
Tiempo de lectura aprox: 7 minutos, 16 segundos
Visto como un mero trámite para evaluar su funcionamiento antes del 2025, hoy se encuentra en medio de un campo de batalla geopolítico y económico, donde gravitan la amenaza arancelaria, las presiones migratorias y de seguridad, y un nuevo régimen internacional donde las reglas multilaterales ceden paso al unilateralismo estadounidense. Para México, que exporta más del 60% de todos sus productos a EU sin aranceles gracias al acuerdo, el riesgo es mayúsculo.
*Rodolfo Ostolaza, subdirector de Estudios Económicos de Banamex
En un mundo donde las tensiones comerciales y geopolíticas se han convertido en el pan de cada día, el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC) enfrenta su primer gran examen en 2026.
Lo que podría haber sido un mero trámite para evaluar su funcionamiento se perfila como un campo de batalla geopolítico y económico, impulsado por las amenazas arancelarias de Donald Trump, las presiones migratorias y de seguridad, y un nuevo régimen internacional donde las reglas multilaterales ceden paso al unilateralismo estadounidense.
Para México, que exporta más del 60% de todos sus productos a Estados Unidos sin aranceles gracias a este acuerdo, el riesgo es mayúsculo: un tropiezo podría desatar una década de revisiones anuales, erosionar la confianza inversionista y frenar la narrativa del nearshoring, que tanto se ha celebrado en los últimos años.
Pero, ¿qué implica realmente esta revisión? ¿Qué pasa si falla?
Panorama actual
El escenario actual es más volátil que nunca. Trump, en su segundo mandato, ha impuesto a México aranceles del 25% a bienes que no cumplen las reglas de origen del TMEC, alegando emergencias nacionales por flujos migratorios y de fentanilo.
Recién en los primeros días de enero del 2026 se están incorporando los vínculos con el narcoterrorismo en casos como la captura de Nicolás Maduro en Venezuela.
A finales del año pasado, México llevó a cabo medidas propias contra las importaciones procedentes de China, buscando apaciguar las preocupaciones de Washington sobre la influencia de Pekín en la cadena de suministro regional.
En la danza de tarifas, se eleva la apuesta para la revisión formal que arranca este enero con consultas trilaterales, las cuales deberán concluir en julio, cuando los tres países decidan si extienden el acuerdo por 16 años, o lo condenan a revisiones anuales hasta su posible caducidad en 2036.
De acuerdo con el mismo TMEC, no es una “renegociación” formal, como insiste la presidenta Claudia Sheinbaum, aunque las presiones podrían transformarla en una de facto.
Revisión política
Trump ha sido explícito: quiere “revisar” el TMEC para corregir desequilibrios comerciales, como el déficit de Estados Unidos con México, que superaría los 150 mil millones de dólares en 2025. En sus declaraciones, vincula el comercio a temas no comerciales, como la migración, el fentanilo y el narcoterrorismo, y amenaza con aranceles adicionales si no se resuelven.
Sheinbaum ha mantenido un tono optimista sobre los avances, enfatizando que el acuerdo beneficia a los tres países y que México está listo para defenderlo sin ceder soberanía. El diálogo es permanente, pero una cumbre de alto nivel solo ocurriría si las conversaciones técnicas no bastan.
Del lado canadiense, el panorama ha cambiado drásticamente. Justin Trudeau ya no es primer ministro; renunció en enero de 2025 tras una crisis política interna, y Mark Carney —el exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra— asumió en marzo de 2025 como líder liberal y primer ministro. Carney, un economista pragmático, ha pivotado hacia una diversificación agresiva: anuncia visitas a China y Suiza para atraer inversión y duplicar exportaciones no estadounidenses, mientras defiende la estabilidad del TMEC.
En sus declaraciones, Carney ha asegurado que Trump no ha planteado abandonar el acuerdo, sino ajustarlo y actualizarlo en sectores como comercio digital, cadenas de suministro, seguridad y energía. Coincide con Sheinbaum en que la revisión debe fortalecer el bloque norteamericano frente a China, pero resiste a las concesiones en lácteos —donde Canadá mantiene su sistema de gestión de oferta— y en impuestos a servicios digitales, lo que le han generado fricciones con Washington.
Lecciones del pasado y quejas que persisten
Para entender el peso de esta revisión, recordemos cómo evolucionó el TMEC del viejo TLCAN. Firmado en 1994, el TLCAN impulsó el comercio trilateral a más de 1.5 billones de dólares anuales, pero fue criticado por fomentar deslocalizaciones y presionar salarios a la baja.
