El proyecto de rescate ha sido orquestado en función del miedo. Demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Por qué no estamos aprobando nuevas leyes para acabar con la especulación de los que han urdido esta situación? ¿Por qué no estamos preparando nuevas estructuras reguladoras para proteger a los inversores? ¿Por qué no estamos directamente ayudando a los propietarios de las viviendas con sus deudas? ¿Por qué no estamos auxiliando a las familias que se enfrentan con la bancarrota? ¿No es hora ya de implantar cambios fundamentales en nuestro sistema monetario basado en la deuda para que podamos liberarnos a nosotros mismos de las manipulaciones de la Reserva Federal y de los bancos? ¿Dónde estamos, en el Congreso de Estados Unidos o en la Junta de Directores de Goldman Sachs?

Dennis Kucinih, congresista demócrata por Ohio

Dice el economista Paul Krugman, en The New York Times: “El plan apesta. Y los funcionarios del Tesoro todavía deben ofrecer una explicación clara sobre cómo se supone que va a funcionar el plan, porque probablemente ni ellos tienen idea de lo que están haciendo”. Que si apesta, peor que en Dinamarca, es indiscutible. Las razones de “Estado” empleadas por el baby George Bush, Hank Paulson, titular del Tesoro, y Ben S. Bernanke, de la Reserva Federal, para justificar el rescate de los estafadores, con el dinero público, y crear el Fobaproa estadunidense, con la complicidad del congreso, son inútiles, como en el caso mexicano, para tratar de evitar el desvergonzado hedor corrompido que impregna los escombros financieros del centro del capitalismo desbocado o neoliberal.

Como en México, el objetivo central es rescatar a los parásitos rentistas que, con su “megaespeculación” –como la calificara la conservadora y promotora del “libre cambio” revista The Economist–, su orgía especulativa, legal e ilegal, en confabulación con las autoridades, llevaron a la espectacular quiebra financiera de Estados Unidos. Sus pasiones salvajes, una vez que el gobierno las liberó del dogal regulatorio y que explica que las ganancias del sector financiero pasarán de 10 a 40 por ciento del total de los beneficios empresariales, entre 1977 y 2007, según dicha publicación, son las responsables del colapso sistémico que arruinó la arrogancia imperialista estadunidense y redujo su estatura a la de un harapiento mendigo.

Todos jugaron con la ruleta de los títulos basura y en inmundicia redujeron a una docena de intermediarios financieros. Destruyeron la banca de inversión, el paraíso de la voracidad. Arrasaron con el dogma de la eficacia del “mercado libre” y el esfuerzo de George Bush y los neoconservadores por tratar de restaurar la soñada hegemonía imperialista de Estados Unidos. También son responsables de que los republicanos tengan que dejar la presidencia. Con las hipotecas incobrables y los títulos ficticios, terminaron por hipotecar a la propia Casa Blanca, el Tesoro y la Reserva Federal. Convirtieron a perpetuidad en rehén tributario a la población, como los especuladores lo hicieron en México, y los condenaron a aumentar sus contribuciones para pagar la deuda de Estados Unidos que, bruscamente, subirá al menos un 1.1 billón de dólares (BDD) más, junto con al menos 29 mil millones de dólares (MMDD) adicionales, mientras no suban los réditos por concepto de intereses anuales. Son corresponsables de la profunda recesión en que se hundirá esa economía y del declive mundial. La restauración del sistema financiero y su credibilidad tardará varios años.

A la docena de intermediarios quebrados sólo les queda la flema como nostalgia y el símbolo del libertinaje: Bear Stearn, comprado por JP Morgan-Chase; Lehman Brothers; Merrill Lynch, vendida al Bank of America; AIG, la mayor aseguradora del planeta; los bancos hipotecarios Freddie Mac, Fannie Mae e Indy-Mac; la mayor mutual, Washington Mutual; Wachovia; New Century Financial Corporation, especializada en hipotecas de alto riesgo pero no en los propios; o Ameribank Inc, la víctima más reciente. Ello sin considerar a las colapsadas firmas no financieras y amigos depredadores del resto del mundo. Más los que se acumulen en los días subsecuentes, porque al término del segundo trimestre la Corporación Federal de Garantías de Depósitos señaló que el número de bancos en problemas en Estados Unidos subió 30 por ciento (117 instituciones). ¿Quién sigue en la ventanilla de la socialización inescrupulosa de las pérdidas privadas?

