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Por Mtro. Eduardo Daniel Quiroz Quintero.
Hace un par de años presenté mi tesis de maestría, enfocada en los factores que contribuyen a que el mercado bursátil sea poco atractivo en México y en las estrategias para su revitalización, cuya conclusión académica era irrefutable al señalar que, para desarrollar el mercado, necesitábamos romper las barreras históricas de entrada y democratizar el acceso al capital.
Recientemente pude constatar que la teoría por fin alcanzó a la práctica al asistir a una importante cumbre financiera internacional, donde los pasillos estaban abarrotados de personas de todos los perfiles, edades y trasfondos profesionales, demostrando que la brecha de acceso efectivamente se ha roto y que la tecnología despojó a las finanzas de su exclusividad.
Sin embargo, mi lectura profesional de este fenómeno no puede limitarse al entusiasmo que provoca ver a cientos de personas entrando al mercado, pues aunque ese avance es positivo, la realidad operativa, legal y de cumplimiento obliga a encender las alarmas ante el riesgo de que se esté confundiendo el acceso tecnológico con una verdadera alfabetización financiera.
Durante décadas, la inversión bursátil en nuestro país operó como un oligopolio de facto, hasta que la infraestructura tecnológica logró lo que la política pública tardó años en esbozar, permitiendo que cualquier ciudadano, desde su dispositivo móvil, tenga acceso a mercados globales, en lo que observo como un triunfo de la inclusión, donde el mercado de valores ha dejado de ser un mito inalcanzable gracias a plataformas locales reguladas.
El problema radica en que apretar un botón de “comprar” en una aplicación de teléfono toma dos segundos, pero entender la valuación, el riesgo y la estructura jurídica detrás de ese activo requiere estudio y contexto de la empresa, siendo fundamental comprender que las herramientas digitales modernas o las inteligencias artificiales integradas no son suficientes para educar a los nuevos inversores, porque facilitan la ejecución rápida, pero jamás podrán sustituir el criterio humano ni la comprensión real del riesgo financiero al que una persona se enfrenta.
¿Qué pasa con la regulación? Aquí debemos entender el cumplimiento normativo y hablar con extrema dureza, porque el mercado actual está siendo seducido por plataformas internacionales, siendo mi deber ser categórico al señalar que una gran parte de estos brokers extranjeros opera en un vacío legal respecto de la jurisdicción mexicana, al no estar regulados por la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y operar desde paraísos fiscales o jurisdicciones offshore.
Esto vulnera la seguridad del inversor, pues ante una eventualidad, mala praxis o quiebra de la plataforma, el capital del inversor queda en el limbo y las autoridades mexicanas no tienen facultades para ampararlo, otorgando a inversores sin experiencia acceso a apalancamientos desproporcionados, donde un movimiento adverso del uno por ciento en el mercado puede liquidar la totalidad de su patrimonio en segundos mediante un margin call, lo cual se confirma con normativas extranjeras que obligan a estos brokers a declarar sus estadísticas, revelando que entre el 74% y el 89% de las cuentas pierden su dinero en estos instrumentos.
La preocupante proliferación de gurús digitales ha empaquetado el trading como una actividad lúdica o un atajo hacia la riqueza, fomentando un sobreoperamiento impulsivo que enriquece a las plataformas a costa de la quiebra del inversor, por lo que es imperativo exigir que el ecosistema y quienes lo promueven operen bajo estándares éticos irrenunciables, donde la prioridad sea la viabilidad patrimonial del usuario y no solo la comisión por transacción.
Debemos tener claro que el trading y la gestión de carteras son disciplinas rigurosas y que, si los mercados financieros fueran tan predecibles como señalan las narrativas de internet, no existirían las firmas de consultoría ni los analistas de riesgo, pues los profesionales existimos precisamente porque el mercado es un ecosistema complejo e inclemente que penaliza severamente la improvisación.
La tecnología ya permitió que la población en general acceda al sistema financiero, y ello merece reconocerse como un avance; no obstante, también impone la obligación de señalar que ingresar a ese entorno sin diligencia, sin formación suficiente y guiado por la codicia no constituye una verdadera democratización financiera, sino una cesión voluntaria de patrimonio hacia estructuras institucionales que sí comprenden las reglas del juego.
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