Si se considera el escenario en que inicia su mandato, podría aceptarse que el peor trabajo en estos momentos es ser presidente de Estados Unidos. Las expectativas y los desafíos, internos y externos, antagónicos entre ellos, que gravitan sobre la naciente administración de Barack Obama son inmensurables y requieren un gobernante con la estatura de un estadista para enfrentar el estado de desastre nacional y mundial que le heredó George W. Bush, el más dramático desde la gran depresión de la década de 1930. Dadas las circunstancias, las primeras medidas que adopte en materia local e internacional perfilarán lo que podrán obtener sus connacionales y el resto del mundo. Determinarán la manera en que afrontará la crisis general estadunidense. Quién pagará los costos. Cómo enfrentará el desorden planetario que generó la militar estrategia geopolítica de los halcones que agudizó el odio en contra de su nación, una de cuyas manifestaciones más ominosas es el respaldo concedido por Bush al criminal e impune baño de sangre que en estos momentos lleva a cabo Israel en contra de los palestinos, emulando al que aplicó su propio país en Afganistán o Irak y como aventajados alumnos de Hitler. En un gesto de “buena voluntad” mundial, para tratar de limpiar un poco la turbia imagen de Estados Unidos, ¿Barack Obama sentará a Shimon Peres, Ehud Olmert, Ehud Barak, Avital Leibovitch, Tzipi Livni, Dan Harel y demás junto a Slobodan Milosevic, para que sean procesados por crímenes de guerra, contra la humanidad y genocidio? ¿Les promoverá su juicio de Núrenberg? ¿Cómo tratará de restaurar la decadencia de la hegemonía imperialista estadunidense?

Mientras se perfilan las directrices de las políticas inmediatas y mediatas del gobierno de Barack Obama, que empezarán a despejar el futuro, se abre una circunstancia histórica única, similar a la ocurrida entre finales del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, donde terminó por hundirse el imperialismo inglés: el impulso de las fuerzas centrífugas que en las siguientes décadas aceleren el debilitamiento y el fin del mundo unipolar, dominado por Estados Unidos –cuyo clímax fue alcanzado a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, seguido por su declinación a partir de ese momento–, y la emergencia y consolidación de otro multipolar. Merced al debilitamiento del imperio, por un lado, se presenta la oportunidad de que los países subdesarrollados promuevan un desarrollo más autónomo, ante el descrédito en que ha caído el Consenso de Washington y los organismos multilaterales, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, incluyendo a las Naciones Unidas, corresponsables del actual derrumbe internacional, cuyo polvo levantado oculta otro hecho de mayor trascendencia: el caos estructural en que está hundido el sistema capitalista desde la década de 1960, cuyo destino es incierto y que se definirá en los siguientes decenios. Por otro, también brinda la opción para el fortalecimiento de los movimientos y alternativas anticapitalistas que, como es natural, nada esperan del nuevo régimen de Estados Unidos y luchan contra él, pues los objetivos y los senderos son antitéticos.

Es cierto que una cosa es el tempo histórico y otro el de Barack Obama. El afroamericano y su equipo tienen ante sí tal cantidad de problemas que los mantendrán ocupados durante prácticamente sus cuatro años de gobierno, y de cuyos resultados dependerá el destino de la marchita hegemonía capitalista de Estados Unidos, del cual muchos esperan y luchan que, como en el caso de los ingleses, sólo quede la nostalgia y la pesadilla de la larga noche. Unos están asociados a las secuelas del estallamiento de la burbuja especulativa neoliberal de 2007-2008; otros, a los desequilibrios macroeconómicos y estructurales, producto de la política económica instrumentada por la contrarrevolución neoconservadora en 1979-2008. Algunos más, al desarrollo estadunidense durante la posguerra, sobre todo desde la década de 1970 que mostraron los síntomas de su decadencia productiva, comparados primero con los europeos, como Alemania o Japón; luego con algunas naciones del sureste asiático y, recientemente, con Rusia, China o la India. Desde luego, también están presentes los conflictos geopolíticos y económicos del Medio Oriente o Asia Central, el norte de África, entre otros.

