Los argumentos esgrimidos por la Secretaría de Hacienda, dirigida por Agustín Carstens, relacionados con el caso Citigroup- Banamex, fueron francamente pueriles y evidenciaron una vez más para quiénes gobiernan y cómo están dispuestos a hacerlo los ejecutivos priistas y panistas, sobre todo desde Miguel de la Madrid hasta Felipe Calderón. La situación ilegal en que quedó Banamex, después que el gobierno estadunidense se vio obligado a convertirse en “socio” del Citigroup, con el 36 por ciento de las acciones, le dio una gran oportunidad histórica a los calderonistas para volver a nacionalizar al segundo banco más grande del país y, a través de él: a) reordenar el desastre en que se ha convertido el sistema bancario y financiero; b) recuperar el sistema de pagos del país que se encuentra bajo control de los banqueros extranjeros, por medio de sus filiales “mexicanas”; c) acotar los abusos de las instituciones que han pervertido las funciones tradicionales de intermediación que justifican la existencia de los bancos y los otros organismos que son parte de los grupos financieros: el fomento del ahorro y el acceso al crédito a precios razonables. En su lugar, los dueños los han transformado en depredadores, en usureros, prácticas de las cuales son corresponsables las autoridades al tolerar aquellas que son ilícitas y al no regular las permitidas por las reglas de la jungla del “dejar hacer, dejar especular”, de la desreglamentación financiera; d) recobrar al sector bancario y al sistema financiero para las necesidades del financiamiento del desarrollo.

La situación de Banamex es similar a la de otras instituciones como el Bank of America; exige la aplicación de las leyes elaboradas por los mismos neoliberales para justificar la reprivatización y desnacionalización del sector bancario y financiero. Pero como sabemos, nuestros neoliberales le huyen a todo lo que tenga el tufo de estatización, como si fuera el sulfuroso diablo. Es ocioso pensar en esa opción ante un calderonismo devoto del inexistente “libre mercado”, pese a que otros fundamentalistas como los estadunidenses, los ingleses o los franceses se han visto forzados a intervenir ante las ruinas en que han dejado sus dueños a los intermediarios después de la orgía especulativa.

Los oligopolios bancarios (cifras en miles de pesos)

También era inútil esperar a que Carstens, Guillermo Ortiz y Guillermo Babatz –otro chicago boy– aplicaran, motu propio, como lo exige la responsabilidad de sus puestos, las letras expresas de los artículos 13 y 18 de las leyes que rigen a las instituciones de crédito y a las agrupaciones financieras. Los calderonistas son líderes en interpretar a su modo las leyes y en violentar el estado de derecho. En todo caso, lo divertido fueron las curiosas justificaciones dadas por Calderón, a través de Carstens, para no aplicar las normas y endosarle al Congreso la responsabilidad para que deje “en claro las reglas de juego en tiempos de crisis y reafirmar la rectoría del Estado sobre el sistema financiero local”. Bajo su lógica, hay que arrojar al bote de la basura a la Constitución, por ejemplo, por vetusta. Por la falta de imaginación de los constituyentes de 1917, que nunca se les ocurrió pensar en leyes perennes o inventar los candados necesarios para impedir el encumbramiento de personajes como los que han gobernado al país, al menos desde 1982 a la fecha.

Banxico: crédito real de la banca comercial

Será un buen ejercicio para los legisladores actuales el diseñar marcos jurídicos para cualquier circunstancia, para épocas de crisis o sin ellas, para los estados de ánimo de los funcionarios o sus grados de inteligencia.

El creativo razonamiento fue tan chocarrero como imaginarse a Carstens dando alborozados saltos de carnero en el centro de la plaza de la Constitución, un domingo, a la mitad del día. Nuestro doctor en economía resultó igualmente erudito en la interpretación del derecho.

