Después de todo, panistas y priistas tuvieron razón en bloquear la reforma democratizadora del Estado, en especial el capítulo que hubiera permitido enjuiciar y destituir a un jefe del Ejecutivo por sus desmesuras e incapacidad para dirigir el destino de la nación. Quizá porque, por la salud pública, el Congreso se hubiera visto obligado a aplicarla tempranamente, ya que Vicente Fox era el candidato ideal para inaugurar ese republicano apartado. Después Felipe Calderón, quien ha hecho los méritos necesarios para seguir una suerte similar, junto con Agustín Carstens y Guillermo Ortiz. Esto no sólo por su responsabilidad ante la grave recesión en que se hunde el país, cuyos costos son pagados por la población con el creciente desempleo, la caída de sus ingresos reales y su mayor pobreza; así como por su indolencia ante la embestida de los especuladores en contra del peso, el impune saqueo de las reservas internacionales, su protección a los voraces banqueros y demás desastres que sufre el país. También porque se ha convertido en el principal obstáculo para la búsqueda de nuevas opciones que permitan atemperar la crisis del neoliberalismo mundial y mexicano.

Entretenido en la guerra que fabricó contra el narcotráfico y en tratar de cazar las furias que se liberaron, que salieron indómitas, feroces, respondonas, su permanente campaña electoral y la venta de Prozac, pronósticos y otras chucherías, Calderón se olvidó del despacho que, como Fox, dejó encargado a Ortiz y Carstens, quienes, por desgracia, también se encuentran ocupados en otros menesteres más atractivos. Uno está muy atareado con el vapuleado peso, sin la canina actitud de José López Portillo, pero con resultados similares. El banco central dice que no busca un nivel deliberado de la paridad: sólo su estabilidad. ¿Cómo? Calderón, Ortiz y Carstens, fieles partidarios de la oferta y la demanda, son enemigos de las regulaciones que interfieran a los mercados, incluyendo los financieros, en especial el cambiario. Son adictos al “dejar hacer, dejar especular”, aunque interfiera en el deseo de bajar los réditos. No porque se quiera usar la política monetaria como hacen actualmente otros bancos centrales que han reducido los intereses reales a casi cero por ciento o a un nivel negativo (descontándose la inflación), agobiados por la insolvencia, el colapso de sus sistemas de pagos y la urgencia por reanimar la demanda para tratar de evitar la temida deflación y depresión. Tampoco les importa demasiado reducir el precio del dinero como instrumento contracíclico. Nuestros chicago boys son alérgicos al tufo keynesiano. Es cierto que se ha abatido gradualmente este costo (los Cetes a 28 días pasaron de 8.04 por ciento a 7.12 por ciento entre diciembre y febrero), siguiendo la tendencia de la inflación (los Cetes reales cayeron de 1.5 por ciento a 1 por ciento). Sin embargo, los banqueros no se han enterado: cobran impunemente comisiones e intereses con una alegre voracidad, como si la inflación y los Cetes fueran del 50 por ciento o más, cuidando de no asfixiar a los deudores para que no dejen de pagar, aunque se queden desnudos. Vana medida, porque la cartera vencida real ha aumentado a un ritmo cercano al 50 por ciento en los últimos años. El ilegal amedrentamiento y la sádica persecución de los morosos por parte de sus leguleyos no han sido muy eficaces. Pero esto no les quita el sueño a los banqueros, pues una vez que entren en dificultades y estén al borde de la bancarrota, ya saben quién los salvará con los impuestos de ya saben quien. No se pueden quejar: los gobiernos, de Miguel de la Madrid a Calderón, han sido magnánimos. Las autoridades de Estados Unidos y las europeas han sido (casi) expeditas y nada mezquinas al momento de rescatarlos y socializar las pérdidas. ¿Acaso Calderón será diferente? Es hombre de honor. Un macho de la política es bien cumplidor. A Ortiz no le inquieta la avidez bancaria ni el desplome del crédito registrado desde el último trimestre de 2008, ni del consumo, la inversión y el crecimiento. Al contrario, ayudará al decremento de los precios, su obsesión básica. El ajuste a los réditos se debe a la necesidad de ampliar la liquidez de la economía. Mientras entraban los capitales, se esterilizaba parcialmente el exceso circulante para contener una eventual baja de los réditos y de la paridad, el abaratamiento del crédito y el mayor consumo, más allá de los niveles