Después de todo, al panista Felipe Calderón Hinojosa le convino el réquiem del ritual de la presentación del informe de gobierno en el Congreso. Primero, porque esa chocante práctica autoritaria, que durante décadas sirvió para exaltar la soberbia despótica de los mandatarios priistas, ya se había agotado y convertido en una tortura para el mandatario en turno.

El Congreso, con la apertura a la oposición, dejó de comportarse cortesanamente ante el príncipe y empezó a cuestionarlo acremente. Quién no recuerda la cólera de Miguel de la Madrid durante la apoteótica interrupción de su discurso por Porfirio Muñoz Ledo. O la furia contenida de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. O la patética imposibilidad de Vicente Fox por leer su último informe. Pero hasta para la sociedad, que había disfrutado de ese espectáculo circense gratuito, ya resultaba tedioso. Al cabo, el protocolo nunca se basó en un principio republicano de interlocución, por el simple hecho de la inexistencia de la democracia en el país. La irrelevante ceremonia pasa al basurero de la historia, sin pena ni gloria, y ante la indiferencia de los mexicanos.

Luego, porque el supuesto informe sobre el estado que guarda la nación no era más que una farsa. Una cosa es la realidad que decían ver los ejecutivos, cuya visión generalmente era rosácea y perfectible, y otra la que percibía y padecía la población. Cada vez resultaba más complicado tratar de engañar a la sociedad, crecientemente irritada, con el insultante trastorno bipolar, en su fase maníaco o de euforia exagerada, que se apoderaba de los presidentes, poco antes, durante y después de esa fiesta del presidencialismo autoritario.

Gracias al cambio litúrgico, Felipe Calderón, de manera mediática, que tanto disfruta, pudo decir frescamente, por ejemplo, que su régimen ha avanzado “con éxito en la solución de desafíos torales del estado de derecho y del desarrollo económico, social, ambiental y democrático del país”, y como todo es perfectible, agregar que, “es claro que falta mucho camino que recorrer, por lo que debemos continuar redoblando esfuerzos como nación, para lograr que todos los mexicanos, sin excepción, puedan vivir mejor”. Nada ni nadie lo perturbó: ni los congresistas de la oposición ni los iracundos reclamos de la sociedad –incluyendo los de derecha que lo apoyan– convulsionada por la violencia delincuencial. Ni los gritos de quienes rechazan el obsesivo intento reprivatizador de la industria petrolera por parte de los panistas-priistas, o su política neoliberal. Ni de los que son víctimas impunes de la rampante alza de precios. Ni la realidad misma, con su desplome desde las alturas de las falsas expectativas caderonistas, con sus contusiones y fracturas, como las que sufrió –¿premonitoriamente?, ¿simbólicamente?– el mismo Calderón Hinojosa en su caída desde su bicicleta  –¿castigo divino por sus católicamente incumplidas promesas?–.

La faena era de suyo inextricable. Pero todo fue sencillo para Felipe Calderón, desde la soledad de su apacible y militarmente resguardada residencia. Si antes los príncipes no tenían que rendir cuentas a nadie de sus actos, tampoco Calderón, por el simple hecho de que no existen los mecanismos para obligarlo. Lo único que necesitó el panista fue dar rienda suelta a su capacidad histriónica para decir lo que dijo, justo cuando el país atraviesa un paisaje desolador: inflación, síntomas recesivos, desempleo, deterioro salarial, desequilibrio en las cuentas externas, y un ambiente mundial cada vez más desfavorable.

Según Martín Redrado, presidente del banco central argentino: “El mundo enfrenta una conjunción de eventos económicos negativos pocas veces visto: crisis financiera, recesión e inflación. Para las economías más desarrolladas es una rareza. Desde una perspectiva emergente, desafortunadamente esta trinidad resulta más familiar”. Kenneth Rogoff, profesor de la Universidad de Harvard y economista jefe del Fondo Monetario Internacional de 2001 a 2004, dice que lo peor de la crisis financiera global no ha llegado. “Estados Unidos no salió del bosque. La crisis financiera está a medio camino, quizá. Yo diría que lo peor está por venir. Vamos a ver que no sólo quiebran bancos medianos en los próximos meses, vamos a ver uno grande, uno de los grandes bancos de inversión o de los grandes bancos”. Mientras tanto, nuestro “socio” zozobra entre las señales recesivas (su crecimiento fue de -0.2 por ciento en el último trimestre de 2007, y 0.9  y 3.3 por ciento en los dos primeros de 2008), inflacionarias (en julio la tasa anual fue de 5.6 por ciento, su nivel más alto desde 1991; la tendencia ascendente se inició en agosto de 2007), alto desempleo (5.7 por ciento en julio, la más alta desde diciembre de 2003; 8.9 millones de parados, 1.1 millones más desde diciembre de 2007, o 1.9 millones más desde febrero de 2007, cuando empieza la pérdida de plazas), el pesimismo de los consumidores y el agravamiento de los déficit fiscal y comercial. La “zona del euro” padece el mismo drama. En el segundo trimestre observó una contracción de 0.2 por ciento, afectada por la caída de los principales países del bloque (Alemania, Francia, España e Italia), lo que podría conducir a una recesión técnica, con desempleo e inflación. Japón se contrajo 0.6 por ciento en el mismo lapso. El fenómeno de la estanflación se combina con la crisis financiera, la especulación de los mercados petrolero y de alimentos, con la agudización de la crisis alimentaria, con sus matices, señalados por Jacques Diouf, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO): “No es la primera crisis de este tipo, (pero) esta vez reviste tonos particularmente tristes y trágicos; era previsible que ocurriera y la previmos, pero también era evitable y no pudimos evitarla”.

