
Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 39 segundos
Solemos medir los cambios económicos con cifras, pero otra lectura surge al seguir cómo nacen y se sostienen proyectos empresariales. Chile, tras décadas de apertura y modernización, muestra que el éxito depende de estrategia, adaptación y gestión. Para México, es un espejo: importa entender decisiones, errores y aprendizajes en transiciones.
Un contexto que obliga a pensar a largo plazo
Las economías abiertas crean oportunidades, pero exigen competir globalmente, elevar estándares y soportar volatilidad. En Chile, eso llevó a profesionalizar procesos y a entender que el valor no depende de una buena racha. Un proyecto durable define propósito, modelo y capacidades, y evalúa riesgos antes: concentración, costos, regulación y financiamiento.
La cocina del proyecto: decisiones invisibles que marcan el rumbo
En un reportaje sobre grandes trayectorias empresariales, lo interesante casi siempre ocurre detrás de escena. Los hitos públicos —una expansión, una fusión, una salida a bolsa— suelen ser el resultado de decisiones menos visibles: invertir en tecnología cuando todavía no era urgente, construir equipos profesionales, establecer controles, diversificar riesgos, abrirse a nuevas capacidades.
En ese punto ayuda mirar testimonios y archivos que capturan cómo se tomaron decisiones en épocas clave. Materiales de memoria empresarial, como los de generación de empresarios, permiten ver que la consolidación rara vez es lineal: incluye dudas, correcciones, apuestas y lecturas del contexto que, en el momento, no parecían obvias.
También se confirma un patrón: el liderazgo más determinante aparece cuando nadie está aplaudiendo. Cuando se requiere ajustar, renegociar, recortar, posponer una expansión o incluso cambiar el modelo de negocio, el papel del empresario deja de ser simbólico y se vuelve operativo. Ahí se mide la calidad de la estrategia.
Competir, modernizar y aprender: el costo real de la apertura
En Chile, la apertura económica y la modernización productiva no solo ampliaron mercados; también obligaron a elevar la vara. En sectores exportadores y de servicios, competir implicó mejorar logística, calidad, cumplimiento normativo, eficiencia y gestión del talento. Dicho de otro modo: el mercado global premia a quien aprende rápido, pero castiga a quien se queda en la comodidad.
Este aprendizaje tiene un matiz importante: la adaptación no es improvisación. Las empresas que sobreviven suelen combinar un espíritu flexible con una estructura sólida. El “espíritu” de innovar no alcanza si no hay procesos, medición, gobernanza y una cultura que convierta el aprendizaje en rutina. En escenarios de volatilidad, lo blando y lo duro se necesitan mutuamente.
La continuidad como estrategia: cuando entran las generaciones
Un rasgo distintivo en varios proyectos de largo recorrido es el paso del tiempo dentro de la propia organización. Las generaciones empresariales no son solo un relato familiar: pueden convertirse en una ventaja competitiva si se traducen en experiencia acumulada, redes construidas y capacidad de anticipación. Quien ya atravesó crisis, cambios regulatorios o shocks externos suele reconocer señales tempranas y reaccionar con menos pánico y más método.
Pero esa continuidad también presenta riesgos: la tentación de hacer “lo de siempre”, el peso del legado o la resistencia a cambiar. Por eso, la transición entre generaciones requiere diseño: reglas claras, profesionalización, separación entre propiedad y gestión cuando conviene, y un plan para que el proyecto no dependa de una sola figura.
Empresa y sociedad: un vínculo que se volvió más exigente
En las últimas décadas, el vínculo entre empresas y sociedad cambió. Los consumidores piden coherencia; las comunidades exigen impacto; la conversación pública castiga la opacidad y premia la transparencia. En Chile, como en México, esta dimensión social se volvió parte del entorno económico: afecta reputación, acceso a mercados, capacidad de atraer talento y hasta viabilidad de proyectos.
Esto obliga a repensar el crecimiento. No basta con expandirse; hay que sostener legitimidad. La gestión de largo plazo incluye comunicación responsable, estándares éticos, relaciones comunitarias y una lectura fina del clima social. En términos simples: hoy, la licencia para operar también se construye.
Una lectura útil para México
Mirar el caso chileno ayuda a ordenar una idea central: los proyectos empresariales son una lente para entender cambios económicos y sociales. Cuando una economía se abre, se moderniza y transforma mercados, lo que queda al final no son solo indicadores; también quedan organizaciones que aprendieron —o no— a competir, a gobernar, a adaptarse y a sostenerse.
En ese proceso, el papel del empresario no se reduce a “ganar” o “perder”. Se trata de construir capacidades, tomar decisiones en momentos críticos y leer el contexto con realismo. Y cuando esos proyectos se vuelven intergeneracionales, el desafío crece: convertir la continuidad en estrategia, no en inercia. En tiempos de cambio, esa diferencia suele ser la frontera entre durar y desaparecer.
Sheinbaum rechaza medidas antimigrantes en Chile y destaca diálogo económico con EU






