Columna | Al Aire: CDMX, partida por cinco partidos

CDMX, PARTIDA POR CINCO PARTIDOS por Enrique Hernández Alcázar La Ciudad de México presume que será, otra vez, el corazón del futbol mundial. Cinco partidos del Mundial 2026 –incluida la inauguración– deberían ser motivo de celebración. Pero la capital llega partida, tensionada y parchada: una ciudad que quiere presumir estadio renovado pero que no puede ocultar sus otras fracturas. El camino al Estadio Azteca sigue con obras a marchas forzadas, retrasos, goteras en el metro, lentitud en el Tren Ligero y un perímetro urbano convertido en un laberinto complicado por las pesada vialidad, las marchas y bloqueos de la CNTE y otras organizaciones que amenazan con boicotear (o por lo menos incomodar) la ceremonia inagurual de mañana. La sede que debería brillar como vitrina global sigue envuelta en lonas, prisas y hasa en inundaciones internas dado el clima poco amable para el verano futbolero. Y aun así, los boletos vuelan a precios que parecen diseñados para un país que no es este: paquetes VIP de hasta 75 mil dólares, cervezas de a 300 pesos y botanas que rozan los 200 pesos para quienes consumen dentro del inmueble. En la antesala del Mundial, la tensión sube: la CNTE amagó con llegar al AICM y al Zócalo, obligando a operativos preventivos y a un gobierno que corre detrás de la agenda magisterial desplegando 11 mil efectivos para cuidar la plaza principal y el estadio. En medio de ese tablero, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir a la inauguración. Un gesto que se vende como sensibilidad social, pero que también huele a cálculo político: evitar el riesgo del abucheo, del descontrol, de la imagen incómoda en un palco VIP mientras la ciudad arde en problemas más terrenales. Para rematar, la joya del Mundial en el espacio público-comercial llamado “Fan Festival” que todavía no acaba de instalarse en el Zócalo… sigue en veremos. Sheinbaum lo dijo sin rodeos: su operación dependerá de lo que se negocie con la CNTE. Si no hay acuerdo, la fiesta se mudará a alguna de las 18 sedes alternas ya anunciadas. Todo bajo control, promete. Pero en esta ciudad, ese “todo bajo control” suele ser el preludio del quién sabe. La paradoja es brutal: la capital que presume modernidad mundialista no puede garantizar ni movilidad, ni certidumbre, ni accesos, ni precios razonables. La ciudad que quiere recibir al planeta entero no logra ordenar su propia casa. El Mundial debería unir. Pero en la CDMX, cinco partidos bastaron para exhibir sus fracturas: la desigualdad en el acceso, la precariedad urbana, la tensión política, la improvisación logística y la eterna disputa por el espacio público. El balón rodará. El Azteca rugirá. Las cámaras del mundo apuntarán hacia aquí. Y todavía no sabemos qué clase de Ciudad será la sede de miles de turistas. Y peor aún: no sabemos qué clase de Ciudad tendremos quienes aquí vivimos.

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por Enrique Hernández Alcázar

La Ciudad de México presume que será, otra vez, el corazón del futbol mundial. Cinco partidos del Mundial 2026 –incluida la inauguración– deberían ser motivo de celebración. Pero la capital llega partida, tensionada y parchada: una ciudad que quiere presumir estadio renovado pero que no puede ocultar sus otras fracturas.

El camino al Estadio Azteca sigue con obras a marchas forzadas, retrasos, goteras en el metro, lentitud en el Tren Ligero y un perímetro urbano convertido en un laberinto complicado por las pesada vialidad, las marchas y bloqueos de la CNTE y otras organizaciones que amenazan con boicotear (o por lo menos incomodar) la ceremonia inagurual de mañana.

La sede que debería brillar como vitrina global sigue envuelta en lonas, prisas y hasa en inundaciones internas dado el clima poco amable para el verano futbolero. Y aun así, los boletos vuelan a precios que parecen diseñados para un país que no es este: paquetes VIP de hasta 75 mil dólares, cervezas de a 300 pesos y botanas que rozan los 200 pesos para quienes consumen dentro del inmueble.

En la antesala del Mundial, la tensión sube: la CNTE amagó con llegar al AICM y al Zócalo, obligando a operativos preventivos y a un gobierno que corre detrás de la agenda magisterial desplegando 11 mil efectivos para cuidar la plaza principal y el estadio. En medio de ese tablero, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió no asistir a la inauguración. Un gesto que se vende como sensibilidad social, pero que también huele a cálculo político: evitar el riesgo del abucheo, del descontrol, de la imagen incómoda en un palco VIP mientras la ciudad arde en problemas más terrenales.

Para rematar, la joya del Mundial en el espacio público-comercial llamado “Fan Festival” que todavía no acaba de instalarse en el Zócalo… sigue en veremos. Sheinbaum lo dijo sin rodeos: su operación dependerá de lo que se negocie con la CNTE. Si no hay acuerdo, la fiesta se mudará a alguna de las 18 sedes alternas ya anunciadas. Todo bajo control, promete. Pero en esta ciudad, ese “todo bajo control” suele ser el preludio del quién sabe.

La paradoja es brutal: la capital que presume modernidad mundialista no puede garantizar ni movilidad, ni certidumbre, ni accesos, ni precios razonables. La ciudad que quiere recibir al planeta entero no logra ordenar su propia casa.

El Mundial debería unir. Pero en la CDMX, cinco partidos bastaron para exhibir sus fracturas: la desigualdad en el acceso, la precariedad urbana, la tensión política, la improvisación logística y la eterna disputa por el espacio público.

El balón rodará. El Azteca rugirá. Las cámaras del mundo apuntarán hacia aquí. Y todavía no sabemos qué clase de Ciudad será la sede de miles de turistas. Y peor aún: no sabemos qué clase de Ciudad tendremos quienes aquí vivimos.

 

 

Nota: Los espacios de opinión son responsabilidad del articulista

 

 

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