La derecha conservadora calderonista está más preocupada por llevar hasta sus últimas consecuencias la imposición autoritaria del modelo neoliberal, la entrega del sector energético –en especial el petrolero– y la infraestructura a la voracidad empresarial, el agravar los conflictos sociopolíticos y, con ello, la destrucción de la nación, que en la desaceleración económica, como es el caso de los sectores minero y agropecuario, y manifieste un ambiente recesivo, como ya sucede con la mayor parte de las divisiones manufactureras.

 

La caída de la actividad productiva, con sus consecuentes efectos perniciosos sobre el empleo, se resentirá con mayor fuerza durante los tres últimos trimestres del segundo año calderonista, debido al desplome pronosticado de Estados Unidos y la desproporcionada subordinación y dependencia estructural de México ante el ciclo económico de la nación imperial.

Si el programa emergente aplicado por el baby Bush –la reducción de los réditos, los mayores recortes a las cargas fiscales de los sectores de mayores ingresos, los mezquinos subsidios a los sectores medios y pobres, la ampliación del gasto bélico (el keynesianismo militar) y la intervención en los mercados financieros para tratar de impedir una crisis sistémica– ha sido inútil para evitar o al menos atenuar la magnitud e intensidad de la recesión estadunidense, el paquete instrumentado por el calderonismo seguirá la misma suerte. Ello merced a lo limitado en sus alcances y sus apoyos, el mezquino gasto público adicional que se ejercerá y los principios neoliberales que lo sustentan, ya que mantiene a toda costa el mito y falaz balance fiscal cero y la rudeza monetaria, los cuales obstaculizarán los pretendidos beneficios esperados.

En sentido estricto, el decálogo dado a conocer con pompa y circunstancia por Felipe Calderón y su chicago boy de Hacienda, Agustín Carstens, el pasado 3 de marzo –el cual implica 27 mil millones de pesos (MMDP) en descuentos a las aportaciones patronales al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), descuentos en tarifas, estímulos fiscales y nuevas erogaciones, así como 33 MMDP en financiamiento fiscal y crediticio, tanto directo como inducido por la agonizante banca de desarrollo, entre otras medidas que suman 60 MMDP– no tiene nada que ver con un verdadero programa antirrecesivo. Por varias razones, el plan contingente calderonista está condenado al fracaso:

1) De diversas maneras, ésos y otros beneficios se les han dado a los hombres de presa durante todo el ciclo neoliberal y han sido absolutamente infecundos para que la economía abandone su dilatado estancamiento registrado en 1983-2007 (su tasa de crecimiento media real anual es de 2.8 por ciento, contra la tasa de 6 por ciento alcanzada en 1941-1982, cuando la economía estaba cerrada y bajo la rectoría del Estado). No existen razones para pensar que ahora tendrán éxito. Sobre todo cuando, de manera fundamentada o no, se ha apoderado de ellos el pesimismo sobre las expectativas económicas inciertas y, por tanto, de sus ganancias. Los empresarios son unos verdaderos animales económicos ciegos, que se mueven por el instinto y el comportamiento de la manada. El empresario racional, schumpeteriano, sólo existe en los libros de texto. Sólo buscan la rentabilidad de corto plazo y ésta la ofrece la financiera, gracias a la política monetaria impuesta por otro chicago boy, Guillermo Ortiz, del banco central, o la especulación con los precios. Ésa es una inclinación natural de todo recto corazón y los empresarios también tienen el suyo bien puesto.

2) Por más apoyos que se le dé al empresariado, las actividades más dinámicas de la economía –controladas por las empresas trasnacionales y cuyos efectos multiplicadores se trasladan hacia el exterior, por medio de las importaciones de maquinaria e insumos, como son la industria automotriz, la electrónica y demás maquiladoras– dependen fundamentalmente de la demanda del mercado estadunidense o del mundial, cuyos horizontes no son precisamente alentadores.

