Columna | Al Aire: Delcy 1, Trump 0

Columna | Al Aire: Delcy 1, Trump 0

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por Enrique Hernández Alcázar

La novena entrada siempre es territorio para los valientes.
Ahí no se juega béisbol: se juega carácter.
Se juega historia.

Miami. LoanDepot Park. Casa del imperio. Casa del espectáculo. Casa, también, de una derrota que no estaba en el guion.

Estados Unidos lucía como el favorito… en la lógica. Por la nómina. Por el músculo. Por la narrativa. Pero el béisbol –como la política– no siempre respeta el libreto. Y entonces apareció Venezuela. No la Venezuela del discurso. No la Venezuela del colapso eléctrico, de la gasolina racionada o del éxodo interminable. No la Venezuela convertida en expediente geopolítico. Apareció la otra: la que batea, la que corre, la que resiste. La que espera su turno al bat.

Porque este juego –como tantos otros– se decidió en la novena. Con el marcador empatado, con la presión encima y con la historia respirando en la nuca, Eugenio Suárez conectó ese doble que rompió el partido. 3-2. Juego nuevo. Juego terminado.

Un batazo que, más allá del diamante, sonó a otra cosa.
Sonó a mensaje.

Porque mientras la pelota viajaba al jardín, el contexto ya venía cargado desde antes: un país intervenido, un presidente capturado, una transición forzada, y una narrativa –la de Washington– que pretendía escribir el final de Venezuela desde fuera.

Pero el béisbol tiene esa virtud incómoda: devuelve la voz a quien parecía fuera del juego.
Y esa noche, Venezuela habló. Habló con el bate. Habló con el pitcheo que contuvo a una alineación plagada de estrellas. Habló con un equipo que llegó sin pedir permiso y terminó levantando su primer título mundial.

Delcy Rodríguez no tardó en capitalizar el momento. Declaró día festivo. Celebración nacional. Unidad. Orgullo. Patria. Porque el poder –como el béisbol– también se juega en símbolos.

Del otro lado, Donald Trump reaccionó como juega: con estridencia, con cálculo, con provocación. “Statehood”, escribió. Como si Venezuela fuera una ficha más en su tablero expansionista.

Pero el marcador ya estaba puesto: Delcy 1. Trump 0.

No porque el chavismo haya ganado. No porque la crisis haya terminado. No porque la democracia haya regresado. Nada de eso. Sino porque, por un instante –breve, pero contundente– la narrativa se les escapó de las manos.
Porque el país que muchos daban por intervenido, domesticado o absorbido, apareció en el escenario global no como territorio, sino como identidad. Y eso, en tiempos de propaganda, es dinamita.

El béisbol hizo lo que la política no ha podido: unificar, emocionar, devolver orgullo sin intermediarios. En Caracas y en Doral. En las calles y en la diáspora. Un país roto celebrando como uno solo.

Pero cuidado: los juegos de nueve entradas también se leen mal si uno se queda solo con la pizarra. Porque esta victoria –tan potente como simbólica– también es terreno fértil para la manipulación. Para el relato oficial. Para la épica conveniente.

El poder sabe apropiarse de los triunfos. Y el béisbol, como la política, no termina cuando cae el último out. Termina cuando alguien cuenta la historia. Hoy, esa historia dice que Venezuela le ganó a Estados Unidos en su casa, en su juego y en su momento.

Pero la otra historia –la que no cabe en el box score– sigue en disputa.

Mientras unos celebran con banderas y otros tuitean con sarcasmo imperial, hay un país que sigue jugando el partido más difícil de todos: El de su propio futuro. Y ese, todavía, está en extra innings.

 

 

 

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