 cuando la alarma por la posible irrupción de una epidemia de gripe aviar en humanos obligó a casi todos los países de esa región y a organismos internacionales a revisar sus planes de prevención y de inversión de tecnología aplicada a la salud.

Antes, en agosto de 2005, el Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos comenzó a probar en humanos una vacuna contra el H5N1. Se sabía, sin embargo, que no se encontraría el antídoto definitivo, pero la intención era ir ganando experiencia para no verse sorprendidos ante el embate del virus.

Fue entonces cuando en México, el titular de la Secretaría de Salud, Julio Frenk, ordenó la compra de más de 1 millón de dosis del medicamento que, hasta ese momento, aparecía como el único fármaco para contrarrestar el mal: el Tamiflú.

Frenk también observó, pero sin éxito, la necesidad de que México se sumara a la carrera para desarrollar una vacuna contra la cepa de un virus que mutaba y se convertía en una de las más grandes amenazas a la salud pública y a la economía.

La sombra y los efectos que dejó a su paso en Asia el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS) seguían presentes y la crisis de confianza y distanciamiento social se temía a cada momento.

Así llegó el primer semestre de 2009 y con él la aparición del virus A H1N1, la mutación de la cepa del virus de la influenza vinculado con enfermedades porcinas. México, lamentablemente, fue señalado como el epicentro de la enfermedad, asegurando que en el territorio nacional se había presentado el paciente cero y los vectores de contagio.

¿Estaba México preparado para ser el protagonista inicial de una epidemia? ¿Cómo contribuyó o impidió el desarrollo tecnológico, científico y médico del país a que se incurriera en una crisis que al menos costó 1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB)?

La prensa internacional y expertos en salud consideraron que si el sector salud de la administración pública, como si lo han hecho algunos centros de investigación, hubiera contado con la suficiente experiencia en el diagnóstico oportuno del virus, la crisis epidemiológica se hubiera manejado de una mejor forma y, sobre todo, se hubieran salvado muchas vidas.

Hasta ahora parece un hecho que en abril de 2009 habría fallado también el sistema de información del sector salud, lo cual se hizo claramente evidente cuando los datos del contagio resultaban contradictorios.

En abril pasado, México era el único país en el que se habían detectado muertes, más de 150, relacionadas con lo que hasta este momento se conocía como gripe porcina. Las carencias sanitarias y alimenticias o el retraso en el diagnóstico del brote fomentaron que los ciudadanos se encontraran más desprotegidos frente al virus A H1N1.

Si bien anualmente en Estados Unidos se presentan más de 36 mil muertes por padecimientos relacionados con la influenza estacional, fue hasta mayo de 2009, un mes después de la crisis, cuando se confirmó la segunda muerte a causa del virus A H1N1.

En un principio, las autoridades mexicanas hablaron de gripe estacional, la propia de aquella época del año, pero se equivocaron, lo que provocó un importante retraso en el diagnóstico. La detección de gripe porcina en un paciente de Canadá, que acababa de volver de México, y la confirmación por parte de los CDC de Atlanta, abrieron los ojos al gobierno.

El Centro de Investigación en Sanidad Animal de Barcelona dijo entonces que el tiempo que se tardó en identificar el tipo de gripe pudo ser determinante en los fallecimientos. “El virus no es necesariamente muy violento ya que, una vez se ha comenzado a tratar adecuadamente, el número de muertes ha ido disminuyendo”, apuntó esa entidad.

Las carencias sanitarias en varias zonas de México también estuvieron relacionadas con la mayor gravedad de la influenza A H1N1. Por eso, las personas más desfavorecidas, sin seguro y sin posibilidad de pagar la atención médica, estuvieron claramente expuestas. No fue ésta, por lo tanto, la primera vez que se cuestionó al sistema sanitario de México.

María Neira, representante de la Organización Mundial de la Salud (OMS), consideró que había muchas preguntas en cuanto a la epidemiología de la enfermedad ante las cuales México no estaba listo para responder. En ese momento, como había ocurrido en otros casos –con otros virus–, la mutación era una pregunta a la que los distintos laboratorios que contribuyen con la OMS podrían aportar contribuciones para que, con ellas, el organismo multilateral pudiera elaborar posteriormente una respuesta adecuada a cómo esta mutación tuvo lugar. ¿Qué tanto y en qué nivel contribuyó México y su cuestionado sistema de salud pública?