3) El mercado interno depende de la dinámica de la inversión y el consumo, tanto público como privado. Y sus perspectivas tampoco son las más promisorias, si se considera el escenario recesivo señalado; los salarios sometidos a la ley del hierro de la contención salarial que les impide recuperar su poder de compra perdido desde 1976 a la fecha; la escasa capacidad estructural de la economía para generar nuevos empleos formales y los informales, que son los únicos que crecen como hongos después de la lluvia, se encuentran tan mal remunerados como aquéllos; las plazas laborales formales que se perderán durante la parte baja del ciclo económico; la concentración del ingreso y de la riqueza en una minoría (20 por ciento de la población), cuyo consumo se satisface afuera o con bienes importados, sin beneficiar al aparato productivo nacional, si es que todavía existe.

4) La condición de autista en que ha sido convertido el Estado. La posibilidad de utilizar a la política fiscal como instrumento anticíclico (ampliación importante del gasto público, recortes fiscales) está castrada por dos factores: a) La obsesión por el balance fiscal cero, los bajos ingresos públicos no petroleros, al derroche de los recursos, la corrupción y la necedad de alcanzar al primero castigando el gasto público; b) la suicida militancia de nuestros tecnócratas en el credo neoliberal que delira por retirar al Estado de la economía y por abrirle espacios a los grandes parásitos nacionales y extranjeros que sólo depredan y destruyen las riquezas de la nación.

5) La política monetaria del banco central que premia a los especuladores financieros y castiga a la inversión productiva. Las tasas de interés reales de corto plazo en México son casi cuatro veces más altas que en Estados Unidos, debido a la astringencia monetaria y la voracidad de la banca privada desnacionalizada. ¿Con ese costo del dinero a quién le interesa invertir? ¿Qué podrá hacer la menesterosa banca de “desarrollo”, quebrada, que navega a la deriva, sin futuro cierto, más allá de su desaparición, y que sólo sirve para satisfacer la codicia de sus panistas directivos, ávidos de una vida opulenta a costa del dinero público, por enriquecerse, juntos con sus familiares y amigos de viaje con los lánguidos presupuestos de esas instituciones? A Guillermo Ortiz, según la oda monetarista encarnada en la ley orgánica del banco central, únicamente le interesa y le atormenta un nivel de inflación similar al estadunidense y trata de alcanzarla a cualquier precio. Aunque tenga que someter la economía a la recesión y el estancamiento.

En realidad, dicho programa no es anticíclico. En el mejor de los casos sólo aspira a atenuar la recesión y no a estimular la reactivación y mucho menos la expansión. No es una estrategia que apueste a ellas porque simple y llanamente los neoliberales carecen de una política de crecimiento sostenido a largo plazo, la cual, inevitablemente, exige la activa intervención del Estado y ello está fuera de su credo. La “mano invisible” y católica del “mercado libre” y la creatividad empresarial que, supuestamente, cumplirían con ese propósito, ha resultado un verdadero fracaso y una auténtica estafa. Por ello, los calderonistas redujeron su modesta meta de semiestancamiento de 3.5 por ciento prevista para 2008 a 2.8. Para curarse en salud de su deliberada ceguera ideológica fundamentalista neoliberal y de su negligencia política por actuar en contra de sus principios y compromisos asumidos, le endosan la responsabilidad a los factores externos ante los cuales no se puede hacer nada. Como buen esclavo castrati, dejarán el futuro inmediato de México a la buena fortuna de sus amos de la Casa Blanca y Wall Street. Al cabo, en el corto plazo, nada se puede hacer cuando el 90 por ciento de las exportaciones y la mitad de las importaciones se realizan con Estados Unidos. Ni en el largo plazo, porque los neoliberales autóctonos carecen de planes en ese sentido. Además de que se sienten cómodos en su calidad de vasallos de colonia, de gerentes.

Y, por desgracia, esos “factores externos”, es decir, estadunidenses, se enturbian cada vez más por su recesión, complicada por las pillerías éticamente “librecambistas” de sus piratas financieros y las secuelas bélicas del nuevo Nerón que se divierte incendiando diversos rincones del planeta, en aras de tratar de retrasar inútilmente el estrepitoso derrumbe de la hegemonía imperialista del capitalismo de su país. El Citigroup reduce el crecimiento de Estados Unidos de 1.6 a 0.8 por ciento para 2008 y a 0.9 para 2009. Por añadidura, también recorta el de México de 2.9 a 2.2 por ciento para este año. Por su parte, la OCDE baja el crecimiento de estadunidense para los dos primeros trimestres de 2008 de 0.3 y 0.4 a 0.1 y 0 por ciento, respectivamente. El FMI dice que esa economía “está débil y cerca de una recesión”. En el deporte de los pronósticos, los analistas mexicanos, generosamente optimistas, esperan, en promedio, una expansión de 1.7 y de 2.5 por ciento para Estados Unidos en éste y el siguiente año, y de 2.8 y de 3.6 por ciento para México, con una creación de 649 mil y 775 mil empleos formales, respectivamente.

