México y el nuevo piso inflacionario: cuando la credibilidad ya no es converger al 3%

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La inflación en México ya no responde principalmente a choques transitorios, sino a un cambio estructural impulsado por la recuperación salarial. El verdadero debate no es el calendario de recortes, sino si el país puede sostener salarios reales más altos sin aceptar un nuevo piso inflacionario o sin hacer reformas profundas.

El debate inflacionario en México se ha empobrecido. Se discute si el Banco de México recortará tasas en mayo o en junio, si el dato de febrero “confirmará” una trayectoria descendente, o si la apreciación del peso terminará por hacer el trabajo desinflacionario. Pero ese no es el debate relevante.

El debate real es otro, mucho más incómodo: si México ya opera con un nuevo piso inflacionario cercano a 4%, impulsado por la recuperación salarial, y qué implica eso para la política monetaria y la noción misma de credibilidad del banco central.

Un cambio de régimen que no se quiere nombrar

Desde 2019, México experimenta algo que no había ocurrido en décadas: una recuperación deliberada y sostenida del salario real, encabezada por aumentos agresivos del salario mínimo. Este no es un choque puntual ni un ajuste cíclico; es una política estructural, repetida año con año, con un claro efecto faro sobre el resto de la distribución salarial.

Ese cambio alteró el mecanismo inflacionario del país. Durante más de dos décadas, la inflación mexicana fue dominada por shocks: energéticos, agropecuarios, tipo de cambio, precios administrados. La inflación subyacente era relativamente inerte, y enero solía ser un mes dominado por la volatilidad no subyacente.

Eso ya no es así.

Hoy, los repuntes inflacionarios —particularmente en enero— provienen de servicios y mercancías alimenticias procesadas: restaurantes, cafeterías, comida preparada, vivienda, educación, bebidas. Es decir, rubros intensivos en mano de obra, donde el salario mínimo sí importa. No es casualidad: los salarios se negocian y fijan en diciembre, y los precios se reajustan en enero. Lo que observamos no es ruido estadístico, sino un pulso inflacionario anual institucionalizado.

El error de seguir pensando en choques transitorios

Buena parte del análisis de mercado insiste en una narrativa tranquilizadora: los efectos del IEPS, de algunos aranceles o del aumento salarial “se diluirán”, y la inflación retomará su trayectoria descendente de manera gradual.

El problema es que esa narrativa confunde choques de una sola vez con fuerzas persistentes. Un impuesto indirecto puede ser transitorio. Un aumento salarial recurrente, no. Cuando el salario mínimo sube en términos reales de manera acumulada, eleva el piso de costos en servicios, refuerza la indexación informal y aumenta la inercia inflacionaria. Eso no se revierte con el paso de los meses; se incorpora a la estructura de precios.

Aquí aparece la primera gran inconsistencia: se espera una desaceleración gradual de la inflación de servicios, pero rara vez se explica cuál es el mecanismo económico que la produciría. ¿Menores salarios? No. ¿Una caída abrupta de márgenes? Poco probable en mercados concentrados. ¿Un desplome de la demanda? No es el escenario base. La desaceleración se asume, pero no se justifica.

El tipo de cambio como ancla… pero no como solución

Otro supuesto acomodaticio es que la apreciación del peso terminará por contener la inflación. Sin duda, el tipo de cambio ha funcionado como ancla de no desbordamiento: ha evitado que la inflación importada se sume al problema. Pero de ahí a pensar que resolverá la inflación subyacente hay un salto conceptual.

México depende de importaciones en varios alimentos básicos e insumos; aun así, la apreciación cambiaria no se traduce linealmente en menores precios al consumidor porque dominan costos domésticos y márgenes, especialmente en alimentos procesados y servicios. En paralelo, conviene recordar una obviedad que el debate suele pasar por alto: México es una economía muy abierta, y aun así la presión en abarrotes no desaparece automáticamente. El precio al consumidor no es solo el bien “comerciable”; incorpora logística interna, renta comercial, seguridad, merma y, cada vez más, mano de obra. Además, en cadenas de valor con fricciones de fijación de precios y cierto poder de mercado, la apreciación del tipo de cambio puede reflejarse primero en márgenes y no en descuentos. La apertura contiene colas, pero no garantiza convergencia.

Política monetaria y sus límites reales

Aquí entra el tema más sensible: la efectividad de la política monetaria. México tiene una transmisión incompleta: baja profundidad financiera, alta informalidad, mercados con poder de fijación de precios y una inflación cada vez más dominada por servicios. En ese contexto, subir tasas adicionales tiene rendimientos decrecientes sobre la inflación, pero costos crecientes sobre la actividad.

Esto no significa que la política monetaria sea irrelevante. Significa que su función ha cambiado. Banxico controla el régimen (colas) más que el detalle (convergencia rápida), porque el canal crédito es estrecho, pero el canal FX/expectativas sigue siendo potente. La tasa no es control fino para llevar todo al 3% con rapidez cuando el choque dominante es salarial, fiscal y estructural; es, sobre todo, el instrumento que evita que el sistema derive en una espiral descontrolada y que estabiliza el acuerdo nominal bajo el cual negocian precios y salarios. Y eso nos lleva al punto central.

Credibilidad funcional vs. credibilidad disciplinaria

Banxico fue diseñado para una noción de credibilidad disciplinaria: cumplir el objetivo puntual de 3% en un horizonte relativamente predecible. Pero el entorno actual ha empujado al banco central —quizá sin decirlo explícitamente— hacia una credibilidad funcional: mantener la inflación contenida, evitar coletazos y preservar el orden macroeconómico, aun si la convergencia es lenta e incompleta.

El aplazamiento recurrente del horizonte de convergencia no es solo un error de pronóstico; es un reconocimiento implícito de que el piso inflacionario es más alto. Y ese piso no es producto de desorden macroeconómico, sino de una decisión social y política: recuperar salarios reales en una economía con baja productividad en servicios.

El verdadero debate que viene

Plantearlo así no es resignación ni heterodoxia gratuita. Es realismo macroeconómico. La pregunta no es si Banxico recorta en mayo o junio. La pregunta es si México puede sostener un régimen de salarios reales más altos sin aceptar una inflación estructuralmente más elevada, o si está dispuesto a hacer las reformas —productividad, competencia, logística, servicios, bancarización y acceso al crédito— que permitan compatibilizar ambos objetivos. Mientras eso no ocurra, seguir discutiendo décimas de inflación o fechas de recortes es mirar el árbol y perder el bosque.

México no enfrenta un problema de credibilidad monetaria clásica. Enfrenta algo más complejo: un nuevo equilibrio inflacionario, al que el marco analítico tradicional de la banca central aún no termina de adaptarse.

Y ese, no el dato de febrero, es el debate que realmente importa.

 

 

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