Raíz y destino: El vino de Aguascalientes

El Aguaje, viñedos que ascienden al cielo, donde la tierra respira y las nubes se tienden como puentes. Crédito de la imegen: Natalia von Retteg

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El viaje hacia los viñedos de Aguascalientes comenzó bajo la mirada enigmática del Cerro de la Mesa, levantado en tierras de Jalisco, pero visible como guardián en el horizonte del camino. Así, la carretera se abría entre colinas y cielos despejados, y lo que dominaba el ambiente no era el aire fresco, sino un sol que caía a plomo, un calor que se adhería a la tierra y marcaba su pulso. En medio de esa intensidad, los viñedos surgieron como oasis, como tregua luminosa que detenía el tiempo y dejaba escuchar el murmullo de la vid en un territorio donde sequedad y vida se enfrentan, pero también se abrazan.

En Praön de María nos recibieron María Saravia y Andrés de la Parra, anfitriones que han convertido su viñedo en una constelación de sentidos, un espacio donde cada detalle parece estar dispuesto para que la experiencia del vino se expanda más allá de la copa. Mientras degustábamos sus vinos y escuchábamos la historia de su proyecto, emergía también el significado profundo de su nombre: Praön, un término que guarda doble resonancia porque evoca tanto el pueblo asturiano de sus raíces como a la partícula más pequeña del átomo, la esencia indivisible. Esa dualidad entre tradición y ciencia se confirma con el reconocimiento internacional que han alcanzado sus etiquetas, prueba de que la pasión que los sostiene trasciende fronteras. Y es también, íntimamente, de María por la mujer que da nombre y sentido al viñedo, porque en cada sorbo se percibe la huella de su espíritu como la voz que convierte la tierra en raíz y el vino en esencia.

La Casa Praön: arquitectura que abraza el paisaje y se convierte en refugio para habitarlo. Crédito de la imegen: Natalia von Retteg

La Casa Praön, con su arquitectura contemporánea que se abre al paisaje y refleja los atardeceres hidrocálidos, es refugio y escenario donde el visitante puede prolongar la experiencia y quedarse a habitarla, pues también ofrece la posibilidad de hospedarse. Cada una de sus etiquetas es un homenaje a la excelencia y a la herencia familiar y la casa misma es un espacio de encuentro entre tierra, cielo y buenos amigos.

Rolando Orozco, enólogo que ha dado forma a vinos que han conquistado paladares fuera de México. Crédito de la imegen: Natalia von Retteg

El camino nos llevó después al Valle de las Delicias, donde se encuentra la vinícola El Secreto. El tránsito entre un viñedo y otro se siente como un cambio de capítulo en la misma historia, la tierra sigue hablando, pero con otro acento. Sus bodegas, de muros de piedra y barricas alineadas bajo la respiración pausada del tiempo, transmiten la sobriedad de un espacio forjado por la paciencia y el oficio. Allí conversamos con Rolando Orozco, enólogo que ha dado forma a vinos que han conquistado paladares fuera de México y que hoy son referencia en certámenes de prestigio. La experiencia fue un encuentro con la precisión buscada en cada detalle, fusión de tradición e innovación que convierte al vino en una huella viva de su origen. En ese lugar comprendimos que el vino es también diálogo entre pasado y futuro al guardar la memoria de la tierra y de quienes la han trabajado, y al mismo tiempo anticipar lo que vendrá en cada cosecha, en cada copa que se abre camino hacia nuevas mesas y paladares.

La ruta continuó hacia El Aguaje, en el municipio de Pabellón de Arteaga, donde el paisaje se abre como un tapiz de vides ordenadas bajo un cielo vasto y cambiante. A 1,860 metros sobre el nivel del mar, los viñedos respiran con el ritmo de la montaña y se extienden en hileras que parecen tender puentes hacia las nubes. Sus vinos reposan en barricas de roble francés, adquiriendo carácter y distinción que reflejan tanto la altitud como la paciencia de su crianza. Almorzamos al aire libre frente al viñedo, con la sensación de que el tiempo se detenía para permitirnos saborear la armonía de ese lugar. El aire seco, el murmullo de las hojas y el vino en la copa componían una escena donde la aspereza de la tierra se fundía con la delicada suavidad del vino.

Al regresar a Casa Praön, el viaje encontró su cierre natural. Los atardeceres hidrocálidos nos sorprendieron con su intensidad, el cielo se encendía en tonos rojos y naranjas como brasas que ardían lentamente sobre el horizonte. En la terraza, con una copa de vino Ascuas en la mano, la metáfora se hizo evidente: el vino era calor contenido, fulgor que ilumina sin consumir, un reflejo del cielo que ardía sobre nosotros, recordándonos que el vino es también eso, una energía que se guarda en la boca y en el alma como un resplandor que acompaña la noche.

Así, el recorrido por los viñedos de Aguascalientes se vivió como un viaje por la herencia y la identidad de quienes han hecho de esta tierra un lugar donde el vino se convierte en testimonio de la fuerza vital de su territorio y de su gente.