Al Aire | Maromas del Bienestar

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Cuando los datos son otros, vienen las maromas. No importa si se ejecutan desde la mañanera, desde un atril legislativo o en un hilo de X redactado con urgencia: la lógica es la misma. Donde antes Morena veía el colmo del cinismo priista, hoy encuentra explicaciones técnicas, matices morales y conspiraciones imaginarias. El poder, una vez más, no transforma a nadie: solo desnuda.

 

 

Ahí están los famosos abanicos judiciales. Aquellos acordeones que, según la versión oficial, eran apenas una “guía” ciudadana para votar en la elección judicial. Una orientación pedagógica, dijeron. Una coincidencia, insistieron. Pero bastaba mirar al entonces presidente López Obrador entrando a la casilla con el acordeón bajo el brazo para entender que no se trataba de un descuido sino de método. El mismo recurso que durante años fue denunciado como mapachería electoral reapareció, reciclado y bendecido, ahora en nombre del pueblo bueno.

La memoria selectiva también hizo piruetas con la casa gris de Houston. Cuando el reportaje exhibió el evidente conflicto de interés entre la residencia de lujo de José Ramón López Beltrán y los contratos de Baker Hughes con Pemex, la respuesta presidencial no fue investigar, sino deslindarse. “La del dinero es su esposa”, dijo López Obrador, como si el apellido, el parentesco y el contexto no importaran. La corrupción dejó de ser estructural y pasó a ser conyugal. Una maroma tan audaz que pretendió convertir el nepotismo en asunto doméstico.

Algo similar ocurre con Gerardo Fernández Noroña, ese político que no envejece porque siempre es actualidad. Quería ser presidente, no lo logró y terminó como presidente del Senado. El cargo le quedó chico… o grande, dependiendo del ángulo. De pronto, el adalid de la austeridad republicana apareció con casa en Tepoztlán y vuelos en Business Class. No fue contradicción, fue “necesidad logística”. El ladrillo del poder marea, aunque se llegue a él jurando que no.

Los sobres amarillos fueron otro ejercicio de elasticidad discursiva. Donde antes se gritaba “sobornos”, ahora se habló de “aportaciones”. Donde antes había corrupción, hoy hay solidaridad financiera. El dinero no mancha si llega por la puerta correcta y si lo recibe la causa correcta. No son mochadas, son apoyos. No es caja chica, es cooperación. La maroma consiste en cambiarle el nombre al mismo pecado.

Y luego están las que estallaron directamente en la antesala de Claudia Sheinbaum. Adán Augusto, insostenible políticamente, pero intocable en el discurso oficial: no hay investigación en su contra, repite la presidenta, como si la ausencia de expedientes fuera sinónimo de inocencia. Francisco Garduño, premiado con un cargo en la SEP pese a su probable responsabilidad en el incendio que mató a 40 migrantes en Ciudad Juárez. Y, sobre todo, la herencia de López Obrador: una defensa irrenunciable que obliga a justificar políticas que ya no funcionan, aunque se les haya dado sepultura en los hechos.

“Abrazos no balazos” y la “mega farmacia” ya son pasado, dicen, pero solo después de haberlas defendido hasta el último suspiro. Y apenas esta semana, la imposibilidad de reconocer que la vacuna Patria fue un fracaso y en lugar de ello anunciar una alianza con corporativos farmacéuticos globales para hacer de México “una potencia científica”.

Así funcionan las maromas del bienestar. No niegan la realidad: la doblan. No enfrentan los datos: los reinterpretan. Y lo hacen con la misma destreza retórica que durante décadas criticaron. El problema no es la pirueta; es la caída. Porque cuando el discurso gira más rápido que los hechos, lo que se rompe no es la narrativa: es la credibilidad.

 

 

 

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