Que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte.

Eduardo Galeano

El trastorno disléxico que padece Felipe Calderón y su equipo los lleva a observar “brotes verdes” entre la avalancha de pésimas noticias que cotidianamente arrasan al país. Por desgracia, nunca precisan dónde (¿en qué actividad productiva?, ¿en México, en Estados Unidos, en la eurozona?, ¿en algún misterioso rincón del planeta que sólo ellos conocen?). Cuáles son esos supuestos retoños que atisban en el árido panorama económico local o mundial; aunque sólo sea para levantarle el ánimo a algún incauto que a estas alturas del sexenio todavía pueda creer en sus alucinaciones.

Ni las elites que lo encumbraron y que se han beneficiado de su “socialismo para los ricos y su capitalismo para los pobres” –para usar la expresión del escritor estadunidense Gore Vidal–, ni sus analistas, siempre ávidos de encontrar algún signo alentador en el aire, comparten su inútil y mercadotécnico optimismo. Al contrario, ellos vaticinan, con mejor sentido de la realidad, que en marzo-junio de 2009 se registró un estrepitoso derrumbe económico de 8.2 por ciento, el cual podría superar las dramáticas caídas observadas en el segundo, tercero y cuarto trimestres de 1995, que fueron de 9.2 por ciento, 8 por ciento y 7.1 por ciento, respectivamente, los peores desplomes desde 1932. Para el tercero y cuarto estiman una caída de 5.2 por ciento y 2 por ciento, que simple y llanamente representan la permanencia de la recesión, la cual se extenderá, al menos, hasta los primeros tres meses de 2010, con sus efectos nocivos sobre el empleo formal. En promedio anual, ellos proyectan una contracción de 6.3 por ciento para 2009. En 1995 fue de 6.2 por ciento. Sin embargo, probablemente sea similar a la calculada por los analistas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico: 8 por ciento. En cualquier caso, ambos datos están lejos de la contracción del orden de 2 por ciento estimada por el gobierno. El colapso de 14.8 por ciento de 1932 se asoma en el horizonte.

Como pronosticadores, los calderonistas han sido patéticos; como planeadores, una verdadera calamidad; como administradores, una auténtica y turbia nulidad protectora. Para el 2 de julio, 27 días después, en medio de un suspicaz silencio (¿proceso de blanqueo?), nadie sabe quién medra inescrupulosamente con los 1 mil 500 contratos de las guarderías subrogadas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), plagados de anomalías. ¿Secretos de Estado… mafioso, o Daniel Karam no tiene tiempo para esas minucias? Ni se han fincado responsabilidades penales a los autores intelectuales de la muerte de los 48 infantes de Sonora, sacrificados por un crimen de Estado, de los gobiernos que abjuraron dolosamente de sus responsabilidades constitucionales y los convirtieron en un botín de familiares, amigos o súbditos. ¿Se requerirá un asalto de la Procuraduría General de la República y los militares en los Pinos, en el IMSS, la Secretaría de Comunicaciones o el edificio de gobierno de Sonora para detenerlos? Eduardo Medina Mora prácticamente ya exoneró a la familia real y su séquito. Antes de iniciarse el proceso judicial ya afirmó que su infame muerte es un “delito no gravoso”. Sólo bastará desembolsar unas cuantas monedas, situación que, seguramente, no será compartida por los empleados menores, las víctimas propiciatorias. ¿Acaso sus padres esperan que la Suprema Corte aplique la ley, si es que asume el caso? ¿Ya se olvidaron de sus resoluciones para Aguas Blancas, de Oaxaca o Lydia Cacho? Los Pilatos se lavaron las manos. La justicia en México es muda, sorda, ciega, retrógrada; excepto cuando se trata del proteger a quienes controlan el poder político y económico.

Los “brotes” no aparecen con la fe ni con la invocación de la suerte. La fe necesita que alguien le ayude para que los incrédulos se crean los prodigios. En el milagro de la multiplicación y el reparto de los panes y los peces, Jesús requirió el sigiloso apoyo de sus apóstoles, un panadero, un pescador o un mercader. Como diría el uruguayo Eduardo Galeano: “La buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte”.

