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En muchos países del mundo, cada día son menos las personas que comienzan a conducir un auto sin haber confirmado que el cinturón de seguridad está debidamente colocado. Incluso, algunos estiran con firmeza la correa, porque además quieren evitar el molesto sonido que surge cuando esa acción no se ha realizado.
Pero no siempre fue así. Quienes nacimos en la década de los ochentas todavía alcanzamos a confirmar cómo el uso del cinturón de seguridad era motivo de conversación y, a veces, hasta de controversia.
Ponte el cinturón, es por tu seguridad, solía decirle mi madre a mi padre, quien se negaba a hacerlo y decía: Mírame mujer, he manejado décadas sin él y aquí estoy.
Sin saberlo, mi padre era ya motivo de estudio de uno de los análisis del Premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, quien con su libro Pensar rápido, pensar despacio (2011) cambió muchos paradigmas en la adopción de políticas públicas. No bastaba recordar que la tecnología de la firma alemana Volvo que hizo posible la instalación del cinturón de seguridad no siempre estuvo disponible. No bastó saber que ya contábamos con él para que todo el mundo lo usara inmediatamente para salvarse de un accidente fatal. De hecho, en la actualidad, con toda la evidencia, la adopción del cinturón de seguridad no es total y muchos pasajeros en los asientos de atrás de un auto aún se niegan a usarlo. En nuestro país, por ejemplo, muchas personas perdieron la vida en la última década por no usarlo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que las leyes que impulsaron el uso del cinturón de seguridad son uno de los “cinco pilares” indispensables para reducir las muertes por accidentes de tránsito en cualquier país del mundo.
Pero la adopción de políticas públicas no es sencilla porque involucra procesos sicológicos y sociales complejos en los cuales, decía Kahneman, surge el pensamiento intuitivo, rápido y automático que debería – en teoría – dar paso al pensamiento racional, lento y analítico. Pero no sucede así hasta que se instala discretamente una emoción en el pensamiento racional, lento y analítico.
Si un conductor lleva años manejando sin un accidente (como mi padre), su intuición le dice que el peligro es casi inexistente, ignorando las estadísticas reales de riesgo. Por ello, la mente humana necesitó de leyes impositivas que activaran, bajo un criterio de racionalidad y mediante la lógica de la multa, para contrarrestar esa falsa sensación de seguridad y normalizar el uso del cinturón. Más allá de las multas, como el molesto pitido que surge si no nos colocamos el cinturón.
Opcional y obligatorio
Fue en la provincia de Victoria, en Australia, región considerada pionero de la seguridad cuando se adoptó el cinturón de seguridad de manera obligatoria. La medida incluía al pasajero en el asiento delantero, del copiloto y al conductor. Los resultados fueron tan inmediatos (reducción drástica de muertes) que el resto de Australia lo imitó en meses. Países como Francia, Alemania Occidental, Suecia y el Reino Unido comenzaron a implementar leyes obligatorias a lo largo de la década de 1970, primero para carreteras y asientos delanteros, y luego extendiéndose a las ciudades y asientos traseros.
Por fue en la década de los ochenta cuando la resistencia a la medida se instaló en Estados Unidos. A pesar de ser un mercado automotriz gigantesco, los Estados Unidos se resistieron ante los debates sobre las “libertades individuales”. Claro, también allí se presentaron los intereses de poderosos actores económicos.
El primer estado en establecer la obligatoriedad fue Nueva York en 1984. Varias décadas después, casi todos los estados de la Unión Americana lo exigen (con excepción de Nuevo Hampshire para adultos).
En América Latina, la obligatoriedad llegó de forma escalonada. En muchos países de América Latina, las leyes definitivas y las multas severas no se consolidaron sino hasta la década de 1990 y principios de los 2000, impulsadas por regulaciones de tránsito modernas.
Vidas salvadas, cinturón al mando
Desde entonces, se han salvado millones de vidas. Las estimaciones de los organismos internacionales de salud y seguridad vial son contundentes. Se estima que el cinturón de seguridad ha salvado más de un millón de vidas desde que se masificó su uso en la década de 1970.
En Estados Unidos: La National Highway Traffic Safety Administration (NHTSA) calcula que sólo en Estados Unidos los cinturones de seguridad salvan alrededor de 15,000 vidas cada año. En Europa, la Comisión Europea estima que la introducción del cinturón ha prevenido cientos de miles de muertes en el continente y que, si el total de las personas lo usara hoy en día, se salvarían unas 7,000 vidas adicionales al año.
