La expresión fue lapidaria. Resonó con la fuerza de un cañonazo en medio de una nación paralizada por el miedo que, quizá, sólo alguien con oídos de artillero fue incapaz de escuchar

Fue como un estallido entre las hojas de Los Pinos que, probablemente, crispó a su apacible huésped y, acaso, reforzó aún más la mueca amarga que desde hace algún tiempo sustituyó su resplandeciente sonrisa. Fue tan estruendosa que también sobresaltó al jefe de despacho hacendario, quien, inevitablemente, en su primer Informe trimestral sobre la situación económica, las finanzas públicas y la deuda pública de 2009, se vio obligado a reconocer la magnitud del desastre, aunque levemente matizada, ligeramente menos “catastrofista”.

El 28 de abril durante la presentación del Informe sobre la inflación. Enero-marzo de 2009, Guillermo Ortiz, corresponsable del colapso, pronunció las palabras que estremecieron a los que todavía no se habían dado cuenta, o fingían no percatarse, del violento despeñadero del país: “La severidad de esta recesión es sin duda la peor desde la posguerra” (sic). En el documento se dice: “La mayoría de las cifras de demanda y de actividad productiva domésticas sugieren que, en el [primer] trimestre la economía mexicana registró una caída considerable en sus niveles de actividad, entre 7 por ciento y 8 por ciento.

Se espera que [en todo] 2009 la contracción [sea] de entre 3.8 por ciento y 4.8 por ciento [y que en] 2010 [se expanda] entre 1.5 por ciento y 2.5 por ciento. El número de trabajadores asegurados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) [podría descender este año] entre 350 mil y 450 mil [y recuperarse] entre 200 y 300 mil empleos [en 2010]. Se prevé que el déficit de la cuenta corriente se sitúe en 2.2 y 2.3 por ciento del Producto Interno Bruto (20.4 y 23.7 mil millones de dólares)” y la inflación en 4 o 4.5 por ciento y 3 o 3.5 por ciento en 2009 y 2010, respectivamente. Además, se aclara que los efectos nocivos en la economía de la crisis de la influenza dependerán de su duración.

Por su parte, en su documento Hacienda señala escuetamente: “Se estima que durante el primer trimestre de 2009 [la economía] haya caído a una tasa anual cercana a 7.0 por ciento, lo que en cifras ajustadas por estacionalidad implicaría una disminución trimestral de 5.0 por ciento.” (Cursivas de quien esto escribe).

Al final, la necia realidad se impuso sobre la risible fantasía construida por los calderonistas. Expertos en inventar estrambóticas e inútiles razones para justificar su indolencia y el fracaso de sus supuestos programas anticrisis, al menos durante siete meses voltearon hacia otro lado, al menos públicamente, para no ver la evolución de los indicadores económicos ni sus violentas secuelas sobre la población, que desde noviembre pasado empezó a ser arrojada masivamente a las calles. Sólo en ese mes fueron despedidos 1 mil 913 trabajadores por día, proceso que se aceleró hasta promediar 5 mil 576 hasta febrero, 134 mil 513 por mes, 538 mil acumulados. De las plazas destruidas, 461 mil 455 eran permanentes. A la mitad de abril, Calderón vio alguna golondrina entre los pinos de su fortaleza. La consideró como un “signo alentador”, y entre las ruinas económicas tocó a vuelo las campanas para dar la “buena noticia”: en marzo se frenó la caída del empleo y se crearon nuevos puestos de trabajo.

Ante el promisorio augurio, con exagerado talante triunfalista, agregó: mientras en otras naciones se registra una pérdida de millones de puestos, en México hubo una creación neta de casi 4 mil plazas.

Debió decir: se “recuperaron”, no fueron nuevas, y sólo equivalieron al 0.7 por ciento de las perdidas. En realidad, la inscripción de trabajadores el IMSS mejoró en 13 mil 325, el 2.5 por ciento de las destruidas. Sin embargo, los empleos permanentes siguieron disipándose a un ritmo de 645 por día en marzo y sumaron 20 mil más en el mes, elevándose el total a 481 mil. En justicia puede decirse que se redujo su ritmo: en noviembre-febrero fueron 5 mil 177 personas por día las que se quedaron a la vera del camino. Todos las plazas abiertas en ese mes fueron temporales, 33 mil 327, aquéllas que son efímeras como las “buenas nuevas” de Calderón y tan precarias como su gobierno. Qué duda cabe: los narcos tienen una mayor capacidad para crear empleos. Y son más generosos en los pagos que los mezquinos “empresarios”. Son schumpeterianos, aunque no lo sepan. Es cierto que el desempleo abierto en los países industrializados es aparatoso.

