Los signos de los tiempos actuales y por venir son ominosos para 50.6 millones de mexicanos pobres y miserables, así como para otros 25 o 30 millones de las variopintas “clases medias”, a quienes se les hundió el piso o se les desplomará en los meses subsecuentes. Primero, porque el reciente ajuste ortodoxo en el gasto del Estado y los que podrían aplicarse antes de que termine el año, junto con el anunciado recorte en los subsidios y la amenaza del alza en los precios de los bienes y servicios públicos, con sus efectos inflacionarios, y los impuestos al consumo, deteriorarán aún más la capacidad de compra de las mayorías y agravarán el desempleo y los problemas de solvencia de los deudores.

Si la “política” antirrecesiva calderonista resultó un verdadero fracaso, tales medidas agudizarán la crisis y retrasarán la anhelada reactivación productiva. Ahora sólo queda prender veladoras para que se recupere la economía estadunidense y arrastre al fardo de la mexicana, ya que los calderonistas seguirán sin hacer nada serio para contrarrestar la recesión y sus costos. Después, porque las metas económicas aventuradas por los Chicago Boys de Hacienda y el banco central dejan en claro que no modificarán la estrategia neoliberal en lo que resta del desastre calderonista, por lo que el valor de la producción existente al inicio de la crisis y los empleos perdidos durante ella se recuperarán hasta 2012. Sólo nos recetarán nuevas medidas políticamente autoritarias. Finalmente, porque los priistas no harán nada por alterar las cosas que puedan revitalizar al agónico panismo y perturbar las alianzas que restablece con la oligarquía que aseguren su retorno a la Presidencia en 2012. Se presentan como la garantía de la continuidad neoliberal, de la contrarrevolución de los ricos contra los pobres.

A pesar de los desastres, los calderonistas se obstinan en mantener intocado su realismo tragicómicamente irreal. Locuaz como siempre, Calderón se afana por encontrar signos de recuperación hasta debajo de las piedras. Más cauto, Barack Obama dice que podrían pasar varios meses más para que su país salga de la recesión, aun cuando la economía cayó 1 por ciento en el segundo trimestre del año, luego de la caída de 6.4 por ciento en el anterior. Con juicio reconoce que su política anticrisis, el billonario gasto público y la flexibilidad monetaria todavía no logran revertir la recesión que ya se extiende por 19 meses consecutivos. Con su singular brutalidad, Carstens nos dice que el despeñadero de nuestra economía pudo ser más dramático de no haberse aplicado oportunamente los “exitosos” remedios “anticrisis” calderonistas. Las mayorías deben de estar brincando como enanos, de pura felicidad, porque gracias a presteza y eficacia de nuestros obcecados y rancios monetaristas de Hacienda y el Banco de México y la turba clerigalla de Los Pinos también llevamos la misma cantidad de meses desplomándonos, hundiéndonos en una recesión inflacionaria con alto desempleo y aún no llegamos al fondo del abismo donde estrellaremos la osamenta.

Gracias a sus desacreditadas y fracasadas terapias fondomonetaristas vamos entre las peores recesiones, la de 1995, cuando la economía se desplomó en 6.2 por ciento, y la de 1932, cuando lo hizo en 14.8 por ciento. Gracias a ellos, el país registrará en 2009 uno de los peores desempeños del mundo, comparable al de Estonia, Letonia, Lituania, Hungría y otras naciones cuyos neoliberales, como los nuestros, se aferraron apocalípticamente al cadáver del neoliberalismo como si fueran los ardientes clavos de Cristo. La caída del segundo trimestre, entre 10 y 12 por ciento nos regresa a la época de la gran recesión de la década de 1930. Gracias a su hábil manejo de las crisis, Carstens y Guillermo Ortiz, que pronostican un derrumbe del orden de 6.5 por ciento a 7.5 por ciento para este año, la economía apenas registrará una recatada desviación de seis u ocho veces respecto de sus objetivos originales, cuando con Felipe Calderón aún desbordaban optimismo ante la “fortaleza” del país. Y aún se quedan cortos, porque el desfondamiento podría superar el 8 por ciento, con su avasalladora estela de desempleo, pauperización, delincuencia, rencor social.

¿Qué sería del país si no se hubiera realizado tan portentoso milagro?