Trump lo renegoció en 2018-2020, elevando los requisitos de origen regional para autos del 62.5% al 75%, exigiendo que el 40-45% de las partes se produzcan con salarios de al menos 16 dólares por hora, abriendo mercados lácteos canadienses, y fortaleciendo protecciones ambientales y laborales.
También incorporó capítulos modernos sobre comercio digital y biotecnología, ausentes del TLCAN original. Estos cambios buscaban equilibrar la balanza, pero no han resuelto todo: el déficit comercial de EUA lo que se traduce en mayores disputas con México y Canadá.
Aquí entran las quejas de la Oficina del Representante Comercial de EUA (USTR, por sus siglas en inglés). El representante al frente de la cartera, Jamieson Greer, ha expuesto reclamos clave contra México. Entre otros, la prohibición al maíz transgénico para consumo humano (resuelta en favor de Washington en 2024) y políticas energéticas que favorecen a las empresas productivas del Estado, lo que viola los compromisos de competencia abierta.
También destacan las acusaciones de interferencia sindical pese al Mecanismo de Respuesta Rápida. Estos problemas no son aislados; forman parte de una estrategia para presionar en temas económicos y políticos.
La negociación no será tersa
Estados Unidos usará palancas duras: migración (amenazas arancelarias si no se controla el flujo), fentanilo y narcoterrorismo (vinculando cárteles mexicanos a casos como Venezuela), así como reglas más estrictas contra inversiones chinas en México, que podrían evadir aranceles estadounidenses.
La administración Trump presionará asimismo por mayores contenidos regionales en vehículos eléctricos y baterías. Esto dibuja un nuevo régimen internacional donde EUA prioriza el unilateralismo: tarifas como arma principal, en lugar de disputas ante paneles. Un “América Primero” que ignora el TMEC cuando conviene, erosionando la predictibilidad que atrae inversiones.
¿Cuáles son los cambios esperados? Muchos analistas anticipan el endurecimiento de las reglas de origen para autos, inclusión de capítulos sobre migración, seguridad y combate al narcoterrorismo, y mecanismos más robustos contra la influencia china.
México buscará defender su soberanía energética y laboral, mientras Canadá resistirá en lácteos donde Carney impulsa la diversificación hacia Asia. Sheinbaum por su parte avanza en consultas públicas y diálogo técnico, posicionando a Marcelo Ebrard como figura clave de las negociaciones.
Escenarios
El mejor escenario sería una extensión limpia y ordenada del acuerdo por otros 16 años, hasta el 2042, con ajustes menores y técnicos que modernicen el tratado sin alterar su arquitectura central, ni generar costos significativos para ninguno de los tres países.
En este caso ideal, Trump obtendría victorias simbólicas visibles —como compromisos verificables de México en temas de migración, fentanilo y mayor control sobre inversiones chinas en sectores sensibles—, mientras Sheinbaum y Carney lograrían preservar la soberanía energética, laboral y en lácteos.
El resultado: certidumbre inmediata que podría impulsar una oleada de relocalización, con inversiones extranjeras directas superando los 50 mil millones de dólares anuales en México, cadenas de suministro más resilientes frente a China y un bloque norteamericano fortalecido que ganaría participación de mercado global.
El PIB mexicano podría crecer por encima de su potencial actual ante la renovada confianza de los inversionistas. Sería un triunfo diplomático para los tres líderes: Trump presumiría de haber “corregido” desequilibrios, Sheinbaum demostraría que se puede negociar sin ceder soberanía, y Carney consolidaría su imagen de pragmático que diversifica sin romper el vínculo con Washington.
Sin embargo, en mi opinión, no es el escenario más probable.
Un escenario medio, más realista y probable, implicaría una extensión condicional con concesiones puntuales y dolorosas pero limitadas, evitando el colapso total.
Trump presionaría hasta obtener endurecimiento en reglas de origen automotriz (quizá del 75% al 80% regional, con más énfasis en contenido estadounidense), mecanismos más estrictos contra elusión china, y avances concretos en seguridad fronteriza y fentanilo, a cambio de levantar o reducir aranceles sectoriales.
México cedería en temas como mayor transparencia en energía o compromisos laborales adicionales, mientras Canadá resistiría en lácteos, pero ofrecería más en minerales críticos y defensa. El TMEC se extendería hasta 2042, pero con revisiones más frecuentes o cláusulas de salida más fáciles, generando algo de incertidumbre residual que frenaría parte del nearshoring.
