Los desafíos que enfrentará Barack Obama son tan complejos que el desencanto y la pérdida de legitimidad pueden aflorar prematuramente. “Esperanza” y “cambio” fueron dos de sus ambiguos lemas empleados incesantemente durante esas escenográficas campañas electorales –generalmente vacías de contenido– que caracterizan a su país. Antes de que inicie su gobierno, éste ya ha sido recargado de ilusiones y anhelos de cambio –ingenuos, endeblemente fundamentados, dentro y fuera de Estados Unidos– por quienes han sido víctimas, de alguna u otra manera, de las despóticas políticas neoliberales nacional e internacionalmente impuestas desde la década de 1970; las brutales consecuencias de los desmanes cometidos impunemente por sus beneficiarios, en especial los insaciables depredadores financieros, solapados y rescatados oficialmente, del genocida militarismo y de otras atroces prácticas impuestas por los neoconservadores, encabezados por George Bush (2001-2009), para tratar inútilmente de revertir el crepúsculo de la hegemonía mundial del imperialismo estadunidense.

 

Es obvio que algunos no esperan gran cosa de Obama, si se considera que las diferencias entre los demócratas y los republicanos se traslaparon hace tiempo –como ocurrió con el PRI y el PAN–, y sus pragmáticas ambiciones por llegar al gobierno les han llevado a defender los mismos intereses, con algunos difusos contrastes en sus matices. Los actuales demócratas nada tienen que ver con el partido de Franklin Delano Roosevelt. Ellos le dieron su voto porque estaban hastiados de los desacreditados neoconservadores encabezados por baby Bush, de sus infamias, sus mentiras, la escandalosa quiebra financiera y el fraudulento e impune rescate de las corporaciones con sus impuestos y la recesión. John McCain representaba su permanencia en el gobierno y, con su rechazo, esos votantes ayudaron a enterrarlo políticamente entre los escombros de la recesión. Otros, en cambio, anhelan respuestas, unos inmediatas, otros razonablemente mediatas, ante su angustiante situación. Ellos son las víctimas de la recesión. Los que han visto afectados sus niveles de vida. Los que perdieron sus viviendas, sus empleos, sus fondos de pensión, sus ahorros. Los náufragos periféricos del neoliberalismo que llegaron a Estados Unidos buscando la quimera del “sueño americano”.

 

Ahora Obama tendrá que demostrar que sus recargadas promesas no fueron la típica retórica empleada por cualquier candidato para tratar de llegar a la Casa Blanca. Que no es una ficción construida por su equipo de relaciones públicas. Que su gobierno no será más que mimético cambio de piel del sistema. Que no constituye más que la imagen opcional requerida urgentemente por las elites, luego que McCain se desdibujó, agobiado por lo que representaba el apestado cadáver político de Bush, y que les orilló a reorientar su generoso financiamiento hacia Obama.

 

Pese a su inherente racismo y conservadurismo, el bloque dominante, los wasp (el acrónimo inglés de white, anglosaxon and protestant, blanco, anglosajón y protestante), hace tiempo aprendieron a tolerar a alguien distinto a ellos, ya sea hombre o mujer, siempre y cuando tenga claro que una cosa es el gobierno y otra cosa es el poder, tal y como lo testifican Margaret H. Thatcher, Colin L. Powell, Condolezza Rice o Alberto Gonzales (de origen mexicano, que fue secretario de Justicia con el baby). Barack Obama es un hombre del sistema, alejado de ideologías radicales, de un Martin Luther King, un Malcom X o un subversivo Eldridge Cleaver, dirigente de los Panteras Negras, quien fue candidato presidencial de Estados Unidos en 1968 por el Partido Paz y Libertad, también publicó el libro Alma encadenada (Soul on ice, Alma en hielo), donde criticaba a los negros integrados al statu quo, antes de terminar destruido por la cárcel, su posterior conservadurismo y las drogas. Si Barack Obama entiende bien la dialéctica del amo y el esclavo, los límites impuestos por el poder político económico no enfrentará graves problemas.