previstos. Esto por medio de los intereses, la emisión de deuda pública en los mercados primario y secundario y la compraventa de divisas. Ahora, en el escenario adverso, con la menor entrada de divisas por concepto de remesas, exportaciones petrolera y no petrolera e inversión extranjera directa y especulativa, observada desde el último trimestre de 2008, la reducción de la demanda de títulos de deuda interna pública (260 mil millones de pesos menos de agosto de 2008 a febrero de 2009), la volatilidad financiera y las salidas de capitales, el banco central vende divisas para tratar de estabilizar la paridad, no para contener la especulación. El trío hace rabietas por los ímpetus desestabilizadores del carrusel financiero. Amenaza con terribles castigos a los chacales de la moneda y, al final, no sólo dejan que funcionen sus “leyes” del mercado. Además, los alimentan generosamente con las reservas internacionales como si fueran de su propiedad, aunque digan que para eso se acumularon 22 mil millones de dólares en cinco meses. ¿Se logró la estabilidad? ¿Los sacrificados recursos de la nación sirvieron como sedantes para los glotones especuladores? No. El apetito de las hienas es insaciable. También devorarán los 19 mil millones más que dice el banco central arrojará al hoyo negro del marcado en lo que resta de 2009 para “generar certidumbre”. Es decir, entiendan, serénense muchachos locos del crimen legalmente organizado, les arrojaremos abundante carne hasta que se hastíen. Especulen civilizadamente, no como los lúmpen del narcotráfico. Cuiden el negocio financiero porque lo arruinarán prematuramente; no lo destruyan con su frenesí. Hacienda agrega que serán para “ayudar” al peso. ¿Al peso o los especuladores? De momento, el esfuerzo estabilizador de trinomio es tan exitoso con el gobierno calderonista o la guerra contra los insolentes narcotraficantes: una macrodevaluación de 51 por ciento, entre julio de 2008 y el 3 de marzo de 2009. El peso se ha hundido a poco más de 15 pesos por dólar estadunidense. Pero puede llegar a 16, 18 o 20. Continuarán perdiéndose las reservas y volverán a subir los réditos, ahogando a deudores y empresas. Seguirá el devastador libertinaje financiero hasta terminar de hundir completamente al país. Sus efectos sobre los precios han sido compensados con el derrumbe generalizado del consumo, como muestra la caída en las ventas comerciales al mayoreo y al menudeo. El trío dice que los males vienen de fuera para evadir el verdadero problema: la explosión de la burbuja financiera externa hizo estallar la que ellos crearon internamente, sobre todo el banco central, al mantener la apertura neoliberal de la cuenta de capitales, la eliminación de las restricciones en las operaciones activas y pasivas de la banca y el libre movimiento de capital en los mercados de dinero, bursátil y cambiario mexicanos. Es el espejo de lo ocurrido en Estados Unidos, por ejemplo. La Reserva Federal, Ben Bernanke, Alan Greenspan la estimularon al bajar los réditos, estimular la especulación y la inflación artificial de otros activos y solapar las tropelías de los intermediarios hasta que estalló la burbuja. En México, los altos intereses, pagados varias veces mayores al exterior, atrajeron los capitales financieros que entraron a la bolsa y al mercado de dinero. Con su salida del país, debido al pánico mundial, provocaron el desplome de la bolsa en 44.5 por ciento, de mayo de 2008 a principios de marzo de 2009, se desprendieron de los títulos, están especulando contra el peso y abandonando el país. Es obvio que no olvidó la participación de los “inversionistas” mexicanos, entre ellos las empresas que compraron coberturas cambiarias y otros valores en moneda extranjera para aprovechar la baja artificial del dólar derivada de la política del banco central. Parte de los recursos contratados en el mercado mundial a precios más bajos, fueron utilizados para especular con los bonos del Estado o en la bolsa. La crisis y la tendencia devaluatoria los atrapó con los dedos en la puerta, no pudieron desprenderse de tales documentos y han tenido que asumir sus pérdidas. La caída del peso se debe al menor ingreso de capitales, su fuga, la compra por parte de las empresas que tienen que pagar sus deudas en divisas y la especulación con qué tratar de resarcir sus quebrantos u obtener ganancias adicionales, con la pasividad y tolerancia de los calderonistas.

