A un año de haberse iniciado la actual crisis financiera global, ésta goza de cabal salud. La salvaje orgía especulativa –que irrumpió en Estados Unidos con el colapso de las hipotecas de mala calidad (subprime) en agosto de 2007– no sólo seguirá cobrando nuevas víctimas en los meses subsecuentes entre las empresas inmobiliarias, aseguradoras, bancos y otras firmas financieras, lo que ampliará los costos fiscales de su rescate, también seguirá afectando a otros mercados internacionales, como los de alimentos y energía, lugares hacia donde se trasladaron los inversionistas institucionales en búsqueda de ganancias rápidas que por el momento no le ofrecen los otros mercados (bursátiles, de dinero, cambiarios), sin importarles los problemas de hambre que han provocado en los países subdesarrollados, ante el encarecimiento de los precios de los bienes básicos y los hidrocarburos. Adicionalmente, la vorágine especulativa es responsable del proceso ascendente de la inflación y las tendencias recesivas que ya se registran a escala mundial.

Lo peor de todo es que las medidas contingentes aplicadas por las naciones industrializadas, en especial por Estados Unidos, son completamente inútiles para tratar de resolver de fondo el comportamiento maniático de los especuladores financieros, el pánico que se apodera de éstos en épocas de crisis y las quiebras de una gran cantidad de empresas; fundamentalmente, porque las medidas aplicadas –inyección de liquidez a los mercados financieros, rescate de algunos grupos ante los problemas de solvencia que enfrentan, subsidios fiscales o recorte de las tasas de interés– sólo enfrentan las manifestaciones del problema y no las causas de las reiteradas crisis financiera registradas desde la década de 1970. Por el contrario, los gobiernos que asumen el papel de prestamistas en última instancia sólo alientan la volatilidad y vulnerabilidad de esos mercados. La única manera efectiva para resolver esa crisis es justamente modificando los fundamentos del capitalismo neoliberal global: retornar al control del sistema financiero mundial, volver a regular los mercados financieros nacionales e internacionales, el movimiento de los capitales.

El pesimismo y alarma sobre la evolución de la crisis financiera mundial y su transmisión hacia los precios y el crecimiento son reconocidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI), paradójicamente, uno de sus más radicales promotores, junto con el Banco Mundial y la organización Mundial de Comercio. En un informe reciente, el FMI señaló que los créditos hipotecarios de alto riesgo en Estados Unidos depararán pérdidas abultadas, las cuales han sido oficialmente asumidas en gran parte, y que “existe la creciente preocupación por el notable aumento de la morosidad, las ejecuciones hipotecarias y el continuo descenso de los precios de la vivienda, que redundarán en una desvalorización más generalizada de los préstamos” en ese país. Los bancos, agregó el FMI, continúan restringiendo el crédito en previsión de futuras pérdidas. El endurecimiento de las condiciones para la concesión de préstamos y el estancamiento económico se realimentan mutuamente. A medida que las economías se desaceleran, el deterioro del crédito se amplía y profundiza. “Y mientras los bancos captan capital y restablecen las reservas de liquidez, se reduce la disponibilidad de préstamos, lo que restringe el gasto de los hogares y aparecen nubarrones sobre las perspectivas para la economía real”.

En otras palabras, ni la crisis de liquidez ni de solvencia estrechamente asociada a la industria inmobiliaria ha sido resuelta. No se sabe cuándo tocará fondo la crisis y menos cuánto tiempo tardará de recuperarse el desorden de los mercados. No se puede aún cuantificar con certeza el costo fiscal que implicará, sus efectos perversos sobre la producción, el empleo y la inflación mundial. Algunos analistas calculan que tal situación podría extenderse después de 2010. Lo único que sí se tiene claro es quiénes pagarán las consecuencias, en diversos grados y en todo el mundo: los trabajadores, con la pérdida de sus empleos y el deterioro del poder de compra debido a la inflación.

Según Standard & Poor’s y Case Schiller, hacia mayo de 2008 los valores en 10 grandes complejos urbanos estadunidenses cayeron 16.91 por ciento respecto del mismo mes de 2007, acumulando 23 meses consecutivos de retroceso. Su desvalorización se aceleró desde la segunda mitad del año pasado. Su máximo lo registraron en junio de 2006, luego de 10 años a la alza en los que habían casi triplicado su valor. En 20 conjuntos urbanos, los precios se desplomaron 15.78 por ciento y su baja se extiende por 22 meses. Las ejecuciones hipotecarias en el segundo trimestre de 2008 aumentaron 14 por ciento y se duplicaron respecto del mismo periodo de 2007, según la consultora RealtyTrac. Entre abril y junio, uno de cada 171 hogares en Estados Unidos había recibido un aviso de ejecución de la institución que les concedió el préstamo hipotecario. En 2008, más de 1 millón de personas dejaron de pagar las hipotecas de sus viviendas; al tiempo, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, ha estimado que hablar de 2 millones de impagos hipotecarios podría ser una cifra francamente subestimada. En 2007, se habían iniciado 2.2 millones de juicios de embargo. A un año de iniciada la crisis en las hipotecas de riesgo, las pérdidas reconocidas por los grupos financieros ascienden a 400 mil millones de dólares. Se estima que los quebrantos totales relacionados por la morosidad y la caída de valor de los títulos respaldados por activos sumarán al menos 945 mil millones.

