Al Aire | ¿Maromas o estrategia?

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por Enrique Hernández Alcázar

En política no existen las casualidades. Existen los cálculos. Y cuando una presidenta decide remover a un funcionario por “no hacer su chamba” y por desafiar públicamente al titular de la Secretaría de Educación Pública, pero al mismo tiempo lo despide con aplausos y lo elogia por su “trabajo extraordinario”, la pregunta no es menor: ¿estamos frente a una maroma retórica o ante una estrategia quirúrgica?

La salida de Marx Arriaga no es un episodio menor. Fue uno de los rostros más visibles del rediseño ideológico de los libros de texto gratuitos, el arquitecto discursivo de una cruzada pedagógica que dividió al país y que defendió con un tono militante más cercano al activismo que a la función pública. Su choque con el titular de la SEP no era un secreto. Tampoco su resistencia a alinearse.

Pero el mensaje presidencial fue curioso. Se va, pero se va bien. Se va, pero fue extraordinario. Se va, pero sin reproche ideológico. Ahí está el punto fino.

Cuando se combina una remoción con un elogio desmedido, el poder está enviando dos señales simultáneas: hacia afuera, disciplina; hacia adentro, lealtad intacta. No es ruptura. Es reacomodo. No es castigo político. Es ajuste de tablero.

La presidenta Claudia Sheinbaum camina sobre una cuerda tensa: gobernar con autonomía sin dinamitar el legado ni la estructura de poder que heredó. Cada movimiento es observado por dos auditorios: el país y Palenque.

¿Es control de daños? Sí. Porque Arriaga se convirtió en un frente innecesario en medio de presiones presupuestales y educativas. ¿Es imposición tersa? También. Porque el titular de la SEP no podía ser desafiado sin que alguien pagara el costo. ¿Es miedo a romper con AMLO? Esa es la pregunta incómoda.

Porque Marx Arriaga no es un funcionario cualquiera. Es parte del ADN político-ideológico del obradorismo duro. Despedirlo con reproches habría sido leído como deslinde. Despedirlo con flores permite mantener el puente sin incendiarlo.

El patrón se repite.

Adán Augusto López: señalado, debilitado, pero nunca desautorizado frontalmente. Gerardo Fernández Noroña: incendiario útil, incómodo a veces, pero integrado al engranaje institucional. Los López Beltrán: actores no formales pero políticamente presentes en el ecosistema del poder.

En cada caso, la constante es la misma: nadie es dinamitado públicamente. Nadie es expulsado del relato. Se administran las tensiones sin romper el cordón umbilical. Sheinbaum parece apostar por una transición sin trauma, por una cirugía sin sangre visible. Gobernar sin que se note la fractura. Ajustar sin exhibir ruptura.

Pero ese modelo tiene riesgos. Porque cuando el mensaje es ambiguo, el poder se vuelve difuso. Y cuando no queda claro si el mando es propio o compartido, las lealtades también se fragmentan. Morena ya acumula fisuras: Monreal vs Sansores, Scherer vs Ramírez Cuevas, alcaldes bajo sospecha, gobernadores con agenda propia.

La presidenta necesita autoridad vertical. No guiños simbólicos.

Si la salida de Arriaga fue una señal de autonomía, el elogio posterior fue un freno de mano. Si fue una maroma, es la confirmación de que la narrativa sigue subordinada al origen. Si fue estrategia, entonces es una jugada de ajedrez donde cada pieza se mueve sin tumbar al rey anterior.

La pregunta no es si Sheinbaum puede gobernar. La pregunta es si puede gobernar sin pedir permiso. Y esa definición, más temprano que tarde, dejará de resolverse con comunicados elegantes. Se resolverá en el ejercicio real del poder. Porque en política, las maromas cansan. La autoridad, en cambio, se ejerce.

 

 

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