La principal preocupación de Barack Obama es el corto plazo. Algo tiene qué hacer ante los propios estadunidenses, que esperan de él la reencarnación de la grandeza de Franklin Roosevelt, quien contribuyó a sacar a su país de la crisis de la década de 1930 y sentó las bases para su subsecuente e imperialista hegemonía mundial. Sobre todo los que han perdido sus propiedades, la perderán o están en la insolvencia de pagos, problema serio en una sociedad consumista que depende del colapsado crédito. O que en los siguientes meses serán arrojados a la calle para reforzar las filas de los desempleados que, según el departamento del Trabajo, aumentaron en 3.5 millones entre abril de 2007 y noviembre de 2008: de 6.8 millones (4.5 por ciento de la población económicamente activa, PEA) a 10.3 millones (6.7 por ciento) y que posiblemente sumen 11 millones al cierre de 2008, sin considerar a los que abandonaron la búsqueda de un inexistente empleo. O los que fueron condenados a la pobreza por la política antisocial de los neoconservadores para abultar las ganancias de las empresas, los especuladores, y financiar las criminales guerras en los ocho años del gobierno de baby Bush. Según la Oficina del Censo, en 2000, los pobres ascendían a 31.6 millones, 11.3 por ciento de la población total. En 2007, 37.3 millones, es decir, 12.5 por ciento. Por familias, éstas pasaron de 22.4 millones a 26.5 millones, del 9.6 por ciento al 10.8 por ciento del total. Quizá en 2008 los pobres llegaron a 40 millones. Según, Barack Obama llevará a cabo un ambicioso programa de obras públicas por al menos 775 mil millones de dólares (MMDD), que incluye recortes de impuestos por 300 MMDD, para tratar de crear de 1.5 millones a 3 millones de nuevos empleos, contra 1.5 millones que se requerirán anualmente, 9.2 millones en su cuatrienio. Dicho gasto contrasta, por modesto, con el presupuesto derrochado por Bush, Ben S. Bernanke –de la Reserva Federal– y Henry M. Paulson, del Tesoro: cerca de 1.5 billones de dólares (BDD) para tratar de rescatar a los piratas financieros –nada para el aparato productivo, salvo 17.5 mil millones para las ineficientes empresas automotrices– que provocaron el estallido de la burbuja especulativa, supuestamente para consolidar a los intermediarios, superar la crisis de liquidez y restaurar el crédito, resultados que no se ven por ningún lado. Lo único que se observa es la creación de nuevas burbujas por medio de las cuales los especuladores tratan de resarcir sus pérdidas, medida que, en el fondo, es el objeto de Bush, Bernanke y Paulson.

También es evidente que, ante un Bush impasible, la economía pasó de la clásica recesión, iniciada en enero de 2008, a la deflación (recesión con caída de precios: entre agosto y noviembre los precios al consumidor fueron de -0.1 por ciento, 0 por ciento, -1 por ciento y -1.7 por ciento). Ahora, todo indica que Barack Obama tendrá que lidiar con una depresión de larga duración que ya se inició, si se consideran los drásticos desplomes en la construcción, las manufactureras o el comercio. La política monetaria, con las tasas de referencia de 0 por ciento, llegó a su límite sin mejorar la liquidez, el crédito, la confianza y las expectativas productivas. No funcionó. La política fiscal expansiva, si funciona, tardará varios meses en rendir frutos, por lo que, de todos modos, optimistamente, la economía decrecerá 2 por ciento en 2009. Si bien le va a Estados Unidos, será hasta 2010 cuando se perciban los primeros síntomas de la reactivación. Barack Obama tendrá que aplicar una estrategia más agresiva y creativa que el simple manejo monetario y fiscal. Si fracasa se hundirá en una depresión duradera como la que padeció Japón entre 1990 y 2002, luego de la quiebra de su burbuja especulativa y de la cual aún no se recuperaba antes de caer en una nueva recesión, en 2008. O como la que sufrió el mismo Estados Unidos entre 1929 y la Segunda Guerra Mundial. Un crecimiento sostenido a largo plazo exigirá la reestructuración de las bases de la acumulación capitalista, subordinada a la esfera y el rentismo financiero, arrojar al basurero de la historia al fracasado modelo neoliberal doméstico. Desde finales de la década de 1960, Estados Unidos perdió la guerra de la competitividad. Entre 1971 y 2007 su productividad creció a una tasa media anual de 1.6 por ciento, contra la de 2.3 por ciento del resto del Grupo de los Siete, según datos de la OCDE. Su aportación al PIB (producto interno bruto) mundial bajó de 40 por ciento a 24 por ciento del total entre 1940 y 2008; quizá caiga a 21 por ciento en 2013. Respecto del comercio, declinó de 17 por ciento a 11 por ciento. Dejó de ser el principal “motor” de la economía mundial. El impulso se trasladó hacia China, India y otros países asiáticos.