 

Las dificultades estarán en otra parte: en las prioridades de su agenda que condicionarán su legitimidad social, en su talento, en el equipo que ha elegido, en los márgenes de acción y en su habilidad para enfrentar el desastre heredado por Bush y sus halcones: Richard B. Cheney, Donald Rumsfeld, Robert Gates, Condoleezza Rice, y sus responsables económicos: Ben S. Bernanke y Henry Paulson, así como los buitres de las corporaciones. No será fácil, por no decir imposible, tratar de revertir el descrédito de Estados Unidos –el peor de su historia, ante las genocidas agresiones militares y de otro tipo cometidas en Afganistán, Irak y otras latitudes– por los republicanos ni restaurar su agónico liderazgo imperialista, económico y político que, como el británico, empieza a difuminarse entre las sombras de la historia como una bestial pesadilla. Tampoco lo será tratar de reflotar a la economía de la violenta crisis del sector financiero que se expande inexorablemente hacia el productivo y la sociedad, sin que aún quede claro hasta dónde se desplomará, cuál será su intensidad ni sus costos, cuánto tiempo permanecerá en el fondo del pozo, cuánto tardará en reactivarse y a qué ritmo. Lo único perceptible hasta el momento es que será peor a las dos más importantes registradas por Estados Unidos en el siglo XX, que duraron 16 meses: la de noviembre de 1973 a marzo de 1975 y la de julio de 1981 a noviembre de 1982. La deflación actual, reflejada en la caída de la producción y los precios –que lleva ya un año de duración­, reconoce la Oficina Nacional de Investigación Económica–, es comparable con la depresión que siguió a la crisis de 1929 –aunque difícilmente caerá como en el periodo de 1930 a 1932: durante 43 meses, de agosto de 1929 a marzo de 1933, las tasas fueron negativas en 8.6 por ciento, 6.4 por ciento y 13 por ciento, y sólo pudo salirse de ella gracias a la Segunda Guerra Mundial. Y que aún falta por ver un mayor derrumbe de la producción y quiebra de empresas, un mayor desempleo (de diciembre de 2007 a noviembre de 2008 aumentó 2.7 millones, al pasar de 7.7 millones a 10.3 millones, de 5 por ciento a 6.7 por ciento de la población económicamente activa (PEA); en promedio anual subió 1.6 millones, de 7.1 millones a 8.7 millones), que podría superar los 10 millones en 2009, poco más del 10 por ciento de la PEA. La tragedia social será el signo del próximo año y, quizá, los primeros síntomas de la reactivación se observen hasta 2010. Si es que Estados Unidos no se hunde en una depresión similar a la de Japón, que abarcó de 1991 a 2002.

 

Todo dependerá de la calidad del programa económico de emergencia que se adopte, la eficacia en su instrumentación, a quién pretenda salvarse primero y los recursos financieros disponibles. Porque el usado por Bush-Bernanke-Paulson, como dice Joseph Stiglitz, “no pudo ser peor”. Los intereses reales son negativos y la producción y el consumo no responden, al contrario, se agravan. En realidad, el trío no hizo nada para enfrentar la deflación y ha gastado más de 5 billones de dólares en 22 programas de salvamento. El total para apuntalar la economía podría llegar a 7.5 billones, la mitad del producto interno bruto de Estados Unidos. En realidad, el trío sólo buscó rescatar a los grupos financieros que resarcieran sus pérdidas creando otra burbuja especulativa, trasladando sus pérdidas a las cuentas públicas y abultando el déficit presupuestal y la deuda estatal. El déficit presupuestal pasó de 310 mil millones en 2007 a 626 mil millones en octubre de 2008, y podría cerrar el año en alrededor de 1 billón. La deuda del gobierno federal, reconocida hasta el momento, de 9 billones a 9.7 billones, aunque fácilmente llegará a 14 billones, aún sin considerar los quebrados servicios de salud y la seguridad social. Dice Kent Smetters, de Wharton: “Si el tipo de contabilidad que el gobierno hace se hubiera hecho en el sector privado, ahora estarían en la cárcel”.

 

Barack Obama promete un ambicioso e inmediato programa keynesiano, cuyo costo ascendería de 150 mil millones a 700 mil millones de dólares que crearían 1.5 millones de empleos hacia 2011. El problema es que esa cantidad es menor al número medio de desempleados actuales, más los que se acumularán en 2009. Además, Estados Unidos necesita crear cada año 1.9 millones; es decir, en su cuatrienio se demandarán 9.2 millones. Si la tasa de desempleo supera el 10 por ciento, los más afectados serán los grupos marginales (hispanos, africanos, jóvenes), donde se acercará a 15 por ciento. Con un país con una tasa cero de ahorro, ¿cómo pretende Obama financiar el rescate de la economía y su programa emergente? En parte, reajustando el presupuesto, recortando algunas partidas y ampliando otras. Pero sobre todo como lo ha hecho Estados Unidos desde que Ronald Reagan convirtió a su país del mayor acreedor al mayor deudor del planeta: tomando prestado el ahorro del mundo, descapitalizándolos, sometiendo a presión sus economías y sociopolíticas, desestabilizando a los mercados financieros. Si Estados Unidos fuera cualquier país, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya lo hubiera presionado a ajustarse.

