México tiene más poder del que la conversación nacional se permite creer

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Las cifras de comercio 2025 entre México y Estados Unidos revelan algo que el debate nacional prefiere ignorar: la relación con Estados Unidos no es la de un dependiente frente a su patrón, sino la de dos economías tan entrelazadas que ninguna puede darse el lujo de ignorar a la otra. La negociación del T-MEC transcurre con discreción y cabeza fría. El desafío no está en la mesa de negociación. Está en elevar la conversación nacional a la altura de lo que está en juego: pasar del temor a una agenda de crecimiento con bienestar.

Hay un número que vale la pena leer dos veces: 873 mil millones de dólares. Ese es el volumen total de comercio entre México y Estados Unidos en 2025. México superó a Canadá y dejó muy atrás a China. Pero la cifra en sí misma no es lo más revelador. Lo interesante está en su composición.

Estados Unidos le compra a México alrededor de 535 mil millones de dólares. Hasta ahí, nada sorprendente. Lo que con frecuencia se omite es el otro lado: Estados Unidos también le vende a México aproximadamente 338 mil millones. Esa doble vía es la clave de todo.

No estamos ante una relación en la que un país vende y el otro simplemente compra. Estamos frente a un entramado productivo profundamente integrado, donde las fronteras entre “lo mexicano” y “lo estadounidense” son, con frecuencia, una ficción contable.

Lo que Estados Unidos exporta a México no son pantallas planas ni ropa de temporada. Son insumos industriales, componentes intermedios, maquinaria, equipo, energía y tecnología. Y maíz amarillo —un dato que merece detenerse: México es el mayor importador de maíz estadounidense en el mundo. Este maíz, distinto al blanco que se destina al consumo humano, es insumo esencial para cadenas agroindustriales, pecuarias y manufactureras que, a su vez, exportan de vuelta al mercado estadounidense. Circular, interdependiente, sistémico.

De socios comerciales a socios industriales: lo que el déficit no explica

Esto revela algo que el debate suele pasar por alto: la relación bilateral hace tiempo que dejó de ser comercial para volverse industrial. El T-MEC, en la práctica, no es un tratado de libre comercio en el sentido clásico. Es un acuerdo de integración productiva. Sus reglas de origen en el sector automotriz, sus requisitos de contenido regional, sus capítulos laborales y mecanismos de verificación no están pensados para facilitar el intercambio ocasional de bienes, sino para anclar cadenas de suministro compartidas.

El poder de negociación de México no proviene de la confrontación. Proviene de algo más sólido y más difícil de desmantelar: la interdependencia estructural. En territorio mexicano operan plantas que forman parte de cadenas regionales; hay inversiones con capital hundido, proveedores especializados, infraestructura logística y talento técnico integrado a procesos productivos norteamericanos. Sustituir esa arquitectura no es cuestión de voluntad política ni de decreto arancelario. Lleva años y cuesta caro.

Esto no significa ignorar las asimetrías. Estados Unidos tiene ventajas evidentes: escala financiera, liderazgo tecnológico, peso geopolítico. Pero cuando dos economías comparten procesos productivos, la dependencia deja de ser unilateral. Se convierte en algo más parecido a la estabilidad recíproca.

El discurso que reduce todo al déficit comercial pierde el hilo aquí. El saldo negativo en la balanza de bienes es una fotografía incompleta: no captura que muchos de los productos que Estados Unidos importa desde México llevan adentro insumos que primero cruzaron la frontera hacia el sur. La estadística tradicional rara vez refleja esa circularidad. El valor agregado no siempre es donde parece.

Cuando el adjetivo sustituye al análisis

Estas cifras, sin embargo, tienen poco protagonismo en el debate nacional. Curiosamente, la negociación misma transcurre con una discreción que contrasta con el ruido: sin estridencias, con cabeza fría, sin golpes en la mesa. El problema no está en la mesa de negociación. Está en la conversación pública que la rodea.

Lo que abunda en el debate es la narrativa de la vulnerabilidad, repetida con una constancia que ya empieza a parecerse a la convicción. Analistas, columnistas y “especialistas” advierten que la negociación del T-MEC será “dificilísima”, “complejísima”, “durísima”. Adjetivos que, más que explicar, predisponen. Que, más que analizar, amplifican el temor. En algunos casos hay detrás una intención política reconocible; en otros, simplemente se trata de repetir el eco sin verificar la fuente. El resultado es el mismo: una conversación nacional que habla más de miedo que de estrategia, y que en lugar de construir interés nacional, lo erosiona.

La pregunta que importa no es si tenemos margen, sino qué hacemos con él

México llega a esta negociación en un momento geopolítico inusualmente favorable. Las tensiones comerciales con China, la búsqueda global de resiliencia en cadenas de suministro y la lógica del nearshoring han puesto al país en el centro de conversaciones que hace una década eran impensables. No como socio periférico, sino como la plataforma manufacturera más integrada al mercado norteamericano.

El verdadero reto, entonces, no es demostrar que existe poder de negociación. Ese poder ya está en los datos, en las inversiones, en las plantas que operan, en los barcos y camiones que cruzan la frontera cada día. El desafío es qué se hace con él.

La agenda tiene al menos cuatro frentes concretos. El primero es la integración de la gran empresa mexicana a las cadenas de suministro norteamericanas: los conglomerados nacionales que logren ese vínculo no solo acceden a demanda garantizada y a un marco legal previsible, sino que tienen la escala para arrastrar consigo a proveedores medianos y pequeños que todavía no se han beneficiado de la integración regional. El segundo es el sector servicios: México ofrece una ventaja de costos real en actividades —laboratorios, servicios técnicos especializados, procesos de alto valor— que pueden realizarse desde cualquier geografía y que generan encadenamientos amplios hacia el resto de la economía. El tercero es el talento STEM: México produce ingenieros y técnicos en volumen considerable; lo que ha faltado es la estructura que los conecte con procesos productivos e innovadores de mayor sofisticación. El cuarto, quizás el más revelador de las asignaturas pendientes, es el desarrollo de marcas y productos mexicanos para el mercado norteamericano. Una economía tan integrada a la manufactura regional debería estar generando, a estas alturas, productos propios con presencia en el mercado más grande del mundo. Que eso no haya ocurrido a escala significativa dice algo sobre los límites de una integración que hasta ahora ha sido más de proceso que de propuesta.

El poder de negociación no se ejerce con declaraciones altisonantes. Se ejerce con certidumbre regulatoria, infraestructura competitiva, capital humano y coordinación público-privada que funcione. Es un poder discreto, de baja temperatura, pero de efectos acumulativos.

México forma parte de una arquitectura productiva regional con fundamentos más sólidos de lo que la conversación cotidiana sugiere. Reconocerlo no es ingenuidad ni triunfalismo. Es el punto de partida para una conversación más útil: no si tenemos margen, sino cómo lo ampliamos; no si dependemos, sino cómo convertimos esa integración en crecimiento con bienestar.

La relación con Estados Unidos ya no es simplemente comercial. Es industrial, sistémica y de largo plazo. La negociación lo sabe. La pregunta es si la conversación nacional está a la altura de lo que está en juego. Una narrativa atrapada en el temor y la pequeñez no es neutral: actúa como lastre. Impide articular con claridad qué es lo que México quiere construir con lo que ya tiene. Ese paso —elevar el debate, orientarlo hacia una agenda de crecimiento con bienestar— no depende de aranceles ni de reglas de origen. Depende de analistas, medios y formadores de opinión que decidan estar a la altura del momento.