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Un problema de salud que requiera hospitalización, por ejemplo, no solo implica un reto médico, sino también gastos directos, interrupciones laborales y, en ocasiones, endeudamiento. En este contexto, resulta clave preguntar con qué recursos financieros, sociales e institucionales contamos para crisis que se pueden prolongar. La resiliencia permite afrontar, en lugar de colapsar.
Por Yvette Mucharraz y Cano * y Karla Cuilty Esquivel **, IPADE
Es inevitable que a lo largo de la vida ocurran situaciones inesperadas, que pueden ser vistas como oportunidades para replantear el curso de las decisiones. O, incluso, encontrar la forma de salir fortalecidos.
Estos momentos coyunturales pueden afectar el bienestar de una persona o de una familia. Aunque dichos eventos suelen tener múltiples dimensiones como en el ámbito de la salud, el trabajo o incluso desastres naturales, con frecuencia derivan en tensiones financieras que condicionan el bienestar presente y futuro.
Por ejemplo, un problema de salud que requiere hospitalización no solo implica un reto médico, sino también gastos directos, interrupciones laborales y, en ocasiones, endeudamiento. En este contexto, resulta clave preguntar con qué recursos financieros, sociales e institucionales se cuenta para enfrentar estas disrupciones y evitar que se conviertan en crisis financieras prolongadas.
Este tipo de crisis afectan de manera diferente a hombres y mujeres, considerando elementos como la brecha salarial, o la mayor propensión de las mujeres a emplearse en el mercado informal.
Las crisis y la incertidumbre, por lo general, son inevitables. El concepto de resiliencia ha estado de cierta forma presente en la cultura popular con dichos como “al mal tiempo buena cara” o “lo que no te mata, te hace más fuerte”, frases que evidencian la necesidad de reponerse con ánimo a eventos desafiantes.
La resiliencia permite afrontar en lugar de colapsar, mediante la reorganización de los recursos disponibles para mantener la productividad y la continuidad, distinguiendo aquello que es prioritario.
Imponderables
Los desastres naturales, las enfermedades, las pérdidas humanas, las crisis económicas globales o locales, incluso los cambios de legislación, de Gobierno o nuevas tecnologías generan modificaciones en el status quo que pueden transformarse en amenazas u oportunidades para la situación financiera de diferentes entes económicos.
Por ello, es esencial desarrollar la resiliencia financiera, es decir, un proceso de adaptación en situaciones de la adversidad económica.
La resiliencia financiera es la capacidad de prepararse, enfrentar, absorber y recuperarse de choques económicos o financieros, buscando, en la medida de lo posible mantener el bienestar financiero en el corto plazo y reconstruirlo en el largo plazo.
También es importante mencionar que la resiliencia financiera implica un proceso de aprendizaje para prepararse ante nuevas posibles crisis.
Sin duda, la resiliencia financiera es una de las temáticas más estudiadas, en parte porque puede analizarse desde el nivel micro hasta el macro, es decir, se observa a nivel personal, en los hogares, en las empresas y en los países.
Por ejemplo, la pandemia de COVID-19 fue una crisis sanitaria cuyos efectos se extendieron a ámbitos financieros de diversa índole, como la pérdida de ingresos de algunos individuos, en gran cantidad de hogares, la falta de liquidez de muchas de las empresas y, a nivel de país, la necesidad de atención de una crisis de salud a gran escala.
Todo esto presentó una alta complejidad e incertidumbre en muchos frentes. En estas situaciones, la resiliencia financiera de corto plazo se presenta en reajuste en el gasto, el uso de ahorros, el ejercicio de seguros de desempleo, entre otras estrategias a nivel familiar.
Las empresas también recortaron costos, modificaron productos o cadenas logísticas, mientras que a nivel público se dio prioridad a los programas sociales y al acceso a la salud.
Más que buena actitud
Entre los principales aprendizajes a largo plazo, surgió la exigencia de contar con seguridad social que garantice servicios mínimos de atención y ampliar la capacidad de ahorro para hacer frente a emergencias.
La resiliencia financiera no se limita al individuo; requiere otros recursos provenientes de redes de apoyo familiares, comunitarias u organizacionales que brindan soporte durante un periodo de emergencia económica. Así, la resiliencia requiere nutrirse de diversos recursos o de otros tipos de resiliencia como la familiar, comunitaria, organizacional, entre otras.
En el ámbito familiar, la resiliencia actúa como un escudo que facilita la cohesión en tiempos complejos. El diálogo, la toma de decisiones conjunta y la capacidad de adaptarse en cuestión de consumo, vivienda o empleo son elementos que permiten que el shock no se traduzca en una caída permanente del bienestar financiero. En contraste, la ausencia de estos recursos y dinámicas puede conducir a una mayor fragmentación familiar y a una espiral de vulnerabilidad financiera.
Importancia común
Otro entorno en el que se puede generar resiliencia es el ámbito social o comunitario. La resiliencia social o comunitaria se percibe como la ayuda que fluye a nivel grupal entre los vecinos, escuelas, comunidades, iglesias, o con amigos.
Estos grupos, habitualmente constituidos en periodos de estabilidad, pueden responder ante un evento adverso financiero, siendo una fuente de recursos compartidos. Es necesario precisar que muchos de estos recursos no son estrictamente monetarios, contribuyen a reducir gastos, sostener ingresos y evitar que una crisis puntual se convierta en un colapso financiero de largo plazo.
Al igual que la resiliencia social, también las organizaciones como empresas, escuelas o instituciones similares desarrollan la resiliencia organizacional.
En las empresas, las cámaras comerciales pueden desarrollar esta capacidad de apoyo. Esta resiliencia no solo se traduce en la capacidad de mantener funciones básicas durante una crisis financiera, sino también generar las condiciones laborales y de protección social que ofrecen a sus trabajadores para garantizar su bienestar financiero de largo plazo. De este modo, la estabilidad en el empleo, las prestaciones, los seguros, planes de pensiones, opciones de trabajo flexible son algunos mecanismos que pueden generar bienestar financiero de largo plazo.
En síntesis, la resiliencia financiera no solo requiere de recursos económicos, los apoyos sociales, familiares y políticos tanto materiales como de tipo moral, son importantes para recuperarse de una crisis y fomentar el bienestar financiero de largo plazo.
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*Directora del Centro de Investigación de la Mujer en la Alta Dirección en el IPADE Business School
**Investigadora Senior del Centro de Investigación de la Mujer en la Alta Dirección de IPADE Busines School.







