ESPACIO IMMEX… La inversión escucha más que los discursos: el T-MEC en revisión

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Monterrey N.L. febrero 2026.-A inicio de este año, ya no hay mucho espacio para la simulación: la revisión del T-MEC dejó de ser una fecha en el calendario y se convirtió en un proceso en marcha. No arrancó en una mesa de negociación ni con un comunicado trilateral cuidadosamente redactado, sino en los discursos políticos y las amenazas arancelarias. Como ha ocurrido otras veces en Estados Unidos, la política comercial volvió a utilizarse como herramienta de presión interna. Y México, una vez más, quedó en el centro del tablero.

Conviene decirlo sin rodeos: la revisión del T-MEC no será un ejercicio técnico. Quien espere una discusión ordenada sobre reglas de origen, capítulos laborales o mecanismos de solución de controversias está leyendo mal el momento político. En Washington, el comercio exterior se discute hoy en clave política, y los aranceles se usan como moneda de cambio. No importa que exista un tratado; cuando el discurso electoral domina, las reglas pasan a segundo plano.

El principal riesgo para México no está en que se ajusten algunos capítulos del T-MEC, sino en que se normalice el uso discrecional de tarifas. Cuando los aranceles se convierten en amenaza recurrente, el tratado pierde su función básica: dar certidumbre. Y sin certidumbre no hay inversión, no hay planeación industrial ni hay cadenas de suministro estables.

Este punto es particularmente relevante si se observa el desempeño reciente de la inversión extranjera directa. México cerró 2025 con flujos históricos de IED, superiores a los 40 mil millones de dólares. Es una cifra que confirma el atractivo estructural del país, pero que también exige una lectura más fina sobre su composición y sus límites.

Una parte significativa de esa inversión corresponde a reinversión de utilidades. Es decir, empresas que ya operan en México decidieron quedarse y expandirse. Ese dato habla de confianza en la plataforma productiva, en la mano de obra y en la integración regional. Pero también refleja cautela: la inversión nueva, la que implica nuevas plantas y apuestas de largo plazo, es la más sensible a la incertidumbre comercial.

En otras palabras, México sigue siendo atractivo, pero no inmune al ruido político. Las decisiones de inversión no se toman con discursos, sino con expectativas de estabilidad. Cuando el acceso al mercado norteamericano se percibe como frágil o sujeto a decisiones unilaterales, el capital se vuelve más prudente, incluso cuando reconoce ventajas competitivas evidentes.

Aquí es donde la revisión del T-MEC se cruza directamente con la agenda de inversión. La rivalidad entre Estados Unidos y China ha colocado a México como pieza estratégica del nearshoring. En el discurso, el país aparece como socio clave. En la práctica, esa oportunidad solo se materializa si existe acceso confiable, reglas claras y previsibilidad en el comercio regional.

México enfrenta así un desafío que va más allá de la negociación comercial. Defender el T-MEC no significa reaccionar a cada amenaza, sino asumir una postura activa. Implica recordar que la integración productiva de América del Norte es profunda y bidireccional, y que millones de empleos en Estados Unidos dependen del comercio con México, aunque ese argumento rara vez domine la narrativa política.

La revisión del tratado será, en el fondo, una prueba de visión. Para Estados Unidos, significará decidir si apuesta por una región integrada o por un proteccionismo de corto plazo. Para México, será el momento de demostrar que entiende su peso estratégico y que está dispuesto a ejercerlo con inteligencia económica y diplomática.

Los tratados no suelen romperse de golpe. Se desgastan poco a poco, hasta que dejan de cumplir su función. El mayor riesgo no es que el T-MEC desaparezca, sino que sobreviva debilitado, incapaz de ofrecer certidumbre. Y en un mundo donde la inversión se mueve por señales claras, un tratado sin certidumbre es, en los hechos, un tratado que deja de servir.