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Lo que el PIB no está viendo

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Hard discount, autos chinos y los cambios en el consumo mexicano

Algo no cuadra en los datos de la economía mexicana: los salarios reales suben, el hard discount se expande y el consumo físico parece dinámico, pero el PIB sugiere debilidad. Parte de la explicación podría estar en cambios estructurales que las métricas tradicionales capturan mal. Tal vez el consumo, las importaciones y el PIB están contando historias distintas sobre la misma economía.

Hay una incomodidad que debería seguir a cualquier analista serio cuando revisa los datos recientes de México: los salarios mínimos reales crecieron consistentemente desde 2019, el empleo formal se mantuvo relativamente estable, las tiendas de descuento abrieron sucursales a ritmo acelerado — y aun así el consumo privado como proporción del PIB cayó. El diagnóstico convencional apela de inmediato a los mismos diagnósticos recurrentes: inseguridad jurídica, falta de estado de derecho, incertidumbre política, ausencia de incentivos a la inversión. Variables con la virtud de explicarlo todo sin explicar nada en particular. Cajas negras analíticas — cómodas y citables — que permiten emitir un juicio sin haber observado el fenómeno.

Este artículo no pretende refutar esas variables. Pretende algo más modesto y más urgente: señalar que hay evidencia observable, concreta y desagregada, que sugiere mecanismos distintos — mecanismos que la métrica del PIB no captura bien y que el ciclo mediático convencional silencia sistemáticamente. No sabemos si esta hipótesis es la correcta. Sí creemos que merece investigarse con la misma seriedad con que se repiten los lugares comunes.

El precio que el PIB registra como caída

Comencemos con un mecanismo que parece trivial pero tiene consecuencias estadísticas profundas. El PIB, medido por el método del gasto, registra lo que los hogares pagaron — no necesariamente el volumen físico de bienes que consumieron. Precio multiplicado por cantidad. Cuando ese precio baja sin que la cantidad cambie, el PIB nominal cae. El volumen real queda subestimado si el deflactor de precios no captura la migración hacia canales más baratos.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el hard discount en México. Tiendas 3B opera con un modelo de precio duro: el mismo producto que en una tienda de conveniencia tradicional cuesta 35 pesos, en 3B cuesta 22. La misma agua, el mismo yogurt, el mismo detergente. La canasta física que el hogar consume no cambia — o incluso crece. Lo que cambia es el precio pagado. El INEGI construye su deflactor con una canasta que refleja predominantemente el canal moderno tradicional — Walmart, Chedraui, OXXO — frente al hard discount emergente. El resultado: una migración real de millones de hogares hacia formatos más baratos queda registrada, en parte, como contracción del consumo nominal.

La velocidad del fenómeno hace la distorsión más pronunciada. Mientras las cadenas agrupadas en la ANTAD reportan crecimientos modestos o negativos en ventas comparables, el formato de descuento duro crece a tasas que los multiplican varias veces en el mismo período. Pero la ANTAD tiene voceros, tiene área de comunicación, tiene analistas de sell-side que cubren sus reportes trimestrales. Genera titulares. El hard discount no cotiza en bolsa, no emite comunicados de prensa, no tiene cobertura de analistas. Su crecimiento es estadísticamente real, pero narrativamente invisible.

El resultado es un ciclo de retroalimentación perverso: los medios amplifican la señal de los sectores en contracción, los índices de confianza del consumidor recogen esa señal amplificada, los analistas la incorporan a sus modelos, y el consenso se consolida en torno a un diagnóstico de debilidad que es parcialmente correcto pero estructuralmente incompleto. Se está escuchando, predominantemente, a los perdedores del cambio estructural.

El auto más vendido de la marca más americana del mundo

El segundo mecanismo es más complejo y sus implicaciones van más lejos. Entre 2018 y 2025, el consumo de bienes importados en México creció 69%. El consumo de bienes nacionales creció 5.6%. Una divergencia de doce a uno que no es ruido estadístico — es la fotografía de una transformación estructural del consumo mexicano.

Para entender lo que está detrás, hay que bajar al nivel de la transacción individual. El auto compacto más vendido en México en los últimos años, bajo badge de General Motors, se fabrica en Shanghai. No en Silao, no en Toluca, no en San Luis Potosí: en China, en las plantas de la joint venture entre GM y su socio estatal SAIC. En el primer semestre de 2025, el 65% de las ventas de GM en México provinieron de vehículos fabricados en China — más de 60,000 unidades. Sus cinco modelos de mayor volumen, sin excepción, son de origen chino.

Un auto es el bien duradero de mayor ticket en la canasta del hogar mexicano. Su precio promedio es 30–40% inferior al de un equivalente producido regionalmente. Cuando el hogar compra ese compacto chino con logo americano, el PIB registra, correctamente, una transacción de menor valor nominal. Pero lo que no registra — lo que el dato agregado oculta — es adónde fue el valor de esa transacción. El costo de manufactura está en Shanghai. El margen corporativo se consolida en Detroit. México captura el IVA, el ISR del concesionario, y el empleo de la red de distribución. Nada más.

