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por Enrique Hernández Alcázar
Claudia Sheinbaum gobierna con una herencia incómoda y un presente explosivo. Cada mañana intenta administrar un país, pero también un legado. Y en ese forcejeo —cada vez más visible— la presidenta parece atrapada entre dos fuerzas que tiran en direcciones opuestas: la espada de Donald Trump al norte y la pared de Andrés Manuel López Obrador a sus espaldas.
El episodio de los envíos de petróleo a Cuba lo exhibe con crudeza. En sus explicaciones públicas, la presidenta avanza y retrocede. Habla de ayuda humanitaria, pero también de contratos. Dice que hay cláusulas que establecen cuándo sí y cuándo no se envía crudo, aunque no queda claro quién decide, bajo qué criterios y con qué costos. El discurso se enreda, se fragmenta, se vuelve defensivo. No por mala fe necesariamente, sino porque hay cosas que no se quieren -o no se pueden- decir.
Y ahí está el problema.
Porque cuando el tema es el petróleo, no se trata de un gesto simbólico ni de un asunto menor de política exterior. Se trata del principal activo estratégico del país. De un recurso que el propio obradorismo elevó a categoría moral: “el petróleo es de todos los mexicanos”. Bajo esa lógica, ocultar información no es una omisión técnica, es una traición al relato fundacional de la Cuarta Transformación.
Los datos documentados por Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad son demoledores. Pemex omitió reportar ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos el 87% de los envíos de petróleo y derivados destinados a Cuba durante los primeros nueve meses del año pasado. No es un error contable menor: es una omisión sistemática. En su informe de diciembre de 2025 ante la SEC, Pemex reconoció envíos por 400 millones de dólares entre enero y septiembre. Pero esa cifra apenas representa una fracción de lo que realmente salió.
¿Por qué no se reportó el resto? ¿Bajo qué figura legal se enviaron esos cargamentos? ¿Cuánto fue por contratos comerciales y cuánto por “ayuda humanitaria”? ¿Quién autorizó qué, cuándo y con qué respaldo jurídico? El silencio oficial no disipa las dudas; las multiplica.
Mientras tanto, del otro lado de la frontera, la paciencia se agota. En Washington, congresistas republicanos ya colocaron el tema sobre la mesa con una advertencia clara: seguir financiando energéticamente al régimen cubano tendrá consecuencias. No es una bravuconada aislada. Es una señal política en el peor momento posible, justo cuando México se encamina a una renegociación comercial en un escenario marcado por el regreso de Trump y su política de castigos selectivos.
Ahí está la espada.
Y detrás de Sheinbaum, la pared. Porque el vínculo con Cuba no es una decisión aislada de su gobierno, sino una línea ideológica heredada. Romperla implicaría cuestionar una de las obsesiones más profundas del lopezobradorismo. Mantenerla, en cambio, implica pagar costos crecientes en credibilidad, transparencia y relación bilateral con Estados Unidos.
La presidenta necesita algo más que discursos enredados y respuestas a medias. Necesita transparencia total. Contratos, montos, fechas, volúmenes, criterios. Decir con claridad qué se vende, qué se regala y por qué. No para complacer a Washington, sino para rendir cuentas a los mexicanos.
Gobernar no es solo administrar herencias, también es decidir cuándo dejar de cargar con ellas. Porque entre la espada de Trump y la pared de AMLO, el espacio para seguir cantinfleando se agota. Y el costo de no elegir empieza a ser demasiado alto.
Nota: Los espacios de opinión son responsabilidad del articulista
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