Hasta el momento, la banca mundial ha perdido más de 587 MMDD en créditos y se ha visto obligada a elevar su capital en 440.4 MMDD, lo que arroja un saldo negativo por 36.6 MMDD. El 60 por ciento de la pérdida total se concentra en Estados Unidos y Canadá, el 39 por ciento en Europa y el resto en Asia. Sólo los empleos perdidos en el sector suman 131.7 mil. Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional (FMI), estima los quebrantos en los bancos europeos y de Estados Unidos en 640-735 MMDD por la caída del valor de sus activos. Al considerar al sistema financiero mundial en su conjunto, los calcula en 1.3 BDD. En abril, había pronosticado un costo por 945 MMDD. Es obvio que el número de damnificados y la cuantía se elevarán sustancialmente en lo que resta de 2008.

Dice Krugman que el Tesoro no ha dado explicación clara de cómo va a operar el rescate. La interrogante es ociosa. Deliberadamente Bush, Hank Paulson y Ben S. Bernanke optaron por la opacidad, porque es mejor operar en las catacumbas que ante el escrutinio público y del congreso. Así se intentaba ocultar el cúmulo de tropelías cometidas por los delincuentes financieros -quienes, a su vez, habían escondido una parte significativa y desconocida de sus operaciones dolosas fuera de las hojas de balance- y convertir la basura en deuda pública. México y otros países que han rescatado a sus sectores financieros ilustran nítidamente el procedimiento. ¿No se recuerda que en la propuesta original, el baby y compañía querían que el congreso renunciara a sus responsabilidades, le diera poderes excepcionales a Paulson y se le concediera a este último la inmunidad ante una eventual revisión por parte de cualquier tribunal u organismo administrativo (la última consumación del sueño de la administración Bush de un ejecutivo unitario)?

Hasta el extravagante George Soros, que bien conoce ese inframundo por ser experto en navegar y ganar en aguas nauseabundas, no sólo se escandalizó ante desproporcionada pretensión. También dijo que los antecedentes de Paulson no inspiran la mínima confianza para darle libre albedrío. Lo acusó, por alguna extraña razón, de permitir el derrumbe de Lehman Brothers al negarle apoyo, mientras respaldaba a otros intermediarios. Con ese proceder lo responsabilizó de la crisis financiera y de confianza que culminó en la instrumentación del rescate sistémico. Más aún, experto en la materia, Soros añadió que el Tesoro será el que termine con los desechos. A menos que el Tesoro sobrepague los valores, el esquema no va a traer alivio. Pero si el esquema es usado para salvar a bancos insolventes, ¿qué van a recibir a cambio los contribuyentes?, se pregunta Soros.

Resulta retórico preguntarse cómo va a operar el rescate y si va a funcionar. El objeto central es rescatar a la oligarquía financiera y se logrará lo mejor que se pueda, a cualquier costo, por inmensurable que sea. Si alguien piensa que su eficacia dependerá si se protege y se contrarresta la magnitud de las pérdidas de los pequeños inversionistas y los deudores hipotecarios. Si se evita o no el colapso del sistema de pagos; si se logra atajar la profunda recesión en que se hunde irremisiblemente la economía estadunidense con sus secuelas que apenas empiezan a resentirse en el resto del sistema capitalista; o si se impide que la hegemonía mundial de Estados Unidos, su proyecto neoliberal y el credo librecambista queden sepultados entre sus propios escombros, su razonamiento no puede más que calificarse como ingenuo. La respuesta es obvia. No. Además, ya es demasiado tarde si fuera la intención. Por razones de “Estado”, el congreso tuvo que tragarse el sapo. Sólo le puso algunos adornos para tratar de esconder el miasma y de convencer a la población de las bondades del postrero regalo envenenado de Bush, ese cadáver político apestoso e incómodo para todo el mundo.

Que si no tienen ni idea de lo que están haciendo, ante la obviedad de las cosas, el planteamiento absurdo para un agudo analista como Krugman. A los responsables del rescate no se les puede aplicar esta divisa: “Perdónalos señor, porque no saben lo que hacen”. George Bush actúa en defensa de la elite que le ayudó a robarse la presidencia. Es empleado de los amos del imperio y gobernó para ellos. Por ellos invadió países, recortó impuestos, convirtió al Estado en generoso contratista, solapó excesos, profundizó la contrarrevolución neoconservadora, recortó las libertades civiles, entre otras tantas minucias. Paulson tampoco es un ignorante inocente. Fue presidente ejecutivo de Goldman Sachs, el banco de inversión más grande de Wall Street, participante consuetudinario de la orgía financiera y víctima de la especulación. Fue su empleado desde 1974 y, según Bloomberg, ganó 38 millones de dólares en 2005 y otros en 2006, antes de convertirse en secretario. Tiene 3.2 millones de acciones de Goldman Sachs, que valen más de 400 millones de dólares y otras fuentes estiman su patrimonio en 700 millones. Por ello, Bush dijo, muerto de risa, cuando le puso en ese puesto, que él “comparte mi filosofía: que la economía prospera cuando confiamos en los estadunidenses para ahorrar, gastar e invertir su dinero como ellos tienen a bien; que entiende que el gobierno debería gastar el dinero de los contribuyentes sabiamente; que él trabajará estrechamente con el Congreso para ayudar a refrenar el apetito de gastos del gobierno federal y nos mantendrá sobre la pista para lograr nuestro objetivo de cortar el déficit en la mitad hacia 2009; que es uno de los ejecutivos más prominentes, una voz fuerte y constante para la responsabilidad corporativa. Con los escándalos corporativos de Enron, World Com, Arthur Andersen, Hank mostró su mando y carácter por pedir las reformas que reforzarían el modo en que las empresas son administradas y mejorar sus contabilidades” (http://www.whitehouse.gov/news/releases/2006/05/20060530.html). En este caso, Bush sabía de lo que hablaba.

