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Al cierre del tercer trimestre de 2025, la Inversión Extranjera Directa (IED) en México volvió a colocarse en máximos históricos, confirmando que el país mantiene una posición estratégica dentro del mapa global de capitales productivos.
Entre enero y septiembre se captaron más de 40 mil millones de dólares, cifra que no solo supera lo observado en el mismo periodo del año previo, sino que reafirma una tendencia ascendente que ha caracterizado a la economía mexicana en los últimos años.
El dato es relevante por varias razones: Primero, porque se registra en un contexto internacional marcado por la desaceleración económica, tasas de interés aún elevadas en economías desarrolladas y persistente incertidumbre comercial.
El segundo factor es el hecho de que el crecimiento no provino exclusivamente de la reinversión de utilidades —que tradicionalmente explica la mayor parte de los flujos—, sino que mostró un repunte importante en nuevas inversiones, esto es, capital fresco destinado a ampliar capacidad productiva, instalar nuevas plantas o desarrollar proyectos estratégicos.
La composición de la IED al tercer trimestre, en resumen, revela señales de transformación.
Si bien la reinversión de utilidades continúa siendo el principal componente, su peso relativo se moderó frente al aumento de nuevas apuestas de capital. Esto sugiere que las empresas extranjeras no solo están manteniendo operaciones en el país, sino que identifican oportunidades adicionales de expansión. Asimismo, las cuentas entre compañías —movimientos financieros entre matrices y filiales— reflejan mayor dinamismo corporativo y ajustes estratégicos dentro de conglomerados multinacionales.
Factor EUA y momentos de diversificación
En términos de origen, Estados Unidos se mantiene como el socio predominante de México, concentrando cerca de dos quintas partes de los flujos totales.
La integración productiva derivada del T-MEC y la relocalización de cadenas de suministro han fortalecido esta relación. Naciones como España, Japón, Canadá y Países Bajos también figuran entre los principales inversionistas en el país, lo que evidencia una diversificación geográfica relevante y el interés sostenido de Europa y Asia por el mercado mexicano.
A nivel sectorial, la manufactura continúa siendo el eje central, especialmente en ramas vinculadas a equipo de transporte, dispositivos electrónicos y maquinaria. No obstante, los servicios financieros, el comercio y ciertos segmentos de infraestructura han ganado terreno.
La Ciudad de México encabeza la captación de recursos, particularmente en actividades corporativas y financieras, mientras que entidades como Nuevo León, Estado de México y algunos estados del Bajío consolidan su perfil industrial, impulsados por proyectos asociados al nearshoring.
El fenómeno de la relocalización productiva sigue siendo un factor estructural. La proximidad geográfica con Estados Unidos, la red de tratados comerciales y una base manufacturera madura posicionan a México como plataforma estratégica para atender el mercado norteamericano. Sin embargo, el desempeño de la IED no puede interpretarse de manera aislada. La economía interna ha mostrado señales mixtas: moderación en la actividad industrial, consumo más cauteloso y retos fiscales hacia el mediano plazo. La clave será traducir los flujos de capital en encadenamientos productivos más profundos y mayor contenido nacional.
Riesgos relevantes
De cara al 2026, las perspectivas permanecen favorables, aunque no exentas de riesgos. Entre ellos, sobresalen cambios en la política comercial estadounidense, tensiones geopolíticas y la evolución de la demanda global, que podrían incidir en las decisiones de inversión.
Aun así, los datos al tercer trimestre envían un mensaje claro: México mantiene la confianza de los inversionistas internacionales y continúa consolidándose como un destino competitivo.
El reto ahora no es solo atraer más capital, sino asegurar que esta inversión se traduzca en mayor productividad, innovación y crecimiento sostenible. La IED ha demostrado ser un motor clave; el siguiente paso consiste en potenciar su impacto estructural sobre la economía mexicana.







