El vicepresidente chino ofrece inversiones en México por unos 50 mil millones de dólares, jugada llamativa e interesante que es un síntoma de la rapidez con la que el mundo es absorbido por el armagedón económico norteamericano.

Enrique Barranco

A mediados de febrero, el canal internacional de Pekín (ahora Beijing) informaba que el comercio chino con América Latina ha sobrepasado holgadamente los 100 mil millones de dólares anuales, y hay compromisos de inversión china para Brasil, Venezuela, Cuba, etcétera. El dragón económico avanza a toda velocidad en América Latina y otras partes del mundo, debido a que sus gigantescas reservas en dólares (las más grandes del mundo fuera de Estados Unidos) corren el riesgo de valer lo mismo que el papel higiénico. La estrategia económica de China no se basa en los diagnósticos de los “analistas económicos” de la televisión o en los discursos de Obama y propaganda de ese género, sino en la cruda realidad del inevitable colapso del dólar, una vez que la burbuja de los papeles del tesoro reviente. El mismo reporte económico de Washington –que menciona el déficit oficial de más de 400 mil millones de dólares– señala claramente que las obligaciones totales (base GAAP) del gobierno federal estadunidense pasa de los 59 millones de millones de dólares (trillones, según su definición). Y resulta que el servicio de ésa, “la madre de todas las deudas”, supera la capacidad de pago total de Estados Unidos. China está consciente de que Estados Unidos tiene pocas alternativas: entrar en moratoria de pagos a corto plazo o hundirse en la hiperinflación. Es evidente que ellos apuestan por la hiperinflación, de ahí la prisa por invertir sus dólares en el exterior, es decir, convertirlos en valores reales antes de que sean sólo un montón de papeles prácticamente inservibles. Se ha publicado que China es uno de los compradores importantes de esos mismos papeles del tesoro que estarían destinados a devaluarse. Lo que indica que ellos están comprando tiempo y posiblemente estén dispuestos a sostener esa burbuja (un dólar sobrevaluado) durante el tiempo que les tome gastar o invertir una buena parte de sus reservas. Mientras, en Estados Unidos todo se resume en una tragicomedia de ambigüedades y propaganda insensata: Obama se apresta a administrar aspirinas (el rescate de los 700 mil millones) para el cáncer avanzado de Estados Unidos, pero al mismo tiempo, su gobierno gastará este año mucho más de esa suma en dos guerras prácticamente perdidas, y en el desarrollo de nuevas armas (el gasto bélico en general anda en 1 millón de millones de dólares aproximadamente). No hay forma de que Obama ignore que el Medicare, Social Security, las pensiones y fondos de retiro del trabajador americano son ahora promesas imposibles de cumplir en un país donde la banca y el gobierno están en quiebra. Y conforme los inversionistas extranjeros dejen de comprar esos papeles, las prensas de la Reserva Federal aumentarán el ritmo de impresión de los billetes verdes, para comprar ellos mismos la deuda federal, en un círculo vicioso cada vez más estrecho, cuyo resultado es la hiperinflación. Ya verá usted que en poco tiempo comenzarán a hablar de la “monetización de la deuda”, lo que significa llanamente que ellos serán sus propios compradores (como aquello de la serpiente que muerde su propia cola). Eso será el réquiem para el dólar. En México, la situación es tan surrealista, tan loca, que parece sacada de uno de esos cuadros fantásticos de Escher o Salvador Dalí. El presidente insiste en aislar al país de la realidad mediante discursos y arranques emocionales de optimismo absurdo, protegido mentalmente por una barrera sicológica de pensamiento positivo. Como quien cree protegerse de la violencia dejando de leer los periódicos o negándose a escuchar las noticias. Un ritual de fe ciega que aspira a desembocar en un acto de taumaturgia (ya decía mi amigo Armando que en México lo único serio es la lucha libre, lo demás es pura vacilada). Parece ser que China es uno de los pocos jugadores económicos que realmente se está moviendo de acuerdo con la realidad, no en balde es el líder mundial en crecimiento, y no es por casualidad que se perfile como la superpotencia económica, tecnológica e industrial de este siglo. La debacle estadunidense ya ha golpeado fuertemente las expectativas de crecimiento de China, pero de ninguna manera se compara con el caso de los países que la hacen de “Mini-Me” de Washington (en referencia a la película de Austin Powers). Lo más probable es que China entre en un periodo de construcción de infraestructura de proporciones épicas, para estimular su economía interna, mientras llega el año 2016. Para entonces, la crisis habrá tocado fondo, y el mundo será diferente. El gran dragón desplegará sus alas y surcará los cielos del planeta. En nuestro país, Felipe Calderón será historia antigua, y nosotros tendremos que coger hilo y aguja para remendar los pedazos de México que nos hayan quedado. El pueblo estadunidense hará lo propio y podremos, al fin, darle vuelta a una de las páginas más negras de la historia contemporánea. Hacerle al futurólogo, tomando en cuenta las cifras duras y calibrando a los gobernantes en su justa mediocridad, es un ejercicio lóbrego y desalentador; pero puede resultar más sano que adormecernos en la ensoñación optimista de esos méxicos luminosos y progresistas que siempre nos prometen, y que invariablemente se convierten en pesadillas. Claro que los habitantes de las disneylandias mexicanas y estadunidenses no estarán de acuerdo, pero recordemos que suelen hablar según les va en la feria.

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