La razón de este éxito radica en la física simple: al viajar en un auto, tu cuerpo viaja a la misma velocidad que el vehículo; si el auto se detiene en seco contra un muro, tu cuerpo sigue hacia adelante a esa misma velocidad. El cinturón absorbe esa energía.
Si Kahneman, autor de Pensar rápido, pensar despacio no explicara qué sucedió con la lenta adopción del cinturón de seguridad en el mundo, nos diría: El ser humano no es un agente puramente racional. Si lo fuéramos, si fuéramos racionales, el invento de Volvo en 1959 habría sido adoptado por todos los conductores al día siguiente por pura lógica de supervivencia. La historia del cinturón de seguridad es la prueba viviente de que la mente humana necesita que le faciliten (o le fuercen) a la toma de decisiones racionales.
El cinturón de seguridad en México: resistencia conductual
En México, los siniestros viales son un problema grave de salud pública. Se registran un promedio de más de 16,000 muertes al año en carreteras y zonas urbanas a causa de siniestros viales. Los accidentes de tránsito representan la segunda causa de muerte en niños y jóvenes de entre 5 y 29 años.
Aún más, el costo económico de estos siniestros representa para el país aproximadamente el 1.60% del Producto Interno Bruto (PIB) debido a pérdidas materiales, gastos médicos y ausentismo laboral.
Sin embargo, México se ubica entre las tasas más bajas de adopción del cinturón de seguridad entre los conductores
En las grandes zonas metropolitanas (como CDMX, Monterrey o Guadalajara), el uso del cinturón por parte del conductor y el acompañante delantero ronda entre el 75% y el 85%. Esto se debe principalmente al temor a las fotos multas o las sanciones de tránsito. Sin embargo, en municipios pequeños o zonas rurales, este porcentaje cae drásticamente.
Pero en México, el gran problema es el asiento trasero. En México, menos del 15% de los pasajeros que viajan en los asientos traseros se abrochan el cinturón. Existe el mito cultural generalizado de que viajar atrás es “más seguro”, ignorando que, en un choque de frente, el pasajero de atrás sale disparado con la misma fuerza que un proyectil, impactando a los de adelante o saliendo por el parabrisas.
Las decisiones personales tienen implicaciones directas en nuestras vidas; en materia de seguridad no hay “inmunidad de rebaño”, como en el caso de las vacunas.
Lo mismo sucede con la política pública que hoy impulsa el registro de líneas celulares, la asociación a una persona, la trazabilidad que nos ayudará a mejorar la seguridad.
Para que las personas no olvidaran ajustar su cinturón de seguridad, la industria automotriz hecho mano de una herramienta: el molesto sonido que se instala al interior de un auto, ese pitido intenso que desaparece hasta que se ajusta el cinturón. Se generó un “empujón” moderno, un molesto pitido en el auto. Para apagar el estímulo negativo, el impulso de no colocarlo. No sucede lo mismo en el asiento trasero, porque el sonido no es automático y se activa hasta que alguien intenta usar el cinturón y al final decide no hacerlo. Sólo entonces comienza el ruido.
El “pitido” regulatorio, la desconexión.
La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) dio a conocer un calendario para la nueva fase del registro de líneas en nuestro país. Se anunció una programación para la desconexión del servicio entre agosto y diciembre. La medida de la autoridad regulatoria es un esfuerzo por concretar el proceso. ¿Funcionará? El análisis de la psicología conductual parece decirnos que sí. En el caso del registro de líneas de telefonía celular, el molesto “empujón conductual” ya se inició con la suspensión del servicio hasta que el usuario registre la línea. Es ese mismo “empujón” que exigen en muchos países del mundo para activar una tarjeta SIM.
Por eso en México, cuando se argumenta, desde la autoridad, que el registro ayuda a la seguridad, a combatir la extorsión, inmediatamente se envía un argumento para el pensamiento rápido de Kahneman: intuitivo, rápido y automático, un pensamiento que resulta abstracto y no genera urgencia porque se piensa que la medida no entrará en vigor.
Sin embargo, perder el acceso a WhatsApp, a tus llamadas y a tus datos móviles es una pérdida catastrófica para todos y todas. Al amenazar con la desconexión, el “pitido” ya no es un zumbido en el tablero del auto, sino el silencio absoluto en tu pantalla. El dolor psicológico de la desconexión inmediata es lo que finalmente vence la flojera, a la decidía, al pensar rápido y te obliga a registrarte.
Que comiencen el pitido, que comience la desconexión de líneas porque, de otro modo, seguirá adelante el uso ilícito de líneas telefónicas.
*Reportera de la Revista Fortuna y responsable de la sección Conexión Fortuna y Nombres de Poder Fortuna







