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por Enrique Hernández Alcázar
En México, hay un dicho largo, incómodo y revelador: “Que se aplique la ley… pero en las mulas de mi compadre”. No habla de animales ni de ranchos. Habla de hipocresía pura. De quienes exigen sacrificios, castigos y austeridad siempre y cuando el costo lo paguen otros. Para Morena, ese refrán dejó de ser sabiduría popular para convertirse en práctica cotidiana.
Adán Augusto López Hernández se fue… pero no se fue. Formalmente dejó el gobierno de Tabasco, pasó por la Secretaría de Gobernación y hoy ocupa una curul en el Senado. En la realidad, sigue operando, influyendo y empujando candidaturas como si el poder fuera un derecho vitalicio. Porque una cosa es predicar la no reelección moral y otra muy distinta es soltar las riendas del compadrazgo político.
El caso más visible está en Chihuahua. Desde la Cámara Alta, el notario más brillante de Tabasco (eso dice él mismo) impulsa a la senadora Andrea Chávez Treviño como candidata de la 4T al gobierno estatal. Una candidatura que se cocina más en pasillos capitalinos que en el territorio que pretende gobernar. Como si el norte fuera una sucursal y no un estado con identidad propia, memoria política y cuentas pendientes con el centro.
Pero el guion no salió limpio. El alcalde morenista de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, levantó la mano para decir algo que en Morena empieza a ser subversivo: que los chihuahuenses tienen otros datos, que Adán no vota en ese estado y que nadie desde el centro va a decidir de un plumazo.
La reciente trama Adán-Andrea-Cruz parece traer consigo una ola de fuego amigo al interior de Morena. ¿Se decidirán las candidaturas en Palacio Nacional? ¿Por cercanía? ¿O por padrinazgo? La conflagración puede quemar aspiraciones. Como ya empezó encendiendo las redes con el #TinteGate.
Y es que esta tragicomedia alcanzó su clímax con el episodio del salón de belleza habilitado en pleno Senado de la República. Un oasis estético en la sede del discurso austero. La decisión se le achacó a Andrea Chávez Treviño, quien ya respondió con una negación tajante y una frase que pasará a la antología del nuevo morenismo: “…ni me peino en el Senado, ni me peina nadie. Tengo una Dyson, me peino en mi casa”.
No un cepillo. No una secadora cualquiera. Una Dyson. No es delito tenerla. Tampoco es corrupción. Es lujo. Y el problema no es darse ese gusto, sino la doble moral que lo rodea. Porque hablemos claro: una Dyson no baja de los diez mil pesos. No es un escándalo financiero. Es un símbolo político.
Durante años construyeron un relato donde la pobreza era virtud y la austeridad un dogma que debía aplicarse -siempre- a los de enfrente. Hoy resulta que la comodidad no es pecado cuando se paga desde casa. Que se aplique la ley, sí, pero en las mulas de mi compadre. El pueblo aguanta. El discurso se sacrifica. El poder se peina con tecnología de punta.
Morena prometió ser distinto. Prometió empatía, congruencia y ejemplo. Hoy discute candidaturas como herencias, defiende privilegios con tecnicismos y normaliza lo que antes condenaba con furia. La ley, la austeridad y la moral republicana siguen vigentes, pero con una condición no escrita: que las mulas ajenas carguen el peso del discurso, mientras las propias descancen relucientes.
Se dicen pueblo bueno con la mano izquierda, pero se peinan con una Dyson en la derecha.
Nota: Los espacios de opinión son responsabilidad del articulista
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