El crecimiento mexicano se mantendría en torno a su potencial, con costos logísticos más altos, pero sin catástrofe: las cadenas de valor seguirían integradas, el empleo en manufactura se preservaría y el nearshoring continuaría, aunque más selectivo y enfocado. Sería un “empate con concesiones” —Trump ganaría trofeos políticos, Sheinbaum y Carney evitarían el peor daño, y Norteamérica mantendría su cohesión relativa frente a competidores globales, aunque con más fricciones internas que en el pasado.
Derrumbe
El peor escenario sería el colapso total del acuerdo trilateral, con Estados Unidos negándose a extenderlo por 16 años adicionales, y optando por no renovar, lo que activaría revisiones anuales automáticas hasta su expiración definitiva en 2036.
Trump, aprovechando su apalancamiento unilateral, declararía que el TMEC no corrige los “desequilibrios” —déficit comercial, migración, fentanilo y supuesta elusión china— y retiraría su aprobación, imponiendo aranceles generalizados del 25% o más en sectores clave como autos, acero, aluminio y manufactura, bajo pretextos de emergencia nacional o seguridad, como ya lo ha hecho.
Si México y Canadá, sin el escudo del tratado, responden con retaliaciones equivalentes —aranceles del 10-35% en productos estadounidenses como maíz, soya, porcino y maquinaria—, desencadenarían una guerra comercial que fragmentaría las cadenas de valor norteamericanas.
El nearshoring se evaporaría: las inversiones extranjeras huirían hacia otros destinos, el PIB de México entraría en una recesión profunda y duradera, con desempleo masivo en la industria automotriz y maquiladoras, una depreciación significativa del peso, y una inflación importada que golpearía el poder adquisitivo de los consumidores.
En el caso de Canadá, este sufriría un impacto similar, mientras Carney intentaría diversificar hacia Asia y Europa sin éxito inmediato. En paralelo, Trump podría forzar acuerdos bilaterales asimétricos —un pacto EUA-México que excluya a Canadá, con concesiones mayores en energía, migración y control de cárteles—, o simplemente dejar que el tratado se convierta en un zombie: vigente en papel, pero con tarifas perpetuas que erosionen la competitividad regional.
El resultado final sería una Norteamérica dividida, menos resiliente frente a China, con mayor inseguridad energética, menor integración productiva y un precedente peligroso de que las reglas multilaterales se rompen cuando Washington decide.
Para México, sería el fin de una era de estabilidad exportadora, regresando a aranceles OMC y un retroceso de décadas en atracción de inversión. A pesar de las nefastas consecuencias para los 3 países, este escenario, en mi opinión, es más probable que el más optimista, pero mucho menos probable que el escenario medio.
¿Y si el TMEC no sobrevive a Trump?
Si el tratado no se extiende, las consecuencias serían graves. Revisiones anuales que generarían incertidumbre crónica, retrasando inversiones y elevando costos. En el peor caso, un colapso trilateral podría llevar a acuerdos bilaterales.
Trump ha insinuado preferirlos. México podría ganar acceso preferencial temporal, pero se enfrentaría a una mayor asimetría. Si el Tratado continua, aun con modificaciones o cesiones importantes de los países más débiles, no solo se mantendría algo similar al status quo, sino también la racionalidad en términos económicos y geopolíticos, un elemento tan volátil desde el inicio del segundo mandato de Trump.
Para nuestro país, el TMEC no es solo comercio: es estabilidad en un mundo fragmentado. Mantener el TMEC requiere diplomacia astuta, concesiones medibles —sin sacrificar soberanía— y un enfoque en lo que nos une a los tres países: una Norteamérica competitiva frente a China.
Carney busca resiliencia diversificando; Sheinbaum, certidumbre sin rupturas. Trump, presión máxima. 2026 será el año de las definiciones: o fortalecemos el bloque, o entramos en una era de revisiones perpetuas y aranceles impredecibles.
El nearshoring, el empleo y el crecimiento dependen de no equivocarse durante la negociación. Veremos.
******
*Como subdirector de Estudios Económicos del Banco Nacional de México (Banamex), Rodolfo se encarga de dar seguimiento a los sectores real y externo de la economía mexicana.
El ejecutivo tiene una Maestría en Economía por El Colegio de México; una Licenciatura en Finanzas de la Universidad Tecnológica de México, y una Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Anteriormente, fue economista senior del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos. También desempeñó los cargos de jefe de la sección de estadísticas de comercio internacional en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).