La paradoja histórica: a Barack Obama le urge superar la depresión y restaurar la hegemonía económica de Estados Unidos, cuya limitación de recursos naturales explica la intervención militar de Bush en el Medio Oriente y Asia Central (Afganistán, Pakistán, India, Cachemira), apoyado por Israel y otros países (Irak, Irán, Siria), en el “cuerno de África o las zonas del Mar Caspio y Mar Negro, para tratar de apoderarse del crudo y el gas, generando un grave proceso de desestabilización y reordenamiento internacional a favor y en contra de Estados Unidos. Esto incluye también el cinturón higiénico que construye con los países del exbloque soviético en torno a Rusia, sus conflictos con China, o el distanciamiento con la mayoría de los gobiernos latinoamericanos del imperio. Estados Unidos obligó al resto del mundo a abrir sus mercados a través del FMI, el Banco Mundial y la OMC mientras cerraba los suyos. El fracaso de las negociaciones comerciales y ambientales se debe a ese trato desigual. Los pobres resultados obtenidos con las “negociaciones” económicas y políticas para obtener sus fines, son una manifestación del deterioro del “respeto” hacia el imperio y su capacidad de “convencimiento negociado”. La amenaza y agresión militar es un recurso históricamente usado, en última instancia, por las potencias para tratar de alcanzar lo que no pudo pacíficamente. Ello puede retrasar su decadencia, pero no evita su futuro derrumbe. En cambio, aumenta el resentimiento y el realineamiento en su contra, que otras naciones se armen para enfrentarlo. El esfuerzo hegemónico de Estados Unidos ha sido fallido. Perdió las guerras en Afganistán e Irak, como lo han advertido sus rivales. Se desacreditó aún más. Se desangró financieramente y sacrificó a su aparato productivo orientado hacia la industria de guerra. Los frentes que tiene que atender Barack Obama son demasiados.

En cambio, si Estados Unidos se hunde en una depresión duradera, el resto del mundo tendrá una gran oportunidad histórica para avanzar en un reacomodo en la división internacional del trabajo, crear nuevas monedas que compitan con el dólar e instituciones financieras, la bifurcación sistémica, su liberación del imperio y la construcción de bloques regionales, la multipolaridad capitalista o hacia un mundo poscapitalista. Sin embargo, los países no podrán evitar las consecuencias de la recesión-depresión mundial que se resentirán con fuerza en 2009, ante la caída del crecimiento, el comercio y el crédito. La magnitud de los costos dependerá de las políticas anticíclicas que apliquen.

Estados Unidos está debilitado. La crisis financiera le ha costado alrededor de 1.5 BDD. El gasto de guerra subió de 301 MMDD en 2001 a 601 MMDD en 2008; de 3 por ciento del PIB a 4.2 por ciento, 3.7 BDD acumulados. El déficit fiscal del gobierno federal de superávit por 189 MMDD en 2000 a un déficit por 631 MMDD a septiembre de 2008; estima que cerró el año en 1 billón. Su deuda aumentó de 5.7 BDD a 10.025 BDD y posiblemente terminó 2008 en 10.5 BDD. Su déficit comercial pasó de 455 MMDD a un estimado de 856 MMDD, y el corriente, de 417 MMDD a 707 MMDD. Esos desequilibrios sólo podrán ser sostenidos mientras el resto del mundo esté dispuesto a seguirlos sosteniendo. Pero también pueden contribuir a fracturarlo, lo que aceleraría el derrumbe estadunidense. Por ejemplo, sustituyendo gradualmente al dólar como la principal moneda de reserva mundial y dejando de comprar títulos del Tesoro y de las empresas de Estados Unidos. Pero las relaciones económicas y financieras son tan complejas como para que lo anterior suceda en el mediano plazo. Todos, o casi todos, estarán atados al mismo destino durante muchos años.


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