Sorpresas nos da la vida

“Dejad hacer, dejad pasar”. Ésa es la divisa de la jungla capitalista y la única en la que creen los calderonistas; por supuesto, sólo para los banqueros y los grandes empresarios, los militares y ellos mismos. ¿Qué diferencia puede existir entre un banquero, los grandes empresarios y un narcotraficante de baja estopa, por ejemplo? Todos actúan bajo las (sus) reglas del “mercado” de la (su) oferta y la (que imponen a la) demanda.


Ganancias netas y crédito bancario reales

En un sentido los calderonistas tienen razón: resulta lo mismo que sean nacionales o trasnacionales. Unos y otros imponen sus prácticas depredadoras en todo el mundo, expolian con singular y sádico placer, hasta la médula, a los deudores; especulan. Quiebran los intermediarios y los gobiernos socializan las pérdidas; actúan bajo su libre arbitrio. Nada nuevo desde que se inventó la banca.

Desconozco –debo reconocer que no soy lego como Carstens– si fueron o no los inventores de un ingenioso antídoto en contra de los banqueros, sus agentes y las compañías de seguros. Pero sí tengo la certeza de que resultó eficaz ante las tropelías de los banqueros, la presteza del poder judicial, la complacencia del Ejecutivo y la apatía del Congreso. En 1933, en plena depresión, para evitar el despojo de sus tierras ante la imposibilidad de pagar los insultantes intereses que les cobraban y que, junto con las políticas calderonistas Herbert Hoover, les llevaron a la insolvencia de pagos y la ruina. Los productores agrícolas de Le Mars, Denison y otros lugares de Iowa, y otros estados de nuestra nación “socia” recurrieron al método de la cuerda y la escopeta. El juez Charles C. Bradley, por ejemplo, tuvo la oportunidad de comprobar que no es cómodo balancearse debajo de un árbol sin tocar el piso y con algo rasposo alrededor del cuello.

Como que se siente una especie de angustia ante la falta oxígeno en los pulmones y la pedestre realidad.

Tasas bancarias de interés reales
Tasas bancarias de interés reales

Desde luego, no se requieren tan salvajes métodos en países civilizados como México. Sólo es suficiente que alguien les ponga y tense simbólico dogal de las leyes a los banqueros y los empresarios. Desde luego, ello pone furioso a Calderón, Carstens, Ortiz, los panistas y, obviamente, los banqueros, porque dicen que inhibe la “competencia”. Pero el árbol de la “competencia” en México da extraños frutos: sólo bajan los intereses de los ahorradores (tasas pasivas) y aumentan los cobrados a los deudores (tasas activas), junto con las ganancias.

En lo que va del calderonismo, los réditos nominales pagados a los depósitos a plazo fijo y en pagarés, ambos a 28 días, han sido 6.9 por ciento y 5.5 por ciento en promedio anual. Pero si se descuenta la inflación media del periodo (4.7 por ciento), sus tasas reales anuales son de 2.2 por ciento y 0.8 por ciento. Si se resta el Impuesto Sobre la Renta, el primero baja a 1.4 por ciento y el otro a 0.0 por ciento o es negativa. En febrero de 2009 el depósito a plazo fijo apenas logró mantener su valor real de diciembre de 2006 y el pagaré arrojó una pequeña pérdida. Pero a partir de diciembre, cuando el banco central empezó a bajar los réditos, la inflación y los impuestos se “comieron” las pequeñas ganancias del primero, los intereses reales han sido negativos y los ahorros se desvalorizan.

En el caso de los pagarés, sólo arrojan pérdidas desde mayo de 2008 y se deprecia más rápido. Eso es lo que busca deliberadamente Ortiz.

Quiere desalentar a los ahorradores para que consuman, como parte de la política monetaria contracíclica.

Sin embargo, los intereses reales que normalmente pagan los banqueros a los ahorradores son mínimos o negativos, lo que, en parte, explica el bajo nivel de ahorro en México. Otra razón que lo explica es que poco más de la mitad de la población simplemente no tiene esa capacidad debido a sus bajos ingresos.