Si el primer año calderonista fue mediocre, el segundo es peor. Como un náufrago, la economía se aleja de la tierra prometida: las metas de crecimiento (3.7 por ciento), inflación (3 por ciento) y empleos (1 millón durante su campaña y 800 mil ya como gobernante) se han convertido en un cruel espejismo. Abandonado el objetivo de 7 por ciento para 2012, la expansión se desplomará a 2 por ciento o 2.5 por ciento en 2008; la inflación apunta a 8 por ciento; y las nuevas plazas a 400 mil o 500 mil. El 2009 no se presagia más benévolo.

La economía se desliza hacia la recesión: en el último trimestre de 2007 creció 4.2 por ciento, y 2.6  y 2.8 por ciento en los dos primeros de 2008. El declive (gráfica 1) es confirmado con las series desestacionalizada y de tendencia del PIB para los mismos trimestres: 4.3 , 3.3  y 21.1 por ciento, y 4 , 3.3 y 2.2 por ciento, en cada caso. Las mismas series para la actividad secundaria (industrias: 3.1, 2.3 y 0.1 por ciento; 2.9, 2.1 y 0.4 por ciento) y terciaria (comercio y servicios: 5.1, 4.2 y 3.1 por ciento; 4.9, 4.3 y 3.2 por ciento) reafirman la dirección. De hecho, varias actividades ya están en receso: la minería y las industrias de la madera, química, de componentes y accesorios electrónicos y fabricación de muebles, como se observa en el cuadro. La mayoría de ellas acusan su desaceleración. Una de las ramas más activas, aunque declinante, la automotriz, presentó en junio una baja en su producción (2.8 por ciento) y exportaciones (6.2 por ciento), dada su dependencia de la demanda estadunidense (al que destina 82 por ciento de sus ventas externas), afectada por el alza de las gasolinas y los problemas crediticios y económicos. En mayo de 2006, 2007 y 2008, la inversión productiva acumulada creció 11.3, 6.8 y 4.9 por ciento. De sus componentes, la construcción cayó de 9 a 4.8 y 0.9 por ciento; en mayo de este año, su serie desestacionalizada decreció 1.4 por ciento y la de maquinaria y equipo 10.4 por ciento. Las ventas acumuladas al mayoreo y al menudeo empezaron a deprimirse entre abril y junio (crecieron 4, 3.9 y 3.9 por ciento; y 4.1, 4 y 3.65 por ciento).

El crecimiento, la inversión y el consumo seguirán declinando en la segunda mitad de 2008 debido al deterioro de las exportaciones no petroleras, la inflación, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y de empleos, el encarecimiento del crédito, el aumento de las carteras bancarias vencidas y la incertidumbre que priva entre los empresarios, entre otros factores. Según el banco central, en los últimos cuatro años, el crédito al consumo reporta un periodo a la baja. En enero de 2005, su tasa anual de crecimiento fue de 45 por ciento y en 2008 de 10 por ciento; el índice de morosidad subió de 4  a 14 por ciento en enero de 2008. Para el mes  julio, las tasas anualizadas de los precios al consumidor y de la canasta básica fueron de 5.4 y 6.6 por ciento. Las tarifas de los alimentos y servicios esenciales (gas, electricidad, agua) son superiores. Los precios del productor sin petróleo y sin servicios se ubicaron en 8.2 por ciento. Ello indica presiones de costos, lo que retroalimentará la inflación, al igual que el alza de los réditos que, a su vez, en conjunto, elevará el crédito y las carteras vencidas, e inhibirá el consumo –por crédito– y la inversión productiva, y ampliará la pérdida del poder de compra de los salarios.

Para contrarrestar la desaceleración productiva tienen que aplicarse medidas contracíclicas: ampliación del gasto público programable (social e inversión), relajamiento de la política monetaria (menores réditos para mejorar la inversión productiva) y ampliación del consumo privado (mayor masa salarial, aumento de los ingresos de los trabajadores y más empleo).

Sin embargo, los neoliberales calderonistas han impuesto una política que nos hundirá en la recesión: austeridad en el gasto y alza de los réditos, que redundará en menor crecimiento y mayor desempleo. Para controlar la inflación, el banco central ha preferido acelerar el hundimiento del barco económico y sacrificar a los trabajadores. Claro, premiando a los especuladores financieros. Si la volatilidad financiera ha afectado el ingreso de capitales a la bolsa (1.8 mil millones de dólares en el primer semestre de 2008), el destinado al mercado de dinero para la compra de títulos públicos aumentó 138 por ciento (de 2.7 mil millones en la primera mitad de 2007 a 6.5 mil millones en el mismo lapso de 2008). En Estados Unidos las tasas de referencias reales son negativas. Guillermo Ortiz les paga buenos dividendos, aunque aumente los pagos de intereses de la deuda pública y privada. Para colmo, la entrada de capitales provoca la sobrevaluación del peso frente al dólar y abarata las importaciones, las cuales compiten deslealmente con los productores nacionales y los conduce a muerte. Lo peor de todo es que ello redunda en más compras externas, justo cuando sus precios –derivados del crudo y alimentos– están por las nubes, lo que eleva los internos y condena al fracaso la política antiinflacionaria del banco central.

En lugar del paraíso, Felipe Calderón Hinojosa y sus chicago boys nos regalan una recesión inflacionaria con alto desempleo.

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