El caso GM no es una anomalía. Es el ejemplo más visible de una reconfiguración del consumo en la que el crecimiento de la demanda mexicana — acompañado por la política de aumento del salario mínimo desde 2019 — fue absorbido en proporción creciente por oferta importada, no por producción doméstica. El gobierno apostó al mercado interno. Los salarios crecieron. Y buena parte de ese poder adquisitivo adicional se fue a financiar valor agregado en China y otras economías exportadoras, no en México.

La inversión: aquí sí hay un problema real, y es el que nadie conecta

Hasta aquí el argumento podría leerse como neutro o incluso optimista: el consumidor accede a más bienes reales con menos dinero nominal, lo cual es, en algún sentido, bienestar. El problema está en lo que ese mecanismo produce aguas abajo.

La formación bruta de capital fijo — la inversión productiva que construye capacidad para el futuro — cayó de 17.4% a 16.1% del PIB en el mismo período en que las importaciones subieron de 26.5% a 28.5%. No es coincidencia. Es la misma transformación observada desde dos ángulos distintos.

Cuando el consumo doméstico es abastecido crecientemente por producción importada, se cierra el espacio económico para que cualquier empresario justifique invertir en capacidad productiva local en esos segmentos. ¿Por qué construir una planta en México para fabricar subcompactos si GM ya cubre ese mercado con costos chinos imbatibles? ¿Por qué invertir en manufactura de bienes de consumo masivo si el hard discount puede importar el producto terminado a un precio que no le da margen a la producción local?

Es un efecto de desplazamiento silencioso y acumulativo. La ecuación financiera de invertir en producción doméstica se deteriora cuando el precio de referencia global baja por debajo del costo de producción local. La inversión no cae únicamente porque el empresario tenga miedo al estado de derecho — aunque ese factor también pesa. Cae porque el modelo de negocio de producir en México para el mercado mexicano se erosionó en numerosos segmentos donde la competencia importada llega deflacionada por economías de escala que México no puede replicar.

El dato más directo: las empresas que tienen poder de comunicación y acceso al debate público — el retail tradicional, la industria que compite con importados — son las que más presionan con el diagnóstico de estancamiento. Las empresas que están ganando en este entorno, en parte porque se adaptaron al consumidor que migró hacia el precio, tienen menos voz en ese debate. El diagnóstico que llega al analista está sesgado desde la fuente.

Un instrumento que mide mal lo que más ha cambiado

Hay un elemento adicional que refuerza la hipótesis sin resolver la incertidumbre. Cada vez que el INEGI actualiza el año base de sus cuentas nacionales — proceso que se realiza cada cinco años, incorporando los resultados del Censo Económico más reciente — el nivel del PIB se corrige. Y esa corrección, en los ciclos recientes registrados en México, ha sido hacia arriba. No hacia abajo. Sistemáticamente al alza.

Lo que esto implica no es fraude estadístico ni manipulación: es la consecuencia natural de que la estructura económica cambia más rápido que la metodología de medición. Los sectores que crecen más — manufactura avanzada, servicios digitales, economía informal que se formaliza — están subponderados en la canasta del año base anterior. Cuando el censo actualiza esa canasta, el PIB sube. El escalón más reciente, al cambiar de base 2013 a 2018, fue de 2.8%. Históricamente ha llegado a ser considerablemente mayor.

¿Qué significa esto para el debate actual? Que las series largas de crecimiento que usan analistas, organismos internacionales y comentaristas para calificar a México de “economía que no crece” están construidas con datos de distintos años base, pegados sin ajustar por esos saltos. La tasa de crecimiento promedio que se cita como evidencia del fracaso económico de largo plazo podría estar subestimada de forma sistemática. No sabemos por cuánto. Pero la dirección del error tiene un patrón.

Lo que los datos sugieren — y lo que todavía no sabemos

La hipótesis que emerge de estos tres mecanismos combinados es la siguiente: México está viviendo una transformación estructural del consumo — hacia el precio más bajo, hacia el bien importado, hacia la formalización de transacciones anteriormente invisibles — que el PIB registra de forma distorsionada. El consumo nominal cae en parte porque los precios bajaron, no porque el volumen real colapsó. La inversión cae porque la demanda que creció fue capturada por la oferta importada, no por la producción doméstica. Y la narrativa dominante sobre el estancamiento está construida sobre los reportes de los actores con más poder de comunicación, que son precisamente los que pierden participación en esta reconfiguración.

No afirmamos que esta hipótesis sea la verdad. Afirmamos que la evidencia observable — hard discount creciendo a tasas que multiplican al canal tradicional, 65% de las ventas de GM viniendo de China, consumo de importados creciendo doce veces más rápido que el de nacionales, FBCF cayendo mientras las importaciones suben — merece un análisis más serio que la repetición automática de los diagnósticos recurrentes.

La tendencia del análisis económico mexicano a buscar explicaciones de una sola variable — el estado de derecho, la incertidumbre, la falta de confianza — no es solo pereza intelectual. Es un hábito que tiene consecuencias reales: orienta la política económica hacia los síntomas visibles y deja sin diagnosticar los mecanismos estructurales que los producen. Si el problema real es que la demanda doméstica crece pero la oferta que la absorbe es importada, las soluciones son distintas a las que sugiere el diagnóstico convencional.

A veces es más cómodo repetir una explicación reconocible que investigar un fenómeno que no encaja en las categorías establecidas. Ese es, quizás, el verdadero problema de fondo.

 

 

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