En Estados Unidos pasó de 7.5 millones al cierre de 2007 a 11.1 millones en 2008, y 13.2 millones en marzo de 2009. En la zona del euro, de 12.7 millones a 14.2 millones entre el cierre de 2008 y marzo de 2009, y en la Unión Europea (27 países) de 18.3 millones a 20.1 millones.

En México apenas de 1.5 millones a cerca de 2.5 millones entre junio de 2008 y marzo de 2009. Pero en aquellos países existe el seguro contra el desempleo y en México no, lo que obliga a los trabajadores a buscar cualquier forma de supervivencia que no se registra estadísticamente.

Pero para dar una idea del problema laboral hay que agregar que existen al menos 3 millones de subempleados, verdaderos desempleados, y al menos 11.6 de trabajadores informales. Cuando menos 16.7 millones de damnificados.

Pero esos son simples detalles inicuos

Las golondrinas fueron utilizadas simbólicamente por otra razón: vender externamente la imagen de la falsa robustez de la economía mexicana para tratar de mantener los flujos de capital; por si alguien se lo creía.

Porque a Calderón nada le importan los trabajadores.

Si fuera así, hace tiempo que hubiera instrumentado ambiciosos planes anticrisis (keynesianos por necesidad). Pero por naturaleza, él, Ortiz y Carstens son alérgicos a ese tufo. Si les preocuparan, con la crisis de salud y su decisión por paralizar al país para contenerla, hubieran emitido un programa de subsidios para apoyarlos. Pero los estímulos sólo serán para los empresarios que suspendieron sus actividades, según Carstens. Y los empresarios carroñeros dejaron de pagarles sus sueldos a los trabajadores los días que cierren sus negocios.

Son fundamentalistas que aún esperan a Godot, que el “libre mercado” resuelva milagrosamente la crisis. Son tan cavernícolamente adoradores de la “mano invisible”, que ni al nuevo emperador Barack Obama le son útiles.

Calderón y Álvaro Uribe no le sirven para tratar de construir un “líder” e “interlocutor” que le haga el trabajo sucio en América Latina, como lo hizo Vicente Fox a George Bush. Quedaron huérfanos. Son damnificados, vestigios emblemáticos de la añeja y desacreditada contrarrevolución neoconservadora reaganeana-thatcheriana que hundió al capitalismo mundial en la peor depresión desde la década de 1930. Tan patéticamente Calderón y sus chicago boys han quedado fuera de la realidad que en Davos, Suiza, hicieron el ridículo ante los especuladores y otros asistentes que, contritos, renegaban del torbellino de papeles que ellos mismos provocaron con sus tropelías librecambistas, mientras contabilizaban los miles de millones de dólares esfumados.

Nuestros cómicos personajes trágicos dijeron, a quienes quisieron escucharlos, que gracias a su “disciplinado” manejo económico, México era una ínsula, en una “fortaleza” financiera, que quedarían indemne ante el vendaval, en tanto exaltaban las virtudes del “libre mercado”.

Fue como exhibir la cuerda en la casa de los ahorcados por la “mano invisible”.

Pero la realidad se impuso. Arrasó brutalmente la ilusoria “fortaleza”. El avasallante hundimiento de la economía en la estanflación con alto desempleo e irritación social los tomó por sorpresa, según ellos, y apenas atinaron a trasladar la culpa de la malaventura a los “factores externos” e improvisar tres remedos de programas contingentes, cuyos resultados saltan a la vista. ¿Quién se acuerda de ellos? Tan pésimamente fueron elaborados que hasta Armando Paredes, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, aseguraba que las políticas públicas se han realizado sin la planeación adecuada, con criterios populistas o de corto plazo. Justo cuando el gabinete se placeaba en Davos. En el momento en que el salvaje “espíritu” de los especuladores derrumbaba estrepitosamente la bolsa y el peso, saqueaba impunemente las reservas internacionales, con la complacencia oficial, y la economía estadunidense caía al fondo del pozo depresivo arrastrando consigo a su colonia mexicana, con el dogal de la dependencia, ayudado por la paraplejía calderonista.