Los sectores de altos ingresos que ahorran, por sus montos, reciben mejores réditos, dentro y fuera del país, y complementariamente, especulan en la bolsa, los fondos de inversión, el tipo de cambio.

En cambio, los intereses cobrados a los deudores son depredadores. Los nominales cobrados en las tarjetas de crédito promediaron 34.6 por ciento o 30 por ciento si se descuenta la inflación. Su diferencia nominal con las tasas de los ahorros citados (6.2 por ciento) es de 4.6 veces; en términos reales, de 19 por ciento (1.52 por ciento contra 30 por ciento). En agosto de 2008 fueron de 34.2 por ciento y al mes siguiente subió a 42 por ciento, nivel en que se ha mantenido hasta la fecha. Pero esos sólo son promedios. La “competencia” que no quieren desalentar los calderonistas es peculiar: los bancos pugnan no para bajarlos, sino para ver quién es el de más voracidad, y el más exitosos es Invex: en febrero de 2008 cobraba 86.2 por ciento y actualmente 113 por ciento.

Bancomer pasa de 66 por ciento a 77 por ciento; Banamex, de 64 por ciento a 81 por ciento; Santander, 64 por ciento al ciento por ciento; Banorte, de 58.9 por ciento a 67.91 por ciento. En promedio, en el calderonismo, las tasas cobradas a los préstamos comerciales son de alrededor de 124 por ciento mayor a la inflación; a la vivienda de 134 por ciento; al consumo de 486 por ciento y el conjunto de los créditos de 347 por ciento. Después hay que agregar las comisiones adicionales que, según el perredista Carlos Navarrete, suman hasta 208 y, dice que sólo les falta la 209: el cobro por el aire acondicionado que tienen las sucursales. Pero ese ya está agregado en el precio de los servicios. Banqueros y gobiernos dicen que son altas por el “riesgo”, pero el único “riesgo” es caer en sus garras. Ellos les regalan las tarjetas de crédito, les imponen réditos y comisiones leoninas, intereses sobre intereses, gracias a que la Suprema Corte de Justicia (así se llama, no es broma) legalizó el anatocismo. Asfixian a los deudores hasta que los llevan a la insolvencia de pagos y luego les cobran el “riesgo” y les envían a los abogados- buitres para amedrentarlos, con toda impunidad.

Son peores que los narcotraficantes o los secuestradores, porque a los que detienen les aplican la ley y los banqueros hacen convenciones anuales, viven como jeques, son recibidos por los presidentes y mueren como reyes. Según Calderón, la banca está sólida. Veremos si es cierto en la segunda mitad del año cuando aumenten las carteras vencidas.

¿Qué competencia puede existir cuando, de 42 bancos, dos oligopolios –BBVA-Bancomer y Citigroup-Banamex– controlan entre el 42 y el 47 por ciento de los activos, los créditos, la captación y las utilidades? Si se agrega a Santander y Banorte, el grado de concentración va del 66 por ciento al 74 por ciento. Ellos imponen la dinámica del sector y los demás compensan su limitado espacio con los réditos y las comisiones. Los monetaristas como Milton Friedman despreciaban a los monopolios porque supuestamente impedían el funcionamiento eficiente del “libre mercado”. Los calderonistas dicen lo mismo y arremeten en contra de Telmex. ¿Por qué no hacen lo mismo en el sistema bancario y financiero? La única manera de reducir los intereses y las comisiones cobradas por la banca es imponiéndoles límites por ley, a la baja. Obligarlos a reducir sus márgenes financieros.

Por ejemplo, en los niveles existentes en Estados Unidos o España, que tanto les gusta a los sinarquistas nostálgicos de Franco. Tasas y comisiones al doble de la inflación pueden ser razonables o a la media de la rentabilidad real de la economía.

Dicha baja tendría al menos tres ventajas: a) mejorar el consumo y evitar los riesgos de las carteras vencidas.

