COLUMNA | Lo que Bruselas entiende del 22 de mayo (y México todavía no)

COLUMNA | Lo que Bruselas entiende del 22 de mayo (y México todavía no)

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COLUMNA | Lo que Bruselas entiende del 22 de mayo (y México todavía no)Diez días separan a México de la firma del Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea. El 22 de mayo, Ursula von der Leyen y António Costa estarán en Palacio Nacional con Claudia Sheinbaum, y la cobertura local ya tomó forma: 35% más de comercio bilateral en cinco años, eliminación de aranceles agroalimentarios, protección al tequila y al mezcal, mejores condiciones para exportadores mexicanos en el mercado europeo. Todo correcto. Todo incompleto.

Porque lo que se va a firmar en Palacio Nacional no es un tratado comercial. Es una pieza de la regionalización de cadenas de suministro que está reescribiendo la geografía industrial global. Y esa diferencia cambia qué tipo de capital llega, cuánto se queda, y para qué sirve.

La conversación europea ya cambió

Si uno lee la prensa europea de los últimos días, el lenguaje es inequívoco. El Consejo Europeo habla de “diversificar las relaciones comerciales globales.” La presidenta de la Comisión habla de “autonomía estratégica.” Los analistas en Bruselas, Madrid y Roma encuadran el acuerdo como respuesta a la fragmentación del orden comercial global y a la necesidad de construir cadenas de suministro menos dependientes de un solo eje. La Unión Europea no está firmando con México porque busca un nuevo mercado para sus aceitunas o su champaña. Está firmando con México porque está participando en una regionalización productiva global que requiere socios confiables fuera de su propio bloque.

Aquí, en cambio, la lectura todavía es la de 2018: comercio, aranceles, denominaciones de origen, “diversificación geográfica de mercados.” Es la lectura del acuerdo del año 2000 aplicada al acuerdo de 2026. Y el costo de esa lectura no es retórico: condiciona lo que México le pide a Europa, y todavía más importante, condiciona lo que México sabe que está ofreciendo.

No es México contra Estados Unidos. Es México como nodo donde convergen.

Hay una pregunta incómoda que conviene poner sobre la mesa, porque va a estar implícita en cada decisión de inversión europea de los próximos dieciocho meses. ¿Por qué una empresa alemana, italiana o francesa elegiría invertir en México si Donald Trump está consiguiendo, vía aranceles, que el capital global se instale directamente en Estados Unidos? Solo en los primeros cuatro meses del año pasado, las promesas de inversión hacia territorio estadounidense superaron los 200 mil millones de dólares.

La respuesta corta es que no es una decisión binaria. Es una decisión de portafolio dentro de una misma lógica de regionalización.

Para una empresa europea que vende exclusivamente al consumidor estadounidense y necesita inmunidad arancelaria absoluta, la respuesta puede ser instalar una planta en Texas o Carolina del Sur. Pero para cualquier empresa que opera en mercados globales —que necesita acceso simultáneo a Norteamérica, Europa y el resto del mundo, con estructuras de costos competitivas— solo hay una plataforma con acceso preferencial a las dos economías más grandes del planeta al mismo tiempo: México. No es Vietnam, que sigue cargando con el costo reputacional de la triangulación china. No es Marruecos, que es puerta a Europa pero no a Norteamérica. No es Polonia, que es puerta a Europa pero queda lejos del consumidor americano. Es México.

Y esto no es retórica. Es el único país que combina TMEC con Acuerdo Global Modernizado. Cuando una planta europea se instala aquí, produce componentes que fluyen hacia el norte bajo reglas TMEC y hacia Europa bajo reglas AGM. El beneficio no es solo mexicano. Es trilateral. México es el punto donde la cadena europea y la cadena norteamericana convergen físicamente, jurídicamente y arancelariamente. Estados Unidos sale ganando porque sus propias cadenas industriales se vuelven más resilientes con un nodo manufacturero confiable al sur. Europa sale ganando porque obtiene un nodo de integración con la economía norteamericana que opera bajo reglas del TMEC —reglas que Estados Unidos diseñó. México sale ganando porque se convierte en el punto donde dos sistemas regionales se encuentran.