Pero mientras la realidad se encarga de darles un mentís a los “analistas” autóctonos, la economía mexicana ya sufre los síntomas de la desaceleración y la recesión en algunos sectores, sobre todo el manufacturero. En términos de valor (el PIB para el último trimestre de 2007) o los índices de volumen físico de la producción (para enero de 2008), los sectores agropecuario, minero y la construcción observan una franca caída. Prácticamente todas las manufacturas han disminuido su ritmo y en cualquier momento acompañarán a las industrias textil, de la madera y otras manufacturas en su recesión. Su atonía puede ser explicada por la disminución en el ritmo de las exportaciones no petroleras (en el caso de las manufacturas: alimentos, bebidas y tabaco, textiles, artículos de vestir e industrias del cuero, madera, química, maquinaria para la agricultura y ganadería, maquinaria y equipo especial para industrias diversas, productos metálicos de uso doméstico, aparatos de fotografía, óptica y relojería y siderurgia, entre otros. De los componentes de la inversión productiva, componente de capital fijo nacional en maquinaria y equipo arrojó un dato negativo en diciembre de 2007 (-0.2, contra 4.7 por ciento de hace un año).

A medida que sea aún más perceptible la declinación del comercio exterior con Estados Unidos, en paralelo a la profundización de su recesión, la economía mexicana declinará todavía más, con el rezago de más o menos un trimestre. Mientras tanto, la mayoría de la población resentirá con mayor fuerza las secuelas contractivas. De hecho, ya las enfrenta. Las remesas provenientes de ese país empiezan a declinar, ya sea por la recesión o por el endurecimiento de las medidas migratorias. En octubre de 2007 sumaron 2 mil 164 millones de dólares; en noviembre, 1 mil 808.3 millones; en diciembre, 1 mil 808.4 millones, y en enero de 2008, 1 mil 654 millones. La creación de nuevos empleos formales disminuye y se pierde parte de los existentes. El número de trabajadores afiliados al IMSS en diciembre pasado se redujo en 199.1 mil. De ellos, 105.4 mil, el 53 por ciento, fueron permanentes. En enero sólo se recuperaron 53.8 mil, apenas el 27 por ciento. Sin embargo, se perdieron otros 35.6 mil permanentes, para sumar 141 mil en el bimestre. De cada 10 empleos creados en el primer año calderonista, la mitad fueron permanentes y el resto temporales. Del total de los permanentes, la mitad ya no recibe prestaciones sociales. Esa es ha sido la tónica durante el neoliberalismo panista. La flexibilidad laboral se enseñorea. Los que tienen un empleo formal y tienen temor a perderlo y los que lo busquen y, por accidente, lo encuentren tendrán que aceptar salarios miserables que redundarán en la “productividad”, la “competitividad” y la rentabilidad empresarial. Riqueza y miseria: las dos caras de la salvaje acumulación privada de capital durante el espectáculo neoliberal priista-panista.

Con Vicente Fox y Calderón (de diciembre de 2000 a enero de 2008) el total de trabajadores afiliados al IMSS aumentó en 2 millones 44 mil (292.1 mil, en promedio anual). De ellos, 732 mil, el 35.8 por ciento, fueron permanentes (104.6 mil por año). El resto, 1.3 millones, el 64.2 por ciento, fueron temporales. Desdichadamente, las plazas requeridas en 2001-2007 ascendieron a 8.4 millones. Es decir, 6.4 millones tuvieron que optar por las siguientes formas de supervivencia: vegetar, emigrar hacia Estados Unidos, ubicarse en la informalidad y la delincuencia.

Esa normalidad estructural neoliberal se agudizará con la recesión que se instala en México, mientras los calderonistas se preocupan por vender los últimos recursos de la nación.

 

*Periodista y analista económico

 

 

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