Las empresas no financieras aplaudirían la ampliación de la demanda interna; b) facilitar el crédito para la inversión productiva, que ayudaría a la economía a salir del estancamiento en la que se encuentra desde 1983 a la fecha (apenas registra una tasa media anual de poco menos de 3 por ciento), recuperar su potencial de crecimiento (poco más de 6 por ciento en promedio real anual) y ampliar el número de nuevos empleos, no importa que haya menos candidatos a la delincuencia y se afecten los juegos de guerra de Calderón, quien parece más feliz como policía que como Ejecutivo; c) contribuiría en la difícil tarea de Ortiz, afanado en reducir las tasas de interés. Los banqueros han impedido que lo logre.

En lo que va de 2009, los cetes a 28 días pagan tasas reales menores a 1 por ciento. Pero los intereses cobrados por los banqueros impiden que fluya el crédito y llevarán al fracaso a la política monetaria. Por esa razón se quejó Ortiz durante la reunión anual de los usureros, cuando los acusó de obedecer las consignas de sus matrices para restringir el crédito y enviarles los ahorros.

Pero los controles a los réditos y las comisiones sólo resolverían un efecto de un problema más amplio. Hablar de banca en México es un eufemismo; no existe. Sólo son negocios de usureros, de neoporfirianas tiendas de raya. La función principal de la banca es fomentar los créditos de la economía a tasas razonables. Al menos así dice la teoría económica y las razones que justificaron la reprivatización y la extranjerización. Sus ganancias no han sido despreciables, después de que Ernesto Zedillo les limpió la basura y nos obligó a pagar las tropelías de los “banqueros” mexicanos. En diciembre de 2008 esa deuda neta es de 731 mil millones de pesos. Pero el crédito vigente real al sector privado en 2008, según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, es apenas similar al otorgado en 2004. El producto interno bruto cayó de 29 por ciento a 17 por ciento; pero los datos del banco central dicen que es 38 por ciento menor, y del producto interno bruto bajó de 36 por ciento a 17 por ciento. En lo que ambas fuentes coinciden es que se abandonó a su suerte al sector agropecuario y al industrial, al concentrarse los préstamos al gobierno y al consumo (tarjetas de crédito, hipotecarios, bienes duraderos. Sus beneficios, por tanto, son producto de la usura, la especulación y el trato de esclavos a sus empleados.

Esa banca es inútil para las necesidades del desarrollo de México. La única manera de resolver el problema es acabar con la liberalización financiera y reestablecer las regulaciones. Regresar a la banca a su papel tradicional.

Decía el economista Paul Krugman que era aburrido el negocio de la banca cuando estaba regulada, pero era más estable. Las crisis y las quiebras eran excepcionales. Así sucedió en México y hay que regresar a esa tediosa estabilidad, si se desea el crecimiento, el empleo y el desarrollo. Las opciones son varias en esta época de crisis: estatizarla, separarla de los grupos financieros, someterla a una rigurosa reglamentación, estimular la compra de bancos extranjeros por empresarios mexicanos, pero no del estilo de los Roberto Hernández y González o Salinas Pliego, rigurosamente controlados; estatizar a los tres más grandes –Bancomer, Banamex y Santander– para orientar al mercado a través de ellos.

Ésas son algunas opciones para la “rectoría del Estado” de la que habla Carstens; lo demás es demagogia.

Los granjeros de Iowa recurrieron a la cuerda y la escopeta.

Franklin D. Roosevelt los escuchó, separó la banca comercial de la especulativa, reguló sus operaciones, benefició a los deudores (agrícolas, hipotecarios, industriales).

Pero Calderón en nada se le parece; es un clon de Thatcher, Reagan, Bush (padre e hijo), Clinton, Salinas, Zedillo.

Aplaude, promueve y protege a los usureros. Si el Congreso no enfrenta el problema de los réditos y las comisiones, entonces la sociedad, en legítima defensa, tiene la opción de la huelga organizada de pagos, la toma de sucursales: quebrarle el espinazo a la banca. Se enriquecen unos a costa de otros o los otros les imponen su sobrevivencia.


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