Conviene nombrar lo que esto es y lo que no es. Es regionalización: la lógica que también define la política comercial estadounidense, que también enmarca el Plan México, y que también motiva la diplomacia industrial europea. Toda inversión europea que llegue a México con destino al mercado norteamericano queda sujeta a las reglas de origen del TMEC. La arquitectura no sortea a Washington; pasa por su filtro. Reforzar a México como nodo manufacturero es exactamente lo que la política comercial estadounidense dice querer: cadenas robustas en Norteamérica, menos dependientes de Asia. Que la Unión Europea ahora invierta en hacer realidad esa arquitectura es complementariedad, no enfrentamiento.

Bruselas lo entiende perfectamente. El 11 de mayo, los 27 Estados miembros de la Unión Europea aprobaron unánimemente la firma del acuerdo con México. Conviene dar contraste: el acuerdo paralelo con Mercosur pasó hace cuatro meses con 21 votos a favor y 5 en contra, con Francia, Austria, Polonia, Irlanda y Hungría rechazándolo. Mercosur tiene oposición política, agrícola y ambiental dentro de la propia Unión. México no. En el cálculo europeo, México es el socio de América Latina sin fricción interna.

Lo que México ofrece

Aquí está el cambio de marco que conviene hacer, y es el que más cuesta porque va contra el reflejo nacional de leer estos eventos como concesiones que nos otorgan. La pregunta no es qué va a hacer Europa por México. La pregunta es qué está ofreciendo México que Europa, después de una década de negociación, decidió aceptar sin disidencia interna.

México ofrece una geografía productiva con acceso preferencial doble que ninguna otra economía emergente tiene. Ofrece una estructura industrial que ya integra a más de 45 mil empresas europeas en cadenas de exportación. Ofrece, vía Plan México, marcos de inversión que abren espacio no solo para grandes anclas industriales, sino para proveeduría de segundo nivel, manufactura especializada y empresas medianas —el tejido empresarial que en Europa representa la mayoría de los exportadores y que hasta ahora tenía pocas vías para escalar operaciones aquí. Ofrece un entorno donde el origen es verificable: menos del 1.5% de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos involucran triangulación de terceros países, contra picos cercanos al 7.5% en plataformas asiáticas comparables. En el mundo que viene, donde el origen importa más que el costo, esa cifra es la diferencia entre una cadena utilizable y una cadena bajo investigación.

Y México ofrece algo que la cobertura casi no nombra: previsibilidad regulatoria sobre el contenido tecnológico de lo que aquí se produce. El sistema de conectividad vehicular que la Unión Europea está regulando con creciente exigencia es solo el ejemplo más visible. Lo mismo aplica a semiconductores, baterías, equipo médico, productos farmacéuticos. Donde Europa va a exigir trazabilidad de origen tecnológico para entrar a su mercado, México puede entregarla. Esa es una oferta concreta, no una aspiración.

Una arquitectura, no una transacción

Por eso el 22 de mayo importa más de lo que parece. La firma no es el cierre de una negociación. Es el inicio de un periodo de doce a dieciocho meses en el que los comités de inversión europeos van a decidir cómo reasignan capital en un mundo donde la geografía industrial se está reescribiendo. Esa decisión se está tomando ahora, no en 2030. Y la claridad con la que México nombre lo que está ofreciendo —no lo que pide— determinará cuánto de ese capital se ancla aquí.

Bruselas no firma un TLC. Firma una pieza más en la regionalización de cadenas de suministro globales, y México es la convergencia. La oportunidad es estructural, única, y de autoría mexicana. Las oportunidades que no se nombran, no se cobran.

 

 

 

 

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