Hasta hace poco se quiso ocultar oficialmente la recesión detrás de la tasa media de crecimiento de 1.3 por ciento en 2008 y que fue la peor de América Latina y el Caribe. O casi, pues su nivel es comparable al registrado por los países más humildes de la región: fue igual a la de Haití y apenas mejor que la de San Vicente (1 por ciento) y Jamaica (0.0 por ciento). En cambio, fue lamentable si se compara con las de las naciones similares a la nuestra, por cierto, gobernadas por los detractores del fundamentalismo neoliberal que, en alguna medida, se han distanciado del neoliberalismo, del “consenso” de Washington: Argentina se expandió 7 por ciento; Bolivia, 6.2 por ciento; Brasil, 5.1 por ciento; Ecuador, 6.5; Venezuela, 4.8 por ciento.

En 2009 México mantendrá ese lugar de honor. En octubre de 2008 el Fondo Monetario Internacional (FMI) le pronosticaba una tasa de 1.8 por ciento; en enero de – 0.3 por ciento y, recientemente, una caída del orden de 3 a 3.5 por ciento. Hacia octubre, el Banco de México estimaba una tasa de 0.5 a 1.8 por ciento, mientras Hacienda se obstinaba en su nivel de crecer 3 por ciento. En enero ya aventuraba una contracción de 0.3 por ciento y el otro de 0.0 por ciento. Después bajaron sus expectativas hacia un 3 por ciento. Ahora el Banxico sugiere que será negativa en 3.8 o 4.8 por ciento. Hacienda guardó prudente silencio.

Según las evidencias, los pronósticos no son la especialidad del Banxico ni Hacienda. ¿Cuál será? Esas casas necesitan una limpieza de chicago boys.

En sentido estricto, la desaceleración del crecimiento se inicia en el primer trimestre de 2008, se acelera en el segundo y en el tercero ya era evidente la pendiente hacia el precipicio. En el último trimestre ya estaba en caída libre, al retroceder 1.6 por ciento. En el primero de 2009 cae como plomo en la insondable recesión, cuyo fondo es impredecible, al igual que el tiempo de su permanencia en el mismo y el ritmo en que saldrá de tan incómodo lugar.

La tasa de -7 o -8 por ciento es similar al observado en el segundo, tercero y cuatro trimestre de 1995, cuando decreció 9.2 por ciento, 8 por ciento y 7 por ciento, respectivamente.

Ese año infausto cuando promedió una tasa negativa de 6.2 por ciento, la peor de la posguerra, y debió arrojarse al neoliberalismo al basurero de la historia.

Pero las elites son obstinadamente suicidas, pues les resultaba rentable. Lo novedoso es que será una gran recesión inflacionaria posdevaluatoria y especulativa, con un severo déficit externo y deterioro fiscal, sin flujos de capital, más allá de los especulativos, fenómenos que no se habían observado anteriormente. ¿Esos desequilibrios pueden considerarse como “fortaleza” financiera? Para promediar de 3.8 a 4.8 por ciento en 2009 existen dos opciones: que la maltrecha economía empiece a recuperarse de su estado comatoso y se reanime a partir del segundo trimestre y en el último se ubique ligeramente por encima de cero por ciento, o todos los trimestres sean negativos acercándose al cero al final del año. Pero la acotación del Banxico fue prudente: su estimación no considera la crisis de la influenza. No sería exagerado suponer que al agregarla en el segundo trimestre la economía se despeñe aún más hacia el -10 por ciento.

Aun sin esa eventualidad, ninguno de los indicadores que definen la tendencia de la economía muestran algún punto de inflexión: los índices globales de la economía para febrero, peores a los meses anteriores, fueron: el total -10.8 por ciento; el primario, -7.1 por ciento; el secundario, -13.2 por ciento, y el terciario, -9.6 por ciento. Los de la actividad industrial: el total -13.2 por ciento; el manufacturero, -16.1 por ciento; el eléctrico, -6.5 por ciento; la construcción, -11.3 por ciento; la minería, 7 por ciento. Para enero, todos los componentes de la inversión, maquinaria y equipo nacional y extranjero y en construcción muestran el mismo destino. Para febrero las ventas al mayoreo y al menudeo, 10 por ciento y 8.6 por ciento. Para marzo, las tasas anuales de las exportaciones totales declinaron 25 por ciento; las petroleras, 62.4 por ciento; las no petroleras, 15.7 por ciento, y hacia Estados Unidos, 29 por ciento. Los ingresos presupuestarios del sector público en el primer trimestre decrecieron 9.1 por ciento, los petroleros del gobierno federal, 38 por ciento; los tributarios, 11.4 por ciento; el impuesto a la renta, 11 por ciento, el Impuesto al Valor Agregado, 21 por ciento. La recaudación refleja el desmoronamiento de la producción, la inversión, el consumo y el crecimiento.