Los defensores del peso han quedado como patéticos espantabuitres, o simulan serlo para encubrir a los piratas financieros. Legalmente no hay leyes que castiguen la especulación. ¿Quién puede saber o investigar si existen o no operaciones turbias entre intermediarios, inversionistas, funcionarios y demás con la especulación o el eventual manejo de información privilegiada y anticipada de las operaciones de la Comisión de Cambios, en las subastas abiertas o las colocaciones directas, en el precio y la cantidad de las divisas vendidas? ¿Tienen esas características las recientes actividades de Roberto Hernández, Manuel Medina Mora, copartícipes de la quiebra bancaria pasada y la venta de Banamex, y de Javier Arrigunaga, uno de los responsables del oscuro Fobaproa, que acaban de comprar títulos del Citigroup a precios de remate para beneficiarse de las aguas revueltas de su quiebra y el futuro de Banamex? Por ahora no se sabe. Quizá más adelante. ¿Quiénes son los que están especulando contra el peso? ¿Serán los 31 millones que ganan hasta cinco veces el salario mínimo, los 11 millones de informales, los 2 millones de desempleados? ¿Será la venganza organizada de los más de 500 mil que perdieron sus empleos entre noviembre y febrero? Estamos en la salvaje jungla del “mercado libre”. Calderón no se perturba cuando eventualmente se acuerda de que alguna vez fue impuesto como presidente. Al contrario, se pone eufórico, seguramente después de escuchar a su gurú económico, que dicen que es Carstens. Hace cuentas alegres y aconseja a los empresarios. ¡Aprovechen la macrodevaluación, pues los precios de los bienes después de las devaluaciones son de risa! O Carstens o su asesor de cabecera lo engañó, o atrabancado como es no quiso escuchar la historia completa para salir precipitadamente a dar la “buena nueva”. ¿A quiénes les venderán? ¿A Estados Unidos, donde se dirige el 80 por ciento de las ventas externas mexicanas? ¿A Europa? ¿Asia? ¿No le dijeron o no se ha enterado que el comercio, la demanda, el capitalismo mundial se hunde en la peor recesión desde 1929, y que los desesperados esfuerzos de los gobiernos por estimular el agonizante consumo no dan resultados? ¿Las llamadas devaluaciones competitivas sólo funcionan cuando existen compradores externos? ¿La macrodevaluación, la voracidad bancaria, los impuestos, el alza del diésel o la inflación encarecieron las importaciones y los costos de producción y que han afectado a los posibles vendedores? ¿Que, gracias a que ustedes mantuvieron intocado al neoliberalismo también contribuyeron a arruinar a parte de los empresarios? ¿Que en la incertidumbre nadie invierte productivamente, sólo especulan? ¿Que las devaluaciones y la inestabilidad financiera son más eficaces para generar recesiones inflacionarias con alto desempleo y descontento social? ¿No le dijeron que su “disciplina fiscal” es inútil en las actuales circunstancias, como la necedad de alguien que prefiere vivir como mendicante antes de gastar su dinero atesorado, y la “fortaleza” financiera no es más que un mito que sólo se cree usted y sus chicago boys? Señor Calderón: por su propio bien, abandone de vez en cuando las trincheras. Lea un poco, aunque sea la prensa, para que se entere del actual estado calamitoso de México y el mundo. O al menos cambie de gurú. Los versados en la economía vudú sólo le hacen pasar vergüenzas. Corre el riesgo de convertirse en el Herbert Hoover mexicano. Como aquel quien desgobernó a Estados Unidos en 1929-1933, en plena recesión, y que pasó al basurero de la historia creyendo que la había resuelto varias veces y, por tanto eran puras fantasías. Que la dificultad de su país era sicológica y no económica, “un estado de ánimo del público”. Al final de su cuatrienio se ufanaba como usted del equilibrio fiscal, entre las ruinas de su país. ¿Llegará usted al final de su sexenio? Por si las dudas, no olvide la solución argentina como una posibilidad entre tantas: escabullirse en helicóptero. El otro que Calderón dejó encargado del despacho está enfrascado en actividades más fecundas. Por ejemplo, en el difícil arte de filosofar para discernir las diferencias entre un catarro y un tsunami; si el comatoso estado del paciente mexicano se debe a factores internos o externos; si el “choque externo” que nos arrolla es tremendamente fuerte, como la crisis mundial de 1929, y si ésta se volverá o no en una gran depresión; si el convaleciente quedará en calidad de bulto o sólo sufrirá algunos raspones lo que resta de 2009, resguardado en la onírica ínsula calderonista. En defender a los banqueros ante los legisladores que quieren ponerle un dogal a las voraces comisiones aplicadas impunemente por sus casas de raya, sin aclarar los misteriosos riesgos que esa medida generaría sobre el sistema financiero; cómo limitaría el crédito que no reciben las personas de menores ingresos y la mayor parte del aparato productivo; cómo perjudicaría a la gente más necesitada, como dicen los banqueros. ¿Se referirán a los atribulados dueños metropolitanos del Citigroup, Santander o HSBC, propietarios de los intermediarios mexicanos, que acumulan cuantiosas pérdidas, y que están al borde de la quiebra o ya reventaron y tuvieron que ser rescatados, después de competir alegremente para ver quién era más creativo en tropelías, en el libertinaje especulativo mundial que detonó el colapso capitalista mundial, el cual ha arrojado al abismo de la crisis a millones de pobres mortales, a los que seguirán otros tantos en los meses subsecuentes? La faena de Carstens no es sencilla. Las mayorías tienen graves problemas que resolver. Uno es la recesión inflacionaria, con sus secuelas de desempleo y miseria. También tienen un gran obstáculo enfrente que impide enfrentarla con mejor fortuna: Calderón y su equipo. Tienen al menos tres opciones: encogerse de hombros y resignarse a sobrevivir como puedan, comerse el mito de las elecciones para “castigar” a los panistas este año y en 2012 y votar por el retorno de los priistas, aliados de aquellos y corresponsables del desastre neoliberal, para regresar al antiguo régimen; y la otra, organizarse y definir una estrategia de lucha para desembarazarse de los estorbos, causantes de las penurias personales, sociales y nacionales.

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