Sin embargo, en pleno naufragio económico y una vez concluida la fiesta del “verso y el engaño” de la “democracia” electoral, que resultó una verdadera hecatombe para el guía de la muchedumbre cristera, los neoliberales dejan en claro que no sólo no cambiarán el rumbo, sino que ya empezaron sus nuevos hachazos en contra de la población. Los votantes les cobraron las afrentas. Con su rebelión, los redujeron a una minoría en la Cámara de Diputados. Les obligarán a postrarse ante los mercenarios legisladores priistas. Acabaron con su artificial legitimidad que era tan pírrica como la actual priista. Y allanaron el camino para eyectarlos de la Presidencia en 2012. Calderón instrumenta el símil de lo que el politólogo Guillermo O’Donnell llamó “la venganza social de la oligarquía contra la Argentina plebeya”.

El neoliberalismo calderonista ha sido social y salvajemente excluyente, como De la Madrid, Salinas, Zedillo y el santurrón Fox. Entre 2006 y 2008, antes de iniciarse la hecatombe económica, el santiguado Calderón aumentó en 6 millones más a las personas arrojadas al infierno de la “pobreza de patrimonio” –como ahora se clasifica “científicamente” a los pobres y miserables damnificados por el capitalismo neoliberal–, de 44.7 millones a 50.6 millones. Si en 2006 había 14.4 millones de miserables en “pobreza alimentaria”, en 2008 los que nunca fueron invitados al banquete clerical-neoliberal calderonista pasaron a 19.5 millones. Los pobres 50 millones que fueron aceptados al banquete fueron en calidad de despojos. Para que la mitad de ellos, a cambio de 1 mil 900 pesos mensuales y sin prestaciones sociales, fueran triturados por la maquinaria económica y rindieran pingües ganancias que acrecentaron la acumulación de capital. La crisis, empero, obligó a los propios empresarios y los calderonistas a dar un manotazo más fuerte para redistribuir el menguado ingreso nacional desde los explotados a los explotadores, en aras de compensar la desfalleciente rentabilidad. Sin duda, la pauperización se amplió en 2009 y se robustecerá en 2010. Por el designio de los dioses, varios millones de pobres se convirtieron y se transformarán en miserables. Y una parte nada despreciable de sus sirvientes clasemedieros que fueron y serán arrojados por la borda para aligerar el barco de las utilidades, se sumaron y se agregarán al submundo de la pobreza.

Calderón y sus Chicago Boys se quitaron la máscara. Las mayorías serán sometidas a la renovada mano dura de la ortodoxia monetarista estabilizadora y del “mercado libre” y, si se inconforman a la garra de la manu militari. Pese a las experiencias, el ortodoxo recorte del gasto público en 85 mil millones de pesos tendrá efectos depresivos sobre la economía y atentará contra el empleo, los salarios y el bienestar social. La reducción en la obra pública y los subsidios, que no afectará la vida de jeques que se dan los calderonistas y los partidos ni tocará directamente a los empresarios, inhibirá el consumo y la inversión productiva; aumentará el desempleo y retrasará la reactivación y su ritmo. Si se aumentan los precios de los bienes y servicios públicos y los impuestos a alimentos y medicinas, abatirá el poder de compra de los que tienen ingresos fijos.

Sin el pudor de Obama, los calderonistas vuelven a pregonar a los cuatro vientos que la reactivación ya está a la vista. ¿En qué apoyan su “buena nueva”? Fundamentalmente en la supuesta gradual recuperación estadunidense en el segundo semestre de 2009, que le “sugiere” al banco central “que la economía mexicana podría empezar a registrar un cambio de tendencia a partir del tercer trimestre”, aunque luego se “cura en salud” y reconoce que “en caso de que la recesión global se prolongue, o de que las condiciones financieras en los mercados internacionales vuelvan a mostrar un deterioro significativo, el crecimiento esperado para la economía mexicana podría revisarse a la baja”, que “aún existe incertidumbre en cuanto a las consecuencias que podría tener la situación que actualmente atraviesan las principales empresas automotrices de Estados Unidos sobre los niveles de actividad de la industria automotriz mexicana” (sic), y que “una posible consecuencia de la crisis financiera que se vivió durante el ciclo actual es que el crecimiento potencial de Estados Unidos podría verse afectado, lo cual a su vez pudiese llegar a incidir en el potencial de crecimiento de México”. Es decir, nada depende de las políticas anticíclicas de Calderón, Carstens y Ortiz ni del mercado interno, el esfuerzo de los patrióticos empresarios, sino de los esfuerzos de la Casa Blanca, la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro. Aceptan su condición de cipayos. Implícitamente aceptan que las expectativas son confusas, inciertas, porque el comportamiento de las variables económicas estadunidenses aún no define una tendencia hacia la mejoría.