 

Dijo Barack Obama: “En este momento decisivo para nuestra nación, las viejas maneras de pensar y actuar simplemente no funcionan. Debemos buscar ideas frescas de las mentes más destacadas del país”. ¿Quiénes son esas “mentes destacadas”? Para su equipo politicomilitar Barack Obama buscó a Robert Gates, Hillary Clinton, Joe Biden o Rahm Emanuel. ¿Son experimentados? Es indudable que lo son esos clintonianos reciclados. ¿Son las “mentes más frescas”? Son añejos vinos en rancios odres. Lo cuestionable es su experiencia. El “antibelicista” Barack Obama no convocó a ninguna “paloma”. Si los bushonianos fueron halcones seducidos por la fuerza bruta militar, las políticas desestabilizadoras y la promoción de los golpes de Estado para imponer la hegemonía de Estados Unidos, la pandilla de Barack Obama no se horroriza ante esos métodos. También son halcones, aunque algunos prefieren llamarlos “halcones-paloma”, porque, supuestamente, prefieren otras formas de “persuasión”: “Las presiones negociadas”, la injerencia abierta o soterrada en otros países o la desestabilización, sin descartar el terrorismo y los golpes de Estado y la agresión militar como lo hizo William Clinton en la zona del Kosovo. Como “candidato de la paz” consideró la lucha contra Al Qaeda y los talibanes, en Afganistán y Pakistán, como su “principal prioridad”. Anunció una gradual “retirada” de Irak, dejando algunos cuantos miles de militares en ese país. No mezquinó amenazas en contra de Irán ni su respaldo a los genocidas israelitas. Barack Obama sigue los consejos de Zbigniew Brzezinski –cruzado de la Guerra Fría, corresponsable del desorden en Asia Central y Medio Oriente y promotor de Al Qaeda y los talibanes, entre otras fechorías– y otros “experimentados” clintonianos en política exterior, expertos en la “guerra contra el terror” y ansiosos por continuar el capítulo abierto por Bush en el Medio Oriente y Asia Central –el Mar Caspio y el Mar Negro–, entre otras zonas geopolíticas estratégicas vitales para los intereses de Estados Unidos, ricas en hidrocarburos, y para los nuevos frentes de guerra abiertos en contra de Rusia, China, Irán o India.

 

La señora Clinton es furiosamente militarista. Biden fue un vigoroso partidario de la agresión a Irak. Gates sólo se distanció de Bush en las formas guerreristas, no en su uso. Emanuel fue un duro adepto de la invasión a Irak y es un rabioso judío, defensor y solapador del genocidio que comete Israel en contra de los palestinos y de sus políticas desestabilizadoras en Medio Oriente, afines a los intereses de Estados Unidos. Todos son “buenos muchachos”.

 

Su dream team económico también es reconocido por su experiencia –sobre todo en Wall Street, que vio con beneplácito su nombramiento–, pero no por sus “ideas frescas” ni por ser “las mentes más destacadas”, pues ellos guardan un desagradable tufo antikeynesiano. Todos son furiosamente monetaristas, neoliberales. Varios son clones de Robert Rubin y veteranos del gobierno de Clinton. Como diría el economista Doug Henwood, de Left Business Observer: “Por lo menos confirma que la gente de Obama son buenos ecologistas: practican el reciclaje”. Fueron promotores y entusiastas defensores de la liberalización y desregulación de los mercados que quebraron la economía. Son corresponsables de la burbuja especulativa y del mercado de derivados, estimulada por los bajos réditos, el crédito fácil, los fraudes, la complacencia. Son los arquitectos del desastre ahora convocados a resolverlo. Son la encantadora imagen utilizada como “puente” para reforzar el statu quo financiero, seguir adelante con la orgía especulativa, velar por los intereses de Wall Street, opacados detrás del “ambicioso” programa keynesiano de Barack Obama. Jonathan Weil escribió en Bloomberg News: “Muchos de ellos deberían estar recibiendo citaciones como testigos materiales” por la catástrofe financiera, en lugar de “figurar como miembros del círculo íntimo de Obama”. Alrededor de la mitad “han tenido posiciones de importancia en empresas que, en mayor o menor grado, han falsificado sus declaraciones financieras o contribuido a la crisis económica mundial, o ambas cosas a la vez”. Es realmente plausible que “¿no confundirán los intereses de la nación con sus propios intereses corporativos?”