Los datos epidemiológicos que enviaba México en medio de la crisis eran incompletos. Eso hizo que se complicara a cada momento conocer realmente cuántas personas infectadas ha habido en México para calcular una tasa de mortalidad acertada.

En las primeras semanas de la crisis, en conclusión, no se conoció cuál era la virulencia y la transmisión. Por eso se esperó, hasta el último momento, la respuesta de la OMS en este periodo de alerta, debido a que no se podían hacer predicciones en ese momento con respecto de la evolución de la gripe en México.

Todos los virus de la gripe actúan de forma similar. Después de entrar en el organismo por las vías respiratorias, se quedan en las células epiteliales de la garganta, donde inician su replicación. Es por esto por lo que, en los primeros momentos del contagio, se nota dolor de garganta.

Después, la infección avanza por el tracto respiratorio hasta los bronquios, donde produce la sintomatología respiratoria habitual de la gripe.

En ocasiones, aunque no es lo más habitual, esta infección puede afectar a los pulmones y provocar una neumonía. Y, si el trastorno empeora, y se altera la permeabilidad de los alvéolos, es posible que se produzca un edema pulmonar de causa no cardiaca, un problema grave.

En su superficie, los virus de la gripe A y B tienen dos proteínas conocidas como hematoglutinina (H) y neuraminidasa (N). De la primera de ellas hay 15 subtipos, mientras que de la segunda se han establecido nueve subcategorías. De ahí que la denominación de las diferentes cepas detectadas sea H1N1, H2N3, H5N1, etcétera.

La primera de ellas se encarga de la fijación del virus a las células humanas y es la relacionada de la virulencia del virus. Por su parte, la segunda es la responsable de la multiplicación y propagación del virus por otras células del organismo.

Es respecto de esta última sobre la que actúan los antivirales utilizados hoy en día y que se han mostrado eficaces contra la gripe porcina en humanos: oseltamivir y zanamivir. Lo que hacen es inhibir la neuraminidasa, por lo que limitan la replicación del virus y su propagación. Estos fármacos pueden emplearse tanto en la prevención como en el tratamiento de la gripe.

En México, sin embargo, la debilidad del sistema de diagnóstico es tal que una gran parte de la población está acostumbrada a autodiagnosticarse, lo que también habría contribuido a agudizar la crisis y llenar la capacidad hospitalaria de pacientes entubados que esperaron demasiado.

El hubiera que costó vidas

¿Qué habría sucedió en abril del año pasado si en México la reacción y luego el control de daños ante el contagio de influenza hubieran comenzado con un diagnóstico oportuno del padecimiento causado por un nuevo virus?

En el sector salud aseguraron que la capacidad de reacción se puso a prueba. La técnica para diagnosticar el virus, que en una fase sin contingencia hubiera tomado de cuatro a seis meses, fue elaborada en seis días, aseguró en su momento la Secretaría de Salud.

Primero, la realización de un desglose genómico del virus, después la elaboración de primers (descubrir los nuevos componentes para reproducirlo en grandes cantidades) y, por último, tomar la muestra de la persona infectada y compararla.

Fue hasta entonces que los recursos comenzaron a surgir, reconoció la dependencia, lo que confirmó que la prevención que debió presentarse desde 2005 nunca se dio. Se tenía un equipo para realizar esta técnica, pero inmediatamente la administración federal autorizó comprar 10 máquinas de PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa).

¿Era necesario esperar una crisis epidemiológica para reconocer la necesidad de realizar este tipo de inversiones?

Para diagnosticar una infección por influenza porcina tipo A (como se le conocía en ese momento), por lo general se debe recoger una muestra de secreción del aparato respiratorio entre los primeros cuatro a cinco días de aparecida la enfermedad (cuando una persona infectada tiene más probabilidad de diseminar el virus). Sin embargo, algunas personas, especialmente los niños, pueden propagar el virus durante 10 días o más.

Para la identificación del virus de la influenza porcina tipo A es necesario enviar la muestra para que se realicen pruebas de laboratorios. Por tratarse de un nuevo tipo de virus, sin embargo, era necesaria la aplicación de tecnología como el PCR.

Vacunas, otro problema de dependencia

Cuando estalló la crisis, el laboratorio Roche era el gran ganador del miedo que dominaba al mundo. Su producto Tamiflú, elaborado con el componente activo fosfato de oseltamivyr, se convirtió en la gran esperanza del mundo. La Gilead Sciences Inc obtuvo la patente de este producto y la prensa estadunidense ha dicho que el exsecretario de la Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, es uno de los grandes accionistas.