Paulson, qué duda cabe, ha sido magnánimo, con el beneplácito de Bush. No sólo busca salvar a sus amos, sino también su bolsillo. Siempre ha sido espléndido en recortar beneficios sociales; en abrir la bóveda fiscal para financiar el criminal genocidio militar del nuevo Nerón en Afganistán o Irak. ¿Alguien esperaba que los congresistas no legalizaran la estafa ante el temor de que los votantes truncaran sus reelecciones? El que financia campañas y carreras políticas manda. ¿Qué McCain u Obama rechazarían el rescate, a riesgo de perder la Presidencia, debido al castigo de los electores? Como recuerda Juan Gelman (Página 12, 28 de septiembre de 2008), fino poeta y analista, basado en información del Centro de Políticas Responsables de Estados Unidos, gran parte de los grupos al borde de la quiebra (bancos comerciales y de inversión, compañías de seguros, inmobiliarias, grandes firmas de abogados y círculos financieros) han financiado abundantemente sus precampañas, de manera desinteresada, obviamente. El responsable de la campaña presidencial del republicano cobra 15 mil dólares por mes, como presunto asesor de la firma Freddie Mac, una de las que originaron el caos. Se estima que los dos partidos han recibido de ellos más de 1 mil 600 millones de dólares (MDD) desde 1997. A McCain le han dado, al menos, 30 millones de dólares. A Obama, más de 22.5 millones de dólares (www.opensecrets.org). La banca inversora donó 9.9 MDD a Obama y 6.9 MDD a McCain. Los bancos comerciales, 2.1 MDD y 1.9 MDD, respectivamente. Lehman Brothers, Goldman Sachs y otras compañías son las que más han contribuido a la campaña de Obama. Merrill Lynch, Goldman Sachs y Citigroup a la de McCain.

¿Cuánto costará fiscalmente la reparación? Nadie sabe. Además, ¿a quién le importa?

El gobierno de Estados Unidos opera bajo la racionalidad capitalista. En las 124 crisis bancarias sistémicas que el FMI ha contabilizado entre 1970 a 2007, siempre han privado varios principios en los rescates: salvar a los responsables, socializar las pérdidas al pagarlo con los impuestos, elevar la deuda pública y recortar gastos no financieros, entre ellos el social. Bush pidió 700 MMDD y el congreso arrojó al pueblo migajas adicionales por 150 MMDD. George Bush solicitó elevar el endeudamiento estatal hasta 10.6 BDD y el congreso lo subió a 10.5 BDD si entrega todos los recursos. A los 850 MMDD hay que sumar los 85 MMDD de la estatización de AIG, 200 MMDD en Fanny Mae y Freddie Mac y 29 MMDD de la unión entre Bear Stearns-JP Morgan. En total, 1.1 BDD. Si se esperaba que la deuda federal de Estados Unidos fuera por 9.7 BDD en 2008 y 10.4 BDD en 2009, equivalentes a 67.5 por ciento y 69.3 por ciento del PIB, ahora pasará a 10.8 BDD y 11.6 BDD, a 75.6 por ciento y 77 por ciento, respectivamente. El nivel más alto desde 1951, cuando fue de 79.6 por ciento. En 2009 se esperaban pagar intereses por 260 MMDD, ahora serán de 281 MMDD.

¿En ese nivel quedará el quebranto? En México, se calculó inicialmente entre 5 y 8 por ciento del PIB y llegó hasta 20 por ciento.

¿El programa sirvió para tranquilizar la bestia de los especuladores? La permanencia de la caída bursátil es la respuesta: no les gustó, porque quieren todo, sin camisas de fuerza. Los índices Dow Jones, S&P500, Nasdaq y el mexicano se han derrumbado en 25.1 por ciento, 22.5 por ciento, 31.9 por ciento y 22.8 por ciento. El espectáculo del desplome durará un buen tiempo.

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