Sin embargo, no deberá extrañarnos que el desfondamiento económico sea más grave que el supuesto por Ortiz y que enmudeció a Carstens y Calderón, y entonces pueda compararse con el peor del siglo XX –no hay que olvidar que por la Revolución Mexicana no hay registros del crecimiento en 1911-1920–: el de 1932, cuando la economía se derrumbó, 14.8 por ciento.

¿Se recuperará la economía en 2010, en el nivel esperado por el Banxico? Es obvio que no será en 3.6 por ciento como pronosticaba Hacienda en 2007 y 2008 y nada garantiza que será como predice Ortiz.

Dependerá de lo que suceda en Estados Unidos, dada nuestra dependencia, y el FMI supone que su reactivación se iniciaría en la segunda mitad de 2010, con una tasa anual de cero por ciento. Su deflación durará alrededor de 30 meses, pese a su política contracíclica, el recorte de réditos de referencia en 20 meses, que los ubicaron en su nivel mínimo nominal y real negativo (en julio de 2007 era de 5.26 por ciento, en octubre de 2008 de 0.97 por ciento y en marzo de 2009 de 0.18 por ciento), y el billonario gasto público, que elevó el déficit fiscal tres veces, de 2007 a 2008 (de 310 mil millones de dólares a 928 mil millones) y llegará a 1.5 billones en 2009.

Ni el recorte de los réditos iniciado por el Banxico apenas en noviembre pasado ni el gasto público programable, ni las otras medidas lograron atemperar el desplome, como decían los calderonistas. A menos que esperaran una contracción de más de 10 por ciento y no de 7.5 u 8 por ciento. La tendencia de los indicadores, empero, los desmienten y, si acaso dan algún resultado, éste sería a finales de 2009 o la primera mitad de 2010 y no es aventurado decir que tendremos dos años de tasas negativas.

Aun aceptando los cálculos de Ortiz, será un cuatrienio de “crecimiento” cero (0.0 por ciento-0.3 por ciento). Pero será peor. Quizá la reactivación se atisbe hacia 2011 o 2012, cuando abran la llave del gasto para tratar de impedir su derrota electoral.

El calderonismo será un sexenio más perdido, el segundo panista. Serán 30 años de graves retrocesos económicos y sociopolíticos si sumamos los neoliberales priistas. O 36 con el retorno priista o cualquier otro partido estatal, porque ni el Partido de la Revolución Democrática tienen nada que ofrecer; simboliza el colapso de un proyecto de nación.

¿Ese espeluznante fantasma cruzó por la mente de Ortiz cuando dijo que “la severidad de esta recesión es sin duda la peor desde la posguerra”? (sic). Si fue así y le dio pavor decirlo, le asiste la razón. A cualquiera aterraría. Sobre todo porque sería el testimonio que las políticas públicas, incluyendo las del banco central, que han sido absolutamente inservibles, lo mismo que el gobierno calderonista. Pero dudo que eso le intranquilice. Quizá en un país civilizado hace tiempo Ortiz y Carstens ya hubieran acrecentado las cifras del desempleo. Incluso Calderón mismo ya se hubiera visto obligado a renunciar como lo hizo a finales de enero Geir Haarde, primer ministro islandés, abrumado por la crisis económica. Pero somos parte del trópico, tierra fértil de los esperpentos de cinismo sicalíptico.

Quizá el horror soterrado de Ortiz esté en otro lado cualitativo: que el colapso del neoliberalismo aborigen y el despotismo oriental calderonista y del sistema político mexicano pueda provocar el estallido social. ¿Qué opción le queda a una sociedad sacrificada con el genocida proyecto neoliberal de nación sin expectativas futuras? La historia y, en especial la latinoamericana, demuestra que la única salida que le queda es la revuelta que ni los militares han sido capaces de contener cuando se libera la cólera del pueblo humillado.