 

Ese equipo no tiene nada de progresista. El monetarista brasileño Roberto Campos dijo un día que “el monetarista es un keynesiano-estructuralista en apuros”. ¿El pragmático dream team será monetarista keynesiano en apuros?

 

Desde el recién creado Consejo Asesor para la Recuperación Económica, Paul Volcker será el “hombre anticrisis”. El respetado Volcker es conocido como el doctor shock. Como subsecretario de la Tesorería para Asuntos Monetarios Internacionales y socio de David Rockefeller, “ayudó” a Nixon, en 1971, en su decisión para demoler Bretton Woods, al desligar el dólar del oro (la “solución Volcker”). Como responsable de la Reserva Federal con Jimes Carter y Ronald Reagan, impuso el friedmaneano programa de monetarista de shock de 1979 para bajar la inflación, a costa de la recesión de 1980-1981 y alto desempleo, que desencadenará la crisis mundial de la deuda –iniciada en México en 1982–, la adopción de las recetas neoliberales y la quiebra de miles de cajas de ahorro en Estados Unidos en esa década. Robert Rubin –responsable de la política económica de Clinton y patriarca de Timothy F. Geithner, próximo secretario del Tesoro; Lawrence H. Summers, que será asesor en asuntos económicos, y Peter R. Orszag, que manejará el presupuesto– fue defensor de la desregulación financiera, el libre comercio internacional y el presupuesto balanceado; impulsor de las renegociaciones de la deuda internacional favorable a Estados Unidos y corresponsable del derrumbe de Rusia y los “tigres asiáticos” al imponerles la liberalización financiera. Junto con Summers, promovió la derogación de la Ley Glass-Steagall, que separaba los bancos comerciales de las instituciones financieras que provocaron la crisis actual, y ayudó a negociar los oscuros apoyos al quebrado Citigroup, de turbias operaciones.

 

Rubin fue remplazado en el Tesoro por Summers, quien –además de considerar que las mujeres tienen una “menor capacidad innata” que los hombres– se opuso regular los derivados, esas “armas de destrucción masiva” como los llamó Warren Buffett. En 1996, James Tobin propuso “echar arena (regular) en las ruedas de los mercados especulativos de los capitales con un impuesto a las transacciones. Cuando era académico, Summers fue más allá: planteó extenderlas a las acciones y los barack obamas de las corporaciones y los de gobierno. Como funcionario renegó de sus ideas. También es solidario de las crisis asiáticas y rusas. Desde su puesto obligó a James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial (BM), para que despidiera a Joseph Stiglitz, entonces economista jefe, que empezaba a cuestionar el neoliberalismo del consenso de Washington, el FMI y el propio Banco. Otro economista del BM, Ravi Kanbur, tuvo que renunciar al organismo por sugerir que desde el Banco se promoviera la redistribución del ingreso, hecho que molestó a Summers, entre otros. Summers también es partidario de la lógica económica de que arrojar una carga de basura tóxica en un país de bajos salarios era impecable.

 

Para Dean Baker, uno de los pocos economistas que advirtieron sobre el inminente desastre, Summers es “uno de los villanos principales en la actual crisis económica”, y poner la política financiera en las manos de Rubin y Summers es “como recurrir a Osama Bin Laden para que ayude en la lucha antiterrorista”.

 

Timothy Geithner es otro fanático del “libre mercado” y tiene mucho que decir sobre la política de la Reserva Federal, organismo donde trabajó, en Nueva York. También jugó un papel nada despreciable en la manía desreguladora, la burbuja especulativa y la quiebra global, en la operación JP Morgan-Bear Stearns, en la bancarrota de Lehman Brothers, el rescate de SAIG y en la aplicación del poco transparente salvamento financiero. Austan Goolsbee, “un verdadero genio de la Universidad de Chicago”, es un cruzado monetarista. Orszag y Rob sabrán donde ajustar presupuesto; con Clinton lo hicieron con el social. Christina Romer, estudiosa de la recesión, profesora de la Universidad de California en Berkeley y próxima directora del consejo de asesores económicos, también es economista ortodoxa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here