Columna | Al Aire: La muerte del ajolote

No es retórica, no es clasismo y no es racismo, como espeta Clara Brugada contra quienes han criticado su propaganda de gobierno rumbo al Mundial de Futbol y los cinco partidos que se vivirán en la Colonia Santa Úrsula, al sur de la Ciudad de México.

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Por Enrique Hernández Alcázar

Hay más ajolotes pintados en bardas que los que viven en su hábitat natural.

No es retórica, no es clasismo y no es racismo, como espeta Clara Brugada contra quienes han criticado su propaganda de gobierno rumbo al Mundial de Futbol y los cinco partidos que se vivirán en la Colonia Santa Úrsula, al sur de la Ciudad de México.

Basados en datos científicos, hoy existen más ajolotes dibujados sobre muros, vagones y espacios púbicos que en los canales de Xochimilco. Esta especie, que vive actualmente una suerte de ‘efecto capibara’ mexicano, existe más en la propaganda rosa y morada del gobierno chilango rumbo al Mundial de futbol, que en la naturaleza.

El ajolote apenas sobrevive como especie. Esta es una fotografía incómoda de la CDMX que poco le importa a la autoridad. El uso y abuso de la figura del ajolote –en un intento por resignificarlo como ícono cultural–, no cambia la crisis que plantea la evidencia: una especie al borde del colapso y la extinción.

Los datos son claros y devastadores. A finales del siglo pasado, había alrededor de seis mil ajolotes por kilómetro cuadrado en Xochimilco. Una década después, la cifra cayó a cien. Las estimaciones del final del primer cuarto del siglo XXI apuntan a que existen 35 o menos ajolotes por km2. No parece una disminución progresiva. Es un desplome. En dos o tres meses, un grupo de científicos del Instituto de Biología de la UNAM, darán a conocer el censo más reciente.

El ensayo científico “A Tale of Two Axolotls” (“Historia de dos ajolotes”), que se publicó en la revista BioScience en noviembre de 2015, sigue siendo el referente más actualizado disponible. O sea, no hay actualización de los datos hasta el momento. El artículo científico. Fue escrito por S. Randal Voss, M. Ryan Woodcock y el Dr. Luis Zambrano, reconocido activista por el ajolote, prestigiado ecólogo de la UNAM y especialista en zonas urbanas y lacustres. En dicha pieza, se documenta el deterioro crítico de la población de ajolotes en Xochimilco. Ahí, aparece otro problema de fondo: no existen monitoreos sistemáticos, ni registros anuales o semestrales que permitan saber con precisión cuántos ajolotes quedan.

Es decir, la extinción avanza en medio de la opacidad estadística.

El ajolote, ese animal que ha sido símbolo de la cultura mesoamericana, objeto de investigación científica global y ejemplo extraordinario de regeneración biológica, hoy sobrevive mejor en laboratorios que en su propio ecosistema. Y eso debería encender todas las alarmas. Porque el problema no es la falta de reconocimiento simbólico. El ajolote nunca ha sido invisible. Ha sido protagonista de mitos, de ciencia y de identidad.

El problema es que su hábitat –el sistema lacustre de Xochimilco– ha sido degradado durante décadas sin que exista una política pública sostenida que revierta el daño. Urbanización acelerada, contaminación del agua, sobreexplotación de mantos acuíferos, hundimiento del suelo, introducción de especies invasoras. Todo documentado. Todo conocido. Poco resuelto. Frente a ese escenario, la apuesta por convertir al ajolote en imagen urbana resulta, cuando menos, insuficiente. Cuando no francamente contradictoria. Conservar una especie no pasa por viralizarla, sino por garantizar las condiciones ecológicas que le permiten existir.

El enojo social que ha generado esta “ajolotización” de la ciudad no es contra el animal. Es contra lo que simboliza: una política que privilegia la superficie sobre la estructura, la narrativa sobre la evidencia, la imagen sobre el ecosistema. El ajolote funciona, en este contexto, como un espejo incómodo. Refleja una ciudad que presume sus símbolos mientras pierde sus fundamentos.

El gobierno comunica con eficacia, pero ejecuta con limitaciones. Una CDMX que convierte su autodenominada ‘ajolotización’ en un ícono que no logra preservar. Creo que la pregunta no es si el ajolote debe ser símbolo cultural del otrora DF. Lo ha sido durante siglos. La cuestión es si la Ciudad está dispuesta a hacer lo necesario para que ese símbolo siga existiendo fuera del discurso. Porque si no, el desenlace es previsible. Nos quedaremos con miles de ajolotes pintados en bardas, impresos en volantes y hasta convertidos en simimuñecos de peluche.

Estamos convirtiendo al ajolote en leyenda futura. En pocos años, si todo sigue igual, lo veremos al subir a una estación del Tren Ligero. Pero ya no observaremos a ninguno nadando en los canales que les dieron origen. Y entonces, más que un emblema cultural, el ajolote será el registro perfecto de una época: la de una Ciudad que prefirió representarse para el mundo exterior y los turistas futboleros, antes que preservar su legado para sí misma y quienes viven en ella.

 

 

 

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