Pero ¿quién puede afirmar que ésa será la cantidad aproximada del costo de los desmanes cometidos por las inmobiliarias y las firmas financieras? El rescate oficial de las empresas semipúblicas Fannie Mae y Freddie –al menos 25 mil millones de dólares, más 300 mil millones en garantías estatales– fue sin duda justificado, ya que entre ambas suman –en hipotecas y derivados hipotecarios: documentos altamente especulativos y riesgosos– casi 5.3 billones de dólares, poco menos de la mitad del volumen del mercado hipotecario de Estados Unidos y cerca de un tercio del producto interno bruto de ese país. El FMI había señalado que las acciones de las dos mayores fuentes de financiamiento hipotecario de estadunidenses se habían derrumbado en más del 80 por ciento en el último año. Ese plan, que busca frenar el embargo de 400 mil viviendas, una parte menor del problema, representa el mayor esfuerzo para tratar de detener el colapso del mercado, el más grave desde la crisis de 1929. ¿Con esa medida se desactivó el riesgo de insolvencia de los deudores? La respuesta es no. Sólo se compró tiempo para que refinancien sus pasivos (y, quizá, algún día puedan pagarlos, siempre y cuando no pierdan su empleo, si es que no han sido arrojados a la calle: en julio, la tasa de desempleo subió a 5.7 por ciento, por séptimo mes consecutivo, su peor nivel en cuatro años; 51 mil personas más quedaron desmovilizadas, para acumular 463 mil en 2008; en julio, 8.8 millones de personas buscaban empleo, y cerca de 20 por ciento llevaban seis meses o más sin él), que bajen los réditos o que la inflación no los eleve más para que puedan obtener nuevos préstamos más benignos (¿de quién?) o transfieran a la Federal Housing Administration (la Administración Federal de la Vivienda). Así, ese organismo se quedará con las hipotecas chatarra y los prestamistas y especuladores quedarán a salvo. ¿Y el resto del mercado hipotecario (12 billones) está exento de riegos?

El problema no se restringe a ese ámbito. Por ejemplo, bancos centrales extranjeros que tienen en sus carteras grandes volúmenes de títulos de Fannie Mae y Freddie. Se dice que tan sólo el banco central de China contabiliza en sus hojas de balance alrededor de 600 millones de dólares de esos papeles, más o menos una décima parte del total. ¿Y qué sucede con los bancos privados mundiales?

El Fondo Federal de Garantía de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés) tiene bajo su protección a más de 8 mil 500 bancos y cajas de ahorros. En su más reciente informe trimestral incluyó a 90 bancos o cajas amenazados; actualmente son más de 150 candidatos en quiebra que podrían llegar a ejecutarse antes de fin de año, con pérdidas imposibles de compensar para la FDIC. De los cerca de 53 mil millones de reservas que dispone, ya ha perdido, conservadoramente, 8 mil millones. Las financieras de automóviles y empresas de tarjetas de crédito que se declaren en bancarrota podrían arrastrar a bancos alejados del problema hipotecario. Las aseguradoras estadunidenses, que tienen préstamos mundiales por 2.6 billones de dólares, están también atrapadas en el dilema y negocian con los bancos un plan de salvación, tampoco podrán eludir fácilmente los riesgos de un sistema financiero frágil.

¿Y la situación fiscal del Estado? El gobierno de Estados Unidos carece de un amplio margen para aplicar estímulos fiscales al sistema financiero y al resto de su economía, que se desliza hacia la recesión inflacionaria (el crecimiento pronosticado para 2008 ha sido bajado de 2.7 por ciento a 1.65, y para 2009 de 3 por ciento a 2.2 por ciento) debido a su déficit fiscal. En 2007, éste fue de 163 mil millones. Al cierre del ejercicio fiscal 2008, que concluye el 30 de septiembre, alcanzará 389 mil millones de dólares y en 2009 los 482 mil millones. En 2001 había registrado un superávit por 128 mil millones.

La depresión iniciada en 1929 pudo superarse varios años después gracias a las políticas keynesianas anticíclicas (mayor gasto público y bajos réditos). Pero en estos momentos dichos instrumentos ya no funcionan. No deja de ser curioso el reciente señalamiento hecho por un ejecutivo del mundo de la especulación, Thomas Jenkins –citado por el analista Michael R. Krätke, en su artículo “El mercado financiero norteamericano, a punto de hundirse”–, quien dijo que el actual desastre sólo tiene una salida: más burbujas especulativas. Sólo de esa manera el sistema financiero podrá salir, ya que la economía de Estados Unidos no puede vivir con “inversiones sanas”. Por tanto, hay que encontrar o inventar, lo antes posible, nuevos objetos de especulación y de hacérselos apetitosos al público, a fin de que la industria financiera pueda compensar las pérdidas actuales y las venideras.

Es decir, con un salto adelante. Hacia el abismo.

Sin embargo, su razonamiento es coherente con la lógica adquirida por el capitalismo desde la década de 1970. Desde ese momento, como señalaran Gérard Dumenil y Dominique Lévy, la mundialización neoliberal restableció la hegemonía de las finanzas. La salvaje especulación financiera se impuso a la actividad productiva, debido a la desregulación de los mercados nacionales, la liberalización de las restricciones a los movimientos de capitales y la integración de los circuitos financieros mundiales. Las finanzas se otorgaron una libertad de acción extremadamente peligrosa, un terrible fermento de inestabilidad en el plano nacional e internacional: la explosión de las actividades financieras, las fluctuaciones intempestivas de las monedas, los movimientos desordenados de capitales. Esas nuevas reglas del juego que consagraron la hegemonía del dólar, de otra manera, y el destino del sector financiero manejado por las finanzas de Estados Unidos. Ésa es la trayectoria neoliberal de la mundialización (Crisis y salidas de la crisis, Ed. FCE, México, 2007).

Con el neoliberalismo se soltaron las salvajes fuerzas especulativas que no nos abandonarán mientras subsista esa manera de funcionar del capitalismo o, para ser precisos, mientras el capitalismo sea la formación economicosocial que dirige y avasalla el destino del mundo.

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