Sin embargo, una vacuna no se había desarrollado hasta entonces. Por ello, la Secretaría de Salud aseguró que el gobierno mexicano dirigió 600 millones de pesos para la creación de una reserva estratégica de antivirales, antibióticos y material de protección. Este presupuesto, de acuerdo con lo determinado durante el gobierno foxista, también serviría para fortalecer la operación de la empresa Laboratorios Biológicos de México (Birmex), una entidad del sector salud que aparecía como la gran promesa del gobierno federal mexicano para enfrentar una crisis que amenazara a su población porque en 2005 la sola amenaza de un embate al estilo del SARS puso a temblar al mundo ante la sola idea de que las reservas del Tamiflú no fueran suficientes y, sobre todo, frente a la imposibilidad de contar con una vacuna.

El costo de la crisis ¿Quién lo pagará?

A diferencia de las pandemias de influenza que azotaron al mundo entre 1918 y 1919 (la Gripe Española), el mundo tendría que haber estado mejor preparado. En aquella época fallecieron a causa del virus al menos 50 millones de personas. Parecería un hecho que los sistemas de salud deberían estar mejor preparados para enfrentar este tipo de emergencias.

La crisis pandémica del SARS le costó al mundo al menos 40 mil millones de dólares. En 2006, un estudio elaborado también por The Brokings Institution estimaba que una pandemia incrementaría el costo de la operación de los negocios, generaría una sustancial caída en las fuentes de empleo y cambiaría profundamente los hábitos de consumo, privilegiando el distanciamiento social. Un escenario de efectos intermedios estima que una crisis pandémica cobraría al menos 1.4 millones de vidas, reduciría el PIB mundial en al menos un punto porcentual, lo que representaría 330 mil millones de dólares, a precios constantes de 2006. El efecto se presentaría durante los siguientes cinco años posteriores a la tragedia sanitaria.

The Broking Institution hablaba de 142 millones de decesos y un golpe a las economías en desarrollo de al menos el 50 por ciento. Bajo este supuesto, el golpe económico sería de 4.4 trillones de dólares, el 12.6 por ciento del PIB en esos cinco años posteriores. En los países en desarrollo como México, la prioridad será invertir en la reducción de la pobreza y en los sistemas de salud para manejar la pandemia en el largo plazo, decía el think thank estadunidense.

El mundo tendrá que vivir, por ahora, con la influenza que llegó de México y que, por ahora, amenaza a todo el mundo.

Por ello, la noticia de que el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) constituye una gran avance en medio de la nueva crisis que podría presentarse y frente a la decisión de las autoridades de no volver a declarar un periodo especial en donde el aislamiento social podría causar graves problemas a la economía.

Así, para los primeros meses de 2010, científicos del ITESM, en Monterrey, confían en liberar una vacuna contra la influenza A H1N1 que podría elaborarse masivamente.

El desarrollo de esta vacuna forma parte de los esfuerzos en investigación de la Escuela de Biotecnología y Salud y de la División de Biotecnología y Alimentos del Campus Monterrey, así como del Centro de Biotecnología Femsa.

En este proyecto se invirtieron más de 15 millones de pesos, recursos que comenzaron a destinarse en mayo pasado cuando se inició la alerta epidemiológica. La prioridad en el ITESM, por lo tanto, fue acelerar el desarrollo de la vacuna, pero sobre todo, su producción masiva en términos económicos y accesibles. Antes el ITESM validará esta vacuna a nivel mundial con un estudio que incluirá entre 1 mil 500 y 3 mil pacientes. La apuesta es ofrecerle al país una total independencia para proteger a la población en caso de necesitarlo. ¿En qué momento –cabe preguntarse– el gobierno federal adoptará una decisión de este tipo?

Hasta ahora, al parecer, ello no está sucediendo. En el Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen) se han destinado recursos a la edificación de una sede para albergar a esta entidad sin que hasta el momento se tengan claros los resultados de sus investigaciones ni mucho menos la veracidad de lo que se ha llamado el mapa del genoma de los mexicanos.

Pero en medio de la crisis provocada por la influenza, el Inmegen representó una de las salidas políticas para asegurar que el gobierno federal sí estaba invirtiendo en desarrollo científico e innovación y que el 0.5 por ciento del PIB que se destina a este sector se encuentra bien invertido.