Plenamente ilegitimados, propondrán un paquete económico ortodoxo para 2010, centrado en la “disciplina” fiscal” y el control de la inflación. Se sugiere que el crecimiento para 2010 podría ser de 2.5 por ciento a 3.5 por ciento, tasas incapaces para volver optimista a alguien. Son reptantes. Equivalentes a un tercio de la requerida para generar los empleos que se necesitan. Aunque se lograra esa mediocre meta, la recuperación del valor del producto se alcanzará hacia mediados de 2012. El Banco de México estima que ese ritmo sólo crearía 200 o 300 mil nuevos empleos formales, contra los 635 o 735 mil que se perderían en 2009, es decir, cerca de 1 millón si se suman los esfumados en el último trimestre de 2008. Ellos se recuperarían también hasta 2012. ¿Qué sucederá con las 900 mil o 1 millón de personas que se incorporan anualmente por primera vez al mercado laboral? Nada se dice.

Si alguien se queja, allí estará la impunidad militar, la contrarreforma penal, el Estado policial, que avalan la criminalización de la protesta social, las detenciones arbitrarias, el allanamiento domiciliario, el espionaje, el atropello anticonstitucional de las constitucionalmente libertades ciudadanas. Ante la crisis y sus costos sociales, la caída de las remesas de los trabajadores migratorios que atenúan las carencias de sus familiares, la precariedad de las finanzas públicas que justificaron el recorte del gasto, los 3 mil millones de pesos que se desembolsarán con la creación de la cédula de identidad resulta digna de orates, con justa razón. Pero no en el escenario de un Estado policiaco y donde la política económica y el modelo neoliberal que sólo genera pobres, disconformes sociales y delincuentes, como única y paradójica forma de supervivencia.

Los calderonistas saben que sus políticas equivalen a ponerles los clavos a su propio ataúd. Pero la seguridad del sistema lo requiere. La elite dominante lo exige, la facha pequeña burguesía lo aplaude y los priistas los respaldan, al cabo serán sus beneficiarios.

Carlos Salinas de Gortari, de la extrema derecha priista y el fámulo de los capitales extranjeros, los organismos multilaterales y los depredadores empresarios autóctonos, impuso, con despóticos garrotazos, la fantasía de la “modernidad” neoliberal que quedó sepultada y desacreditada entre los escombros del peor colapso en 77 años, y preparó el terreno para que Zedillo entregara la administración del país a los resabios cristeros, de la reacción clerical decimonónica. Calderón ya apesta para la oligarquía y hasta para el clero católico que tanto recibió de él. Para salvar al engendro neoliberal y al Estado confesional, ya entregaron su cabeza a los priistas.

El binomio autoritarismo neoliberalismo, que se necesita para subsistir, se volvió genéricamente intercambiable para el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional, que desde Salinas se fundieron ideológica y políticamente en el PRIAN, con un solo amo: las elites dominantes. A ellas les da lo mismo quien vele por sus intereses.

La composición del Congreso será adversa para los panistas en lo que resta del sexenio. En la defensa de los intereses de las elites dominantes, de la contrarrevolución conservadora, los priistas los respaldarán. Es parte de los oscuros juegos palaciegos que asegurarían su retorno a la Presidencia. Pero en la plaza pública se desmarcarán de ellos. No se harán copartícipes del desastre; no cargarán al muerto; no harán nada que pudiera resucitar el cadáver cristero; seguirán cumpliendo el papel de “árbitro” perdonavidas, empleando la política del chantaje que tanto éxito les ha dado.

Los priistas no impulsarán las reformas democratizadoras que requiere el país. No atentarán contra el neoliberalismo socialmente excluyente, pese a que saben que ya llegó a sus límites. Les puede resultar contraproducente para las alianzas que ya tejieron con la oligarquía mexicana, en contra de las mayorías. Usarán el Estado policiaco impulsado por Calderón.

Desdichadamente, el modelo no tiene “motores” para que algún día la economía recupere su tendencia histórica de crecimiento y una eventual mejoría en el bienestar social.