Para contrarrestar el desplome que aún persiste, reducir la duración de la recesión, atemperar sus costos y preparar el terreno para que realmente aparezcan los primeros “tallos verdes” de la reactivación, se requieren al menos tres condiciones básicas, que no se cumplen actualmente en México:

1) La sustitución de la artrítica mano invisible del “mercado libre” por la mano visible del Estado. La sustitución de la prioridad de la política económica centrada en la estabilidad de precios por una programa anticrisis de emergencia que privilegie la reactivación, el crecimiento y el empleo.

Esto implica que el banco central abandone el objetivo de control de la inflación (su meta anual es de 2, 3 y 4 por ciento, y el uso del tipo de cambio como “ancla” desinflacionaria –su atraso o sobrevaluación–), y que Hacienda se quite la camisa de fuerza que representa el balance fiscal cero a ultranza. La política monetaria y fiscal tienen que ser agresivas, si realmente se desea acelerar la superación de la grave recesión que sufre la nación, lo que obligaría a los gobernantes neoliberales a tirar al bote de basura sus inútiles recetas monetaristas. Tiene que volver a estimularse la demanda interna, el consumo y la inversión física.

La inflación tiene que pasar a un segundo plano para imponer medidas monetarias activas que vuelvan a estimular la demanda de crédito para el consumo e inversión productiva. Es cierto que el banco central ha reducido sensiblemente su tasa de interés de 8.25 por ciento en diciembre pasado a 4.75 por ciento en junio. Si se descuenta la inflación anualizada, dicha tasa es de cero por ciento desde abril y ligeramente negativa desde mayo. Pero esa medida –además de que fue tardía, ya que debió aplicarse desde hace al menos un año– no ha tenido hasta el momento los efectos esperados.

El crédito vigente real total al sector privado no financiero empezó a desacelerarse sistemáticamente desde agosto de 2007, cuando creció a una tasa real anual de 27 por ciento. En marzo de 2009 se paralizó (sólo creció 0.6 por ciento) y en mayo cayó 3 por ciento. De diciembre de 2008 a mayo de 2009 se ha contraído 3.6 por ciento. En mayo de 2009 la tasa anual de los préstamos al consumo se desplomó 29 por ciento y 12 por ciento en lo que va del año. Los de las tarjetas de crédito, en 44 por ciento y 19 por ciento, y para bienes de consumo duradero, en 16 y 8 por ciento. El crédito a los servicios crecía 24 por ciento en agosto de 2007 y en mayo de 2009, apenas, 2 por ciento; en lo que va del año ha caído 4 por ciento. El recibido por las manufacturas se había reanimado entre octubre de 2008 y febrero de 2009, pero desde marzo empezó a reducirse otra vez. La minería y la construcción también reciben menos apoyos bancarios. El sector agropecuario, los pequeños y medianos productores no existen para los grupos financieros.

Los pobres resultados obtenidos por la política monetaria tienen sus principales responsables: los banqueros. Es indudable que ellos tienen que ser más cautelosos en los créditos otorgados, debido al aumento de las carteras vencidas y los problemas de pagos de los deudores. Sin embargo, los réditos que cobran son mezquinos. Gracias a ellos obtienen generosas ganancias. No siguen la tendencia descendente inducida por el banco central. El costo promedio de la captación (Cpp), la tasa de interés interbancaria de equilibrio (Tiie) o la de fondeo de los bancos oscilan entre 4 y 5 por ciento. Pero las que imponen a las tarjetas de crédito son de 41.8 por ciento; en promedio, a los préstamos hipotecarios de 14.8 por ciento, y las de las empresas, las más bajas, son de al menos 200 por ciento o 300 por ciento que el Cpp, la Tiie o la de fondeo, sin considerar otros costos adicionales. Los banqueros no sólo son los responsables de la parálisis del financiamiento, además de que, al cobrar esas tasas, aceleran la insolvencia de los deudores, sin descartar, desde luego, la corresponsabilidad de estos últimos. También son los calderonistas y los congresistas priistas y panistas que no han puesto límites a los banqueros ni los han obligado a reducir los réditos. Los ahorradores son los que cargan con los costos: los intereses recibidos son menores a la inflación, lo que equivale a la pérdida real de sus recursos.

En sus condiciones actuales, el sistema bancario representa un obstáculo para la reactivación y el desarrollo. Por tanto, es urgente regular otra vez sus operaciones activas y pasivas, obligarlos a reducir sustancialmente sus márgenes financieros y los réditos cobrados. No debe descartarse, asimismo, la nacionalización de algunos de ellos para controlar el mercado, además de recuperar la banca de desarrollo.

También debe forzarse al banco central a cambiar su estrategia desinflacionaria, basada en el atraso y la sobrevaluación cambiaria, que afecta a los productores nacionales, ya que se abarata artificialmente el precio de las importaciones. La devaluación nominal de la moneda observada entre octubre de 2008 y marzo de 2009 (46 por ciento, al pasar la paridad media de 10.1 a 14.7 pesos por dólar) se perdió parcialmente hasta junio (9.5 por ciento al bajar el precio del dólar a 13.3 pesos). La devaluación en nada benefició las exportaciones, pero sí dejó las secuelas inflacionarias, reforzadas por las ganancias especulativas de los empresarios por medio del mecanismo de los precios. Ahora, otra vez, el Banco de México permite la revaluación del peso. Países como Chile y Argentina han experimentado con una estrategia distinta, más exitosa: una política de tipo de cambio real alto para evitar su sobrevaluación, en aras de atemperar el ingreso de las importaciones y favorecer temporalmente al mercado local y las exportaciones. Es obvio que para que funcione la política monetaria y cambiaria tiene que ser complementada con otras medidas: el replanteamiento de la apertura comercial y la regulación y el desaliento de la entrada de los capitales especulativos, con impuestos significativos, encajes legales y tiempos de permanencia.

No hay más que dos opciones: desinflación con estancamiento y desempleo, o crecimiento y empleo, tolerando un mayor nivel de precios, el cual se enfrentará reduciendo posteriormente el exceso de liquidez de la economía, la administración de los precios y el fomento de la producción interna, entre otras medidas.

El otro cambio urgente es el desechar el balance fiscal cero a favor del balance estructural. Aquél, en condiciones de bajos ingresos, obliga a reprimir constantemente el gasto programable (social y productivo), medida que refuerza la caída económica y la recesión. El segundo, en cambio, definiéndose una meta fiscal en el largo plazo (por ejemplo, cinco años), permitiría aceptar la ampliación del gasto no financiero y un mayor déficit en épocas críticas como la actual, con el objeto de convertirlo en un instrumento anticrisis. Un mayor gasto y un mayor déficit estimularían la demanda productiva con efectos multiplicadores hacia la cadena productiva, y el consumo con los empleos y los salarios pagados. El déficit sería después corregido, sin necesidad de reducir el gasto o en una menor proporción a su ampliación, ya que la reactivación mejoraría los ingresos (los impuestos a la renta y el Impuesto al Valor Agregado). Recientemente, el chicago boy Agustín Carstens mencionó la posibilidad de emplear el balance fiscal estructural. En Chile, por ejemplo, ya se aplica desde hace unos 15 años, y le ha permitido atenuar las devastadoras crisis internas y sistémicas. Los neoliberales mexicanos, cegados por su fundamentalismo, se han visto lerdos.

Es obvio que las finanzas públicas tienen que reforzarse con una reforma fiscal para evitar que el gasto sea permanente reprimido. Pero no con cambios antisociales, por medio del IVA a alimentos y medicinas, como pretenderán hacerlo los calderonistas con el respaldo de los congresitas panistas y los beltronistas priistas. Esa medida agravará la regresividad fiscal, la desigualdad social; reducirá la capacidad de consumo de las mayorías y redundará en el atraso de la reactivación. Como dice el economista coreano Ha-Joon Chang, de la Universidad de Cambridge: son “monetaristas para los pobres y keynesianismo para los ricos”.

La sociedad tiene que movilizarse para imponerle a los neoliberales una política fiscal progresista: que eleve el impuesto a la renta a las empresas y los sectores de altos ingresos, que actualmente es de 27 por ciento, en varios puntos porcentuales; que grave alto las ganancias financieras; que les reduzca los subsidios y las exenciones tributarias; que despetrolice la recaudación; que establezca mecanismos de sanción, destitución y juicios penales a la corrupción o el tráfico de influencias; que elimine los proyectos de impacto diferido en el registro del gasto, entre otras medidas, para reforzar el gasto público en inversión y bienestar social.

El aumento del gasto programable real en 13 por ciento hasta mayo (5.7 por ciento si se excluye a Petróleos Mexicanos) ha sido insuficiente para contrarrestar la grave recesión. Más aún, sus efectos benéficos han sido contrarrestados por la caída del gasto federalizado en 11.8 por ciento y las aportaciones federales y los convenios de descentralización y reasignación en 2 por ciento, así como por el subejercicio del presupuesto. Lo peor de todo es que la reducción de los ingresos reales en 13 por ciento (petroleros, IVA y de la renta) probablemente obligará a los calderonistas a reducir el gasto o aumentar los impuestos regresivos, lo que retrasará la posibilidad de la recuperación económica.

2) Que se reanime el mercado interno. No obstante, este motor está en calidad de muerto, debido a la pérdida de empleos formales: 697 mil 437 entre noviembre de 2008 y mayo de 2009, o 570 mil 819 en lo que va de este año; los permanentes destruidos son 309 mil 985 y 315 mil 187, de forma respectiva. Estadísticamente, los salarios reales contractuales han perdido 1.6 por ciento en su capacidad de compra, en promedio, y los mínimos, 1.4 por ciento. Ello implica menor capacidad de consumo, hecho agravado por el alto costo del crédito; el temor de la población a perder sus empleos que los obliga a cuidar sus pobres ingresos; los recortes salariales y en las prestaciones sociales impuestos –“solidariamente flexibilizados”– por una gran cantidad de empresas (desde luego, las ganancias son intocables); la tendencia declinante de las remesas observadas desde marzo de 2008. Para mayo pasado registraron una contracción anual de 19.9 por ciento; y seguirán cayendo en los meses subsecuentes.

Un consumo decreciente implica menores ventas y menor crecimiento. Para abril, las ventas comerciales anualizadas al menudeo se contrajeron en 5.8 por ciento y las mayoristas, en 15.7 por ciento. Y su tendencia es hacia un abismo más profundo. La creación de seguros contra el desempleo, las alzas salariales, el crédito más barato y la creación de empleos formales contrarrestarían la debilidad del mercado local. Pero eso no le interesa a los neoliberales que se apoderaron del poder; ellos le apuestan al otro motor.

3) Que se reanime la economía estadunidense. Pero esa apuesta es como creer en la existencia del dios de los católicos. En junio subió la tasa de desempleo abierto en ese país a 9.5 por ciento, la más alta en un cuarto de siglo, al perderse otras 467 mil plazas. En mayo se habían esfumado 345 mil. Desde el inicio de la crisis han desaparecido 9.5 millones. El desempleo total acumulado suma 14.7 millones; en la eurozona (16 países), la tasa pasó de 9.3 a 9.5 por ciento. Los desmovilizados subieron en 273 mil más para superar los 15 millones, su mayor nivel desde 1999 cuando se inició la contabilidad de la región. Esos y otros datos son manifestaciones de que la recesión es robusta y que la reactivación está lejana, además que será endeble.

Las exportaciones totales anualizadas empezaron a decrecer en octubre de 2008 (6.4 por ciento). En abril se contrajeron 35.2 por ciento y en mayo, 32.8 por ciento. El petróleo crudo, en 20 por ciento, 60 por ciento y 54.4 por ciento; las extractivas en mayo han caído 30 por ciento y las manufactureras, 29 por ciento. Las agropecuarias empezaron a decrecer (4.5 por ciento) en ese mes. Su ligera mejoría en mayo no indica aún una tendencia hacia la recuperación. Las tendencias depresivas pueden complicarse en los siguientes meses.

Los neoliberales mundiales pagan las consecuencias de su modelo: trasladaron la demanda de sus bienes hacia fuera para evadir las exigencias de los trabajadores locales: mayores salarios, prestaciones sociales, estabilidad laboral. La recuperación, por tanto, no depende del mercado interno sino del exterior, si es que no se modifica la estructura del modelo. En el caso de México, su presente y futuro depende de la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal, no de los Pinos ni de Hacienda o el Banco de México, que son simples administradores.

Entre recuperar la soberanía del desarrollo nacional y mantenerse como cipayos, los calderonistas prefirieron esto último. Como buenos fanáticos religiosos, le prendieron velas para que se recupere aquella economía y arrastre al fardo mexicano.

Lo único que sí florece abundantemente, para regocijo de Calderón, es la inseguridad, tarea en que se entretiene mientras se realiza el milagro económico. Gracias al mayor número de delincuentes, que él mismo genera, puede aplicarse en su terrorismo de Estado, en su estado de excepción que, sin desdoro